jueves, febrero 09, 2012
SOBRE LOS FONDOS CONCURSABLES
Este 2012 se cumplen 20 años desde que el Ministerio de Educación implementara una fórmula para que el estado –tras el llamado apagón cultural del gobierno militar–, subvencionara a los artistas y les permitiera crear y difundir sus respectivas obras. El sistema, que ha tenido varios nombres pero se conoce genéricamente como Fondo de Desarrollo de las Artes (Fondart), ha cambiado de ministerio, ampliado sus recursos, su ámbito de acción (ahora incluye hasta a la artesanía) y mejorado su sistema de postulaciones, pero a lo largo de toda su historia ha suscitado tal cantidad de polémicas que, sin haber perdido legitimidad, ha dejado de ser esa idea auspiciosa y feliz que vendría en “colocar al arte en el sitial que de verdad le corresponde” (Ricardo Lagos).
En la presente selección del Fondart, que se hizo a la velocidad de la neurosis, muchos artistas alegan imprecisiones a la hora de evaluar y entregar los fundamentos de exclusión. Por ejemplo, a un amigo le objetaron los escasos honorarios que pedía, y a otro, cuyo puntaje fue perfecto, le dijeron que no obstante ello su trabajo “carecía de interés”, lo cual tiene algo de burla, como la expresión de una reputada autoridad regional que aseveró que “nadie se muere de cultura”. Es decir, a las falencias naturales del sistema –ante todo la escasez de recursos que en un contexto competitivo convierten al medio en una bolsa de gatos, y al artista en prostituta (Baudelaire) “por verse obligado a ser la mercancía y el anuncio de la misma”– se suma ahora la brutal inexperiencia de varios de los encargados, muchos de los cuales poco y nada tienen que ver con el arte. ¿Acaso el feroz sino de la tecnocracia?
Pero dadas así las cosas, el peor error que podrían cometer los artistas es pelearse entre ellos a causa del Fondart. Que alguien no postule no lo convierte en héroe; que alguien lo critique sólo porque no ganó, es hipócrita o envidioso; y que alguien lo defienda sólo porque ganó, es un mediocre o un desvergonzado. Pero el asunto es todavía más complejo.
El juicio de una institución, que por emanar de un poder del estado se asume como perfecta (en concordancia con su génesis moderna), puede hacernos creer que sus juicios SON la realidad; y hacernos olvidar que, en una buena medida, estamos gobernados por leyes azarosas y por la incertidumbre. Las injusticias –como el caso de aquel artista carente de ideas y que hace de amanuense en decenas de proyectos que año a año obtiene, antítesis perfecta de ese otro que por ineptitud metodológica o falta de contactos yace sumido en la inopia– son parte del juego. Quizás haría falta a los artistas, aunque sea para salirse del esquema del iluminado, una dosis de estoicismo: esa fe indestructible pero carente de toda esperanza.
lunes, enero 09, 2012
UNA ENTREVISTA
LA SIGUIENTE ENTREVISTA FUE PUBLICADA EN EL SEMANARIO "TIEMPO 21", EL VIERNES SEIS DE ENERO DE 2012
Por Ireneo Funes, periodista.
Paradójicamente, esta entrevista fue realizada desde Concepción, lugar donde resido desde hace un tiempo. Y la paradoja no está dada por la lejanía, que internet soslaya, sino porque Marín, “desencantado de cierto periodismo temuquense”, me pidió a mí que, tras leer su reciente novela “Ciudad Sur” (Del Aire Editores), que presentó en el Museo Ferroviario “Pablo Neruda” de Temuco el 16 de diciembre pasado, le hiciera algunas preguntas sobre la misma.
¿Cómo sintetizas tu libro “Ciudad Sur”?
Una novela de 17 relatos inspirada en hechos acaecidos entre 1990 y 2007 en una ciudad ubicada entre los 38 grados de latitud sur y los 72 grados de longitud oeste, los cuales son narrados, ya en primera o tercera persona, por el periodista Antonio Roquentin, y cuyo antagonista es el empresario que fundó y desfondó una universidad. Como dice un crítico, “Ciudad Sur” despliega con risa y con llanto un carnaval de esperpentos culturales, engendros salidos del libertinaje económico, la egolatría demente, las miserias de los artistas y las fanfarronerías literarias.
Qué dificultades y facilidades tiene un escritor que radica y radicaliza su contexto literario y humano en el sur de Chile? Entiendo que Temuco y Concepción son realidades diferentes.
El tema de la visibilidad, en un contexto general de neo-analfabetismo y retroceso literario, es un vía crucis para casi todos. A mí no me ha afectado mayormente la distancia de Santiago, porque hice algunos estudios allá y he estado involucrado en la escena nacional (es un decir) desde el año 2003; además, Temuco también ha protagonizado ciertos hitos literarios relevantes. Lo complicado es la mentalidad pueblerina: esclerótica, dada a las genuflexiones y donde los funcionarios, hasta los más ignorantes y cobardes, se creen seres superiores. Hace un mes participé en una lectura y el director de la entidad convocante, tras hacer una introducción de 15 minutos, leyó un poema muy malo dedicado a la Mistral, habló de los fantasmas de su prócer y pidió un afectado aplauso hacia los poetas. Su cortesía enfurecida y mojigata –como de huaso ofreciendo porotos con champaña– es un ejemplo de cómo se entiende la cultura en estos lares.
En cuanto a las facilidades, puedo decir que esta tierra de colonos, inmigrantes y mapuches expoliados, cuenta con un imaginario prodigioso que apenas ha sido trabajado. Pero más que de facilidades, yo hablaría de posibilidades. Acá todo es un poco más difícil.
En esta ficción armaste un cruce entre personajes deudores de la literatura (o del cine) y la investigación periodística. Háblanos del método de trabajo para tal.
Mi idea fue mezclar ficción y crónica porque –según entiendo los actuales tiempos de simultaneidad y olvido, donde todo y nada está a la vez– la realidad apenas se sospecha. La gente se mueve por sensaciones térmicas o por emociones a control remoto, y eso me hizo escribir para un estadio intemporal y también a-espacial. Como diciendo: “no conozco a nadie y nadie me conoce, pero manejo relevante información”. Asumo que corro algunos riesgos, pero mínimos, porque la literatura está como enterrada.
Los antagonismos en "Ciudad Sur" están personificados por el empresario (o el político) y el artista. ¿Qué tienen ambos en común y qué los diferencia?
El elemento en común y que obra como una suerte de pecado capital en “Ciudad Sur”, es la ambición ilimitada: el deseo de acarrear agua a sus respectivos molinos para elaborar un programa total. Pero el empresario y el político son la gloria de este mundo y quienes administran la realidad. Y el artista, o la mayoría de ellos, hablan desde los márgenes, a veces tan sólo rumiando. Mi delirio fue la subversión de tal estado y al precio que fuere. El resultado es hilarante y horroroso.
Como en tu libro anterior (“Palacio Larraín”, 2006), acá utilizas el cuento a manera de relatos imbricados. ¿Por qué apostar por este formato?
Fue para evitar el desborde, porque también hablo de otros temas relacionados con la biografía del protagonista Antonio Roquentin (1977). Además, el hecho que cada relato se pueda leer por separado, permite, en virtud de la concisión, una mayor cantidad de combates en una misma velada boxeril.
En la contratapa de tu libro, el crítico Álvaro Bisama te reseña como “cartógrafo del infierno”. Cita acertada cuando el tono acusatorio de tu escritura nos remite directamente al Antiguo Testamento. Háblanos de ello y de cierta fijación por lo malicioso y retorcido.
No hay tal tono acusatorio desde el momento en que victimarios y víctimas –incluido el narrador Antonio Roquentin– cometen perfidias similares. Lo que prevalece finalmente es un tono que, si bien tiene bastante de macabro, remite a la sátira o al humor negro, en el sentido de mecanismo de defensa del yo frente a la realidad externa; además, recrear el mal es también una forma de conjurarlo. Sobre mis alusiones al Antiguo Testamento, estas tienen que ver con la presencia de epígrafes extraídos de los Libros Sapienciales de La Biblia, llamados también de Poesía, y que son siete en la Biblia católica y cinco en la protestante. Esa inclusión tuvo un afán menos pedagógico que cultural: un japonés o un griego pueden intuir, aunque sea una parte del sentido de mi libro, leyendo el epígrafe respectivo de cada cuento… Evangelio según Mateo 5,6.
viernes, diciembre 16, 2011
EL ADVENIMIENTO DE "CIUDAD SUR"
(Publicado en el periódico "Tiempo 21")
El viernes 16 de diciembre de 2011, cuando esta edición de “Tiempo 21” salga a los kioscos de Temuco, mi novela “Ciudad Sur” verá la luz, a las 19:30 horas, en el Museo Ferroviario Pablo Neruda. Instancia que será presentada por el joven escritor Christian Rodríguez Büchner y amenizada con la música del cantautor Fernando Salazar.
Acaso sin saberlo, en varias columnas que he publicado en este medio me he referido a “Ciudad Sur”. Por ejemplo, cuando hablé de la ya extinta Universidad de Temuco (1990-1999), que fuera fundada y desfondada por un empresario que pasó con pena y con gloria por “la ciudad más progresiva de América Latina” (como se llamó a Temuco cuando crecía a una velocidad tan rápida que muchos hablan de lavado de dinero). O cuando me referí a ese hermoso sueño de la máquina del arte con trazas de anarquismo que fue –y sigue siendo– La Fábrika Temuco. O cuando hablé de la utopía fundacional, a ratos delirante, de ciertos poetas mapuche. O de las iniquidades de ciertas políticas represivas y de la burocracia cultural.
En efecto, “Ciudad Sur” opera –según un crítico cultural– una metodología que tiene mucho de crónica temporal, espacial y vivencial de observador participante. Y por ello se emparenta con el periodismo de denuncia, fuente ineludible a la hora de indagar en ciertas lógicas del poder que resulta necesario desenmascarar. Pero tampoco es menos cierto que junto a los hechos antes reseñados –y a ciertos crímenes atroces que no se quiso resolver– el libro presenta, y de manera descarnada, las miserias de los artistas y de ciertos fanfarrones literarios, entre los cuales tampoco se libra el protagonista Antonio Roquentin (1977). Por ello es posible afirmar que, en este libro descreído y bastante paródico, la mandíbula batiente prevalece por sobre el ceño fruncido del fiscalizador moralizante. Porque al autor jamás le interesó situarse en el enclenque pedestal de profetas como el vocalista de la banda “Calle 13”, o el poeta santiaguino de las mil y una páginas que habrán de redimir al mundo.
En “Ciudad Sur” los victimarios y las víctimas son parte de un mismo saco de perfidias. El código de la ambición desmesurada, que es acaso el pecado capital de “Ciudad Sur”, hizo posible tal milagro. Y todo el resto es Literatura, como alguna vez se dijo.
jueves, septiembre 01, 2011
TIROLOCO, DIEZ AÑOS (1975-2001)
Hace exactos diez años mi dilecto amigo Cristian Yañez Paredes (1975-2001) decidió largarse de este mundo y seguir investigando en otros lados. Porque él, que debía su apodo a un-caballo-sheriff-medio-esquizoide-que-daban-en-la-tele-cuando-niño, fomentaba ese humanismo de viejo cuño que nos sugiere vivir cada momento como si fuese el último. En efecto, Cristian Alejandro -de quien no conservo fotos- era un torbellino que no sólo gustaba del rock y sus pontífices, si no también de la lectura, el dibujo, los deportes (fue un precursor del skate), el comic, las mujeres, la ropa vistosa, las prácticas psiconáuticas, los filmes de acción y, en sus últimos meses, del obsesivo ejercicio audiovisual; también fomentaba esa curiosidad insaciable por el ser, no previamente acotada por vía categorial, que es la génesis de toda creatividad. Por eso afirmo que, más allá de claustros institucionales, Cristian, que saltó del corazón al mundo para construir un poco de infinito para el hombre (Huidobro), fue un maestro de la investigación. Y ejecutó esos trabajos con una negligente felicidad.
En cierta ocasión, una persona me dijo que Tiroloco había venido a este mundo a sufir y a hacer sufrir. Nada más errado y limosnero. Tiroloco amó mucho, a mujeres y a niños (sobre todo a su hijo por quien se desvivía), a su familia (algunos de los cuales lo exiliaron) y a los muchos amigos, amigotes y amigoides que lo conocimos. Tiroloco -el satánico y el réprobo de Dios, según los que ven la paja en el ojo ajeno sin notar la araucaria en el propio- era capaz de dar cariño a ancianos desconocidos y quitarles con una sonrisa diez años de pesares. Tenía eso que se llama ángel. Había en el rebelde Tiroloco, a pesar de ciertos hábitos del mal y la desdicha (sobre todo en los últimos años), una suerte de invulnerable inocencia.
Pero Tiroloco, cuyo patrimonio espiritual era cuantioso, fue devorado por su medio, por ese Pueblo Blanco www.youtube.com/watch?v=MP8EwzEuEjk contra el que Serrat nos advierte. Este campesino cosmopolita, este sujeto del porvenir, fue desbaratado por la maledicencia chilenera y por la ética de un orden corrompido del que no pienso hablar. Y no lo haré porque -a diferencia de como me sentía en esos años, cuando Tiroloco vivió en mi casa de Las Heras 38, en Ciudad Sur, para luego marcharse tomando la llave del infinito- he perdonado a la realidad o pretendido hacerlo. Y no tiene mayor sentido indagar en la lepra negra del error. Pero sí tiene sentido indagar en los aciertos de la preclara memoria de Cristian, quien llevó sus banderas al límite y será visto como el indeleble precursor de una era más sagaz, agradecida y tolerante. "Un día vendrá, ha venido ya", nos recuerda Vicente Huidobro, el caballo de la fuga interminable.
domingo, junio 12, 2011
DESALOJANDO LA CULTURA

Publicado en el periódico "Tiempo 21" (edición del 10 al 16 de junio de 2011)
Hace unos días, la Escuela Sociocultural de Artes “La Fábrika” –un oasis difusor de la cultura ubicado en el recinto de las ex cecinas Rendel, casi al llegar al sector de San Antonio, y que antes fuera un basural y un epicentro de asaltos, violaciones y consumo de drogas y alcohol– fue irrumpida por Carabineros y maquinaria pesada, quienes rompieron el portón de entrada. La finalidad de esta amenaza perpetrada sin aviso ni orden judicial alguna, era expulsar o intimidar a los jóvenes (incluido un pequeño de meses) que, aunque con interrupciones, ocupan el lugar –que les fuera cedido de manera indefinida por el anterior dueño, aunque sólo de palabra– desde hace casi una década.
“La Fábrika” (Personalidad Jurídica Nº 2435), forma parte de la Red Latinoamericana de Arte Para la Transformación Social, y ha realizado una inédita labor educativa y de difusión del arte y la cultura en la ciudad de Temuco, ante todo hacia sectores vulnerables (niños, mujeres, pobladores), implementando talleres de música, artes escénicas, artes circenses, agroecología y medicina alternativa, entre otros. Por ello, a falta de instancias que salvaguarden el derecho a la diversidad cultural –según lo estipulado en el Convenio Sobre la Protección y Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales del año 2005, firmado por Chile ante la Unesco–, resulta inaudito que a pretexto del lucro ilimitado se coarte una labor social de tan alta estatura.
Seamos claros. Nadie ha dicho acá que Cecilia Taladriz, la dueña del recinto (Proverbios 17, 16), no esté en su derecho de hacer con su espacio lo que le venga en gana. Pero es indudable que la dimensión legalista de las cosas es apenas una parte de la realidad, y que el bien, la verdad y la belleza –¡y vaya si no lo sabremos!– no pasan necesariamente por ahí. Ni mucho menos por esa marrana creencia, de una indigencia espiritual intolerable, de ver al dinero como un fin en si mismo. Es de esperar que la fecha finalmente destinada para el desalojo –martes 14 de junio de 2011– sea modificada, pues entre otras cosas los integrantes de esta cofradía abierta están ejecutando dos Fondart. Para compartir ideas, un grupo de intelectuales españoles y franceses se encuentra, en el momento en que esto escribo, en “La Fábrika”, y colaboran con su experiencia. Las luchas con sentido hay que darlas hasta el final.
miércoles, marzo 16, 2011
Apuntes sobre HAMBRE, de Knut Hamsun

Hambre, la novela que consagró al Premio Nobel Knut Hamsun (1859-1952) en su natal Noruega, se desarrolla en el inhóspito Oslo (a la sazón Cristianía) de aquel entrecruce de siglos: una sociedad protestante (ya no lo es) y preindustrial, que sin ser tan bestial como otras sociedades de la Europa de ese tiempo, se nos muestra febrilmente pragmatista. Su protagonista, Jens Ola, es un joven escritor y periodista de oficio, afectado de un problema capital de la condición humana: La dificultad del hombre para ganarse un sustento que le impida morirse de hambre, sin trabajar en cualquier cosa y sin -aquí radica la tragedia- acudir a la mendicidad, el delito, la prostitución (que también puede ser espiritual) o la herencia.
Ganarse el pan / Ganarle al Arte
Nada se nos dice del origen social de Jens. Pero, mientras el drama trascurre, lo sabemos educado y culto (de algunos de sus gestos deducimos su origen burgués), individualista, algo orgulloso, insensato y poseído de efusiones religiosas, que van desde la apología del sufrimiento, pasando por el acatamiento resignado, hasta la más extrema rebeldía, menos contra Dios que contra un sistema que le impide surgir en buena lid. En efecto, Jens no se rebela contra cualquier trabajo (se nos dice que ha desempeñado varios oficios), sino contra el hecho de no poder ejercer el que le es connatural: la escritura en sus múltiples formatos, para la que tiene un talento probado, pues ha ganado dinero escribiendo artículos para los periódicos. Y es acá donde Hambre nos sitúa en otro de los temas esenciales de la literatura: El desarraigo (o desamparo) del artista no cosificado o no sometido a directrices familiares o epocales; un desarraigo compartido por el propio Knut Hamsun, alguna vez simpatizante nazi y que siempre abjuró de la democracia burguesa y su sistema de apariencias (“Hay hombres que creen que la virtud consiste en decir: ‘¡hace falta la virtud!’. Pero en realidad sólo creen que hace falta la policía”, resumiría Nietzsche).
Asimismo, la carrera de Jens hacia la inmortalidad está trazada de contradicciones: Así como un monje espera la iluminación divina en su ascético claustro institucional, Jens espera la laboriosa inspiración al amparo del ruido mundano, donde la inactividad sin atavíos es mal vista, sobre todo por la policía. Y ni hablar de sus versiones disonantes sobre el bien y el mal (su forzado ascetismo le impide aceptar el egoísmo humano), la corrección e incorrección (la alegría de ciertos rostros le resulta intolerable, su manejo del dinero y su excesiva caridad son insensatas), y hasta del ser mismo de la escritura (sobrestima a la musa inspiradora en desmedro del trabajo inercial)… cualidades que se ahondan mientras el hambre lo empieza a carcomer.
El eros en el hambre
Hacia la mitad de Hambre, mientras se acerca el pavoroso invierno, Jens importuna a una mujer que días después lo sigue, aún a despecho de su apariencia. Él la idealiza y la llama Ylajali. Al poco andar percibimos que es una prostituta que lo cree un libertino empobrecido, pero que al percibir lo errático de su comportamiento virtuoso (“Le aclaré que el inteligente pobre es un observador mucho más fino que el rico inteligente. El pobre mira a su alre¬dedor a cada paso que da y espía suspicazmente cada palabra que oye; y a cada paso que da, él mismo impone a sus pensamientos y a sus sentimientos una norma y un deber. Tiene el oído fino, es impresionable, experimentado y su alma tiene quemaduras”) cambia de actitud y se muestra impenetrable, aunque no deja de quererlo. A partir de este episodio nos planteamos preguntas esenciales: ¿Puede acaso la mujer tolerar la pobreza masculina sólo cuando nace del infortunio o del vicio, pero jamás de una actitud consciente y hasta premeditada como parte de un designio?... ¿Es el celo femenino hacia la vida y la materia (excepción hecha de la mujer religiosa) una cualidad contrapuesta a la llama y a la fiebre del artista, por lo cual siempre anhelará sustraerle esa llama y hacerle poner los pies en la tierra?
¿Morir de inanición?
En la cuarta y última parte de Hambre sabemos a Jens hospedado en una cuartucho y debiendo tres semanas. No obstante, la patrona lo alimenta dos veces al día con rebanadas de pan, pero él sigue buscando la inspiración y vertiendo palabras en sus cuartillas, esta vez ¡un inaudito drama medieval! Su delirio se acrecienta con la desnutrición y no puede concentrarse. El frío arrecia y el hacinamiento lo empieza a enloquecer, pues se involucra en asuntos familiares (no tolera la perfidia humana). Cuando le informan que ocuparán su cuarto y deberá dormir en la habitación donde reside la familia, acepta resignado y sigue escribiendo desde una silla, pero se resiste a ir, hasta que la mujer lo expulsa por la fuerza. Duerme afuera un día y al siguiente, desfalleciente, vuelve a la casa. Pero cuando la patrona lo descubre lo amenaza con la policía. El desenlace es exquisitamente delirante y -más allá de la sabida irrealidad del universo literario- predecible: Jens -narrador en primera persona de esta novela sorprendente- no se muere de hambre y modifica su actitud… pero lejos de Cristianía
Como Jens no es un hombre de acción, la fuerza de Hambre no radica en la anécdota, tampoco en la descripción del museo de horrores del ser (los personajes subalternos de Hambre carecen de grande patetismo y casi parecen pintados). Jens no es un lunático, ni un héroe desgarrado, ni una víctima social, tampoco un santo o un inconformista vano: Es, ante todo, un sujeto profundamente espiritual, que escribiendo sus cuartillas navega en la que es una de las tragedias primordiales del ser humano, según nos lo recuerda el versículo décimo séptimo, del capítulo tercero del libro del Génesis.
viernes, enero 07, 2011
APUNTES SOBRE "LA PIEL DE ZAPA" DE BALZAC


Décimo segundo día del año 2011. Acabo de releer "LA PIEL DE ZAPA", considerada la primera gran novela de Honoré de Balzac (Francia, 1799-1850), cuyo asunto son los infortunios del veinteañero Rafael de Valentin, acosado por el QUERER y el PODER, "esos dos actos instintivamente realizados por el hombre y que siegan las fuentes de su vida".
Pienso en la mujer que quiero (que en el ahora es la medida de mi tiempo)y en el enorme Balzac ("la frialdad, la penetración, la estupidez, el delirio de grandeza, la pesadilla, el sueño de una noche de indigestión", a juicio de Pío Baroja) que escribía 15 horas diarias incendiado en cafeína para pagar sus deudas. Pienso en el trágico sino de este monarquista que pretendió urdir una serie de 137 novelas interconectadas (concluyó unas 90) llamada "La comedia humana", donde en clave realista daría pinceladas de todas las costumbres, realidades e históricos sucesos de la Francia de entre 1815 y 1830; este monarquista frustrado que al decir del marxista Engels, "pese a deplorar la descomposición irremediable de la alta sociedad, nunca es más amargo y más hiriente que cuando hace actuar a los aristócratas, esos hombres y mujeres a los que tanto se anhelaba parecer".
Una piel de zapa
Rafael, hijo de un aristócrata cruelmente empobrecido por las vicisitudes de la historia y ha poco tiempo fallecido, es un estudiante de derecho con pulsiones literarias. Soñador y doliente, ha hecho del arribismo un poema altisonante. Acaba de rechazar a una mujer angelical y pobre (Paulina) por una inalcanzable condesa que a su vez lo ha despreciado (Fedora), y gastado sus últimas monedas en el tapete verde. Las pierde y, poco antes de ahogarse en el Sena, le ocurre un evento sobrenatural: halla, en la prodigiosa tienda de antigüedades de un anciano ("que podría hacer las delicias de un pintor que modelara al Padre eterno o al burlesco Mefistófeles"), una piel de zapa (lijada). Dicho amuleto, dicha piel de asno salvaje del oriente medio, colmaría todos sus deseos y pasiones, pero le quitaría la vida a pasos de gigante si estos se descomedían, a la par que amenguaría ella misma. El anciano le regala la funesta piel de zapa y se da curso -es un decir- al segundo giro cienematográfico.
La tiranía del deseo frustrado
"Todo lo he tenido por haber sabido desdeñarlo todo y conformarme con verlo. ¿Y ver no es acaso saber? ¿No es descubrir la sustancia misma del fenómeno y apoderarse de su esencia?". Así le advierte el anticuario al codicioso Rafael, quien tras salir de la tienda encuentra a unos amigos que lo invitan al banquete ofrendado por un banquero (el Taillefer de "La posada roja") que recluta plumas para su periódico. Y es ahí, tras una suculenta noche de política borracha, devaneos monetarios y mujeres públicas, que Rafael le cuenta a Emilio, su amigo que escribe reseñas de arte, las razones de su intento de suicidio: su atormentada juventud de noble empobrecido y amante despechado.
Una mujer sin corazón
Entre las cualidades de la prosa balzaciana están la minuciosa descripción de ambientes (¿algo que el cine y sus derivaciones han hecho innecesario?), el escéptico respeto por la ciencia y ante todo una grande omnisapiensa de los gestos y las siquis de los hombres y mujeres de su orbe. En la segunda de las tres partes del libro, "Una mujer sin corazón", se nos muestra a Leonora, la fría condesa corrompida por el lujo ("esas criaturitas que se pasan la vida probándose cachemiras, no tienen espíritu alguno de sacrificio, y exigen y ven en el amor el placer de mandar y jamás de obedecer") y que descree del amor ("que lleva incluso al crimen a tantos hombres necios", nos dice), del matrimonio ("prefiero estar muerta que ser desdichada") y de los hijos ("son una incomodidad terrible", asegura), pues "toda su felicidad se cifraba en el bienestar en la vida, en los goces sociales, y el sentimiento no era otra cosa para ella que el desempeño de un papel". Pero el porfiado Rafael, que se endeuda y escribe biografías a pedido para apurar un ascenso que sólo está en su mente, debe beber hasta el fondo de las heces el cáliz del amor incomprendido, y cuando le pronostica a Leonora una vejez amarga, la condesa le contesta: "Siempre tendré dinero, y con el oro siempre podremos crearnos en nuestro derredor los sentimientos necesarios para nuestro bienestar". Ahí respira el feroz materialismo de Balzac, que sin caer en el cinismo de ese grande humorista que es Guy de Maupassant, es de un pesimismo casi sordo: "El mundo aborrece los dolores y los infortunios, les tiene el mismo horror que a los contagios y nunca titubea entre ellos y los vicios; el vicio es un lujo, pero por más majestuosa que sea una desgracia, la sociedad se da traza para empequeñecerla y ridiculizarla"...
La tiranía del deseo cumplido
Tras el relato que Rafael hace a su amigo y hacia el final de la juerga ("que con sus recias manos exprime todos los frutos de la vida, no dejando en torno suyo sino innobles desechos o mentiras en las que ya no es posible creer"), le pide a su piel de zapa doscientas mil libras de renta... y al poco rato se presenta ante sus ojos un notario con una herencia ya extraviada.
Y tras ese golpe de fortuna (concepto equívoco que homologa la suerte con el dinero), Rafael, que se convierte en el marqués De Valentin, se sume en la más desembozada de las crápulas (libertinajes, borracheras), en los placeres salvajes, en el lujo ciego y en el cumplimiento de favores y venganzas. A los tres meses, a sus escasos 26, está convertido en un millonario decrépito que tiene una vida regulada en base a órdenes que da a sus subalternos, pues cada deseo suyo -cada sensación, molestia o ilusión- amenaza su existencia. En este verdadero infierno del orgasmo de la vida en su esplendor y su derrota, decide examinar la abominable piel de zapa que se amengua cada día. Cuatro especialistas, un químico un naturista y dos mecánicos la ponderan e intentan estirar o destruir ("¿La ciencia? ¡Inútil! ¿Los ácidos? ¡Agua clara! ¿La potasa roja? ¡Deshonrada! ¿La pila volcánica y la descarga? ¡Dos juguetes! ¡Una prensa hidráulica partida como sopa de pan!... ¡Creo en el diablo"). El final de Rafael, cuyas visitas a los médicos son otras formas del absurdo de la ciencia que erige sus propias supersticiones, es predecible.
Hacia mediados del siglo pasado, Borges sustuvo que escribir una novela que tratara un solo tema era un "desvarío laborioso y empobrecedor". Dadas así las cosas, quizá sea inviable leer a Balzac en estos tiempos, con sus descripciones infinitas, sus alardes eduditos y filosóficos, y sus párrafos preñados de subordinaciones. En la era de la información los enciclopedistas han bajado del Olimpo. Pero no es menos cierto que la literatura es un bien en si misma, más allá de cualquier utilidad privada o pública. Y nunca es un vano ejercicio subir a la montaña y coger aquellas flores extraviadas.
martes, enero 04, 2011
PERSONAJES Y PERSONAS DE LA ARAUCANÍA

El último día del año 2010, el diario “El Austral” de Temuco publicó una lista con los “Personajes Bicentenarios” de la región de La Araucanía. La lista de 12 nombres,
que representan a 12 arbitrarias categorías (por ejemplo, se parangona a Empresarios, con Mujeres, Personajes, Instituciones, Bomberos…), fue escogida mediante la votación de los lectores. Pero los 15 nombres de cada categoría fueron seleccionados en el laboratorio de marketing de “El Austral”, que entre otros absurdos desestimó que el hito fundacional de Temuco –nuestra absorbente metrópoli regional– tiene 70 años menos que la independencia patria (o la fecha que conmemoramos como tal).
La iniciativa de elección popular tuvo rasgos positivos, como alentar, aunque sea de forma casual –en este auténtico far west que sigue siendo la región, donde abundan los malvados con reputación de héroes–, el recuerdo de personas claves y admirables, en sus respectivos ámbitos, para el desarrollo o buen nombre de La Araucanía o a lo menos de Temuco: Luis Picasso, Armando Dufey o el incomparable basquetbolista Rufino Bernedo, por nombrar solo a tres. Pero tampoco está libre de reparos. Dos ejemplos: desestimar en el pódium de la sección Deportistas –donde hay una gimnasta ya retirada que no llega a los 20– al angolino Alberto Larraguibel, quien como equitador logró un récord mundial de salto alto a caballo que lleva más de seis décadas sin ser batido; o nombrar al folclorista Tito Fernández (alguna vez amigo del sicario Álvaro Corbalán) como el artista más importante, en desmedro de Pablo Neruda, uno de los poetas más notables a lo largo y ancho de la lengua castellana. Pero el ejercicio de la democracia es así en los actuales tiempos, y parece estar determinado por los dispositivos publicitarios y la progresiva desmemoria ciudadana.
Por otra parte, toda elección implica un acto discriminatorio, relacionado con las modas o las ideologías, cuando no con los creados intereses. Y en cada ladrillo de gloria (o de fama, que es su hija bastarda) hay una operación de blanqueamiento, de orgulloso autobombo y, por qué no decirlo, de violencia. Hoy más que nunca, en la tiranía del google, la apariencia de lo real parece haber superado a la realidad misma: y aquello debiéramos considerarlo a la hora de medir, en el prójimo y también en nuestras ilustres personas, la gloria transitoria de este mundo.
martes, octubre 12, 2010
SOBRE EL LIBRO DE UN POETA TEMUQUENSE


Acabo de regresar a Los Ángeles (provincia del Bío-Bío) desde Santiago, donde asistí, entre otras instancias, al lanzamiento de "Arte Tábano", el tercer poemario de Ernesto González Barnert (1978). Circunstancias felices, relacionadas con la oportunidad, harán que resida en Santiago hasta fines del presente año para dar término a "EMPRENDEDORES", mi segunda novela de 18 relatos imbricados que excederá las 400 páginas.
Sobre el libro de Gonzalez escribí la siguiente columna en el semanario "Tiempo 21" de la Araucanía... (Noticia de última hora: Aún no sube el primer minero, pero estoy cierto que todos serán rescatados; y, como no veré un solo segundo de televisión -sería lato explicar el porqué y además es deducible- celebraré con fervor y beneplácito en el día de mañana... dando por sentado que el circo posterior será a todas luces intolerable y quizá desbarate a más de alguno de los protagonistas).
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El martes 5 de octubre asistí al lanzamiento de “Arte Tábano”, el tercer poemario del temuquense Ernesto González Barnert (1978), quien desde hace 12años reside en Santiago, al igual que César Cabello, Ángel Valdebenito y Jaime Huenún, entre otros eminentes poetas regionales que decidieron emigrar al centro: eminentes por la fuerza de sus versos, pero no por su prominencia ciudadana. Es bien sabido que la literatura es en la actualidad –por razones como la mutación del paradigma cognitivo desde lo escrito a lo audiovisual, la tiranía publicitaria que ilegitima todo lo que no satura o el predominio de cierta bastardía espiritual– un quehacer casi marginal, ligado a la academia y al hacinado mundo de los escritores, “condenados a leernos bajo el látigo y por una eternidad los unos a los otros”, como profetizara Enrique Lihn hace casi cinco décadas, y es por eso que parece estar en extinción.
Y sin embargo se mueve. La fuerza de la poesía es quizá subterránea pero no insignificante, y prevalece frente al ruido y los escombros del sueño consumista y sus obsolescencias. Renace de las cenizas, se redescubre y se reinventa y vuelve a por sus fueros, como un rey destronado que no por eso ha dejado de serlo. Y si bien todos los poetas contribuyen a la mantención de su fuego inextinguible, no todos logran una alquimia trascendente, lo que sin desmerecerlos los invisibiliza.
González, quien además ha realizado una veintena de entrevistas a escritores en la página de internet www.letras.s5.com, una auténtica aduana de la literatura nacional, ha hecho de su arte una metapoesía o reflexión sobre la poesía misma (“Mi única lealtad es con la poesía / Su impacto / No esperen de mí otra dirección / Mi timón está hundido en sus sombras”). Pero también sobre la realidad política (“Chile entero la cloaca, el hedor de la cloaca, la cólera de la cloaca / En cada cinta tricolor que las tijeras de las autoridades cortan. / En cada botella de champaña que nuestros mercaderes estrellan / entre risas, contra la nave Prats”), cultural (“Golpeamos demasiado fuerte la mesa / y ahora pagamos las consecuencias / tratando de deglutir el pan nuestro de cada día, / tras la batucada, los mimos, / media docena de tipos agitando banderas en zancos / y el discurso de siempre / por el tony de turno”) e inclusive religiosa (“Falla si los clavos que cruzan sus rodillas no son también los clavos / que atraviesan a todos los arrodillados que no son escuchados / esta noche. / No pueden esperar más”).
“Arte tábano”, cuyo título alude a ese fastidioso insecto zumbante que nos saca del relajo (¿del letargo?), es uno de esos libros que al hacer apología de la derrota (en este caso de la escritura) dejan por lo mismo de encarnarla… y en los que paradójicamente se siente el olor a pólvora.
miércoles, septiembre 22, 2010
POESÍA MAPUCHE EN EL BICENTENARIO

Publicado en el semanario "Tiempo 21"
Estoy lejos de adscribirme a lugares comunes e idealizar, desde una cómoda distancia de progresista bebiendo un gin-tonic, a un grupo de individuos que apenas conozco. No es mi caso. Salvo intervalos, he vivido 30 años en La Araucanía y me he relacionado, a veces atrozmente, con varios mapuche, conozco parte de su mitología milagrosa y he compulsado las historias de Bengoa y Marimán.
Al momento de escribir este artículo, 33 de ellos sostienen en varias cárceles una huelga de hambre que supera los 70 días: un legítimo acto de protesta por parte de ciudadanos, acusados de actos terroristas y que se sienten maltratados, sobre todo considerando los abusos de una ley que, entre otras injusticias, los priva de libertad mientras se les investiga, avala testigos sin rostro para incriminarlos, y permite salvajes allanamientos y torturas bajo cuerda.
Y es en medio de este hecho que doy unas pinceladas sobre poesía: la poesía escrita por autores de este origen y con tópicos de esta cultura… quizá el hecho literario más relevante de las dos últimas décadas en Chile.
Como sabemos, la lengua mapuche o “idioma de la tierra” es esencialmente oral, y es en su entrecruce con la lengua castellana que el mapudungun adquirió su cualidad escrita. Por ello no hay consenso a la hora de proponer un alfabeto, y en la actualidad son tres los que se disputan el derecho de poner en molde los inmemoriales sonidos de esa etnia: el Alfabeto Mapuche Unificado, el del lingüista Alfonso Raguileo y el Alfabeto Azümchefe (propuesto en 1989 por la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena). Pero más allá de resistencias, adocenamientos o prejuicios, podemos decir que la repercusión e interés por esta poesía se ha consolidado gradualmente en el ámbito literario, a través de entrevistas, publicaciones, investigaciones y encuentros en los que estos autores son considerados con frecuencia.
Quizá el primer gesto que marcó esta tendencia fue la publicación, en 1966, del cuadernillo Poetas mapuches en castellano del profesor normalista Sebastián Queupul, caracterizado por la nostalgia y el sentimiento de desarraigo. Pero quienes en realidad alzaron dicha poesía a su sitial más alto fueron nombres como Leonel Lienlaf (“Se ha despertado el ave de mi corazón. / Extendió sus alas y se llevó mis sueños / para abrazar la tierra”), Elicura Chihuailaf (“Piedra Transparente será éste, por mí, dijiste / Oh! Genechén, envíame tu aliento / tu resollar de aire poderoso”) y Jaime Luis Huenún (“La muerte es lo que escribe / el agua sobre el agua, me dije contemplando el rocío de la tierra / Lloré, entonces, lloré, sólo por el delirio de respirar tu aire”.), quienes publicaron sus primeras obras en la última década del siglo anterior y dejaron establecida una suerte de ruta, que han seguido muchos otros, con mayor o menor felicidad.
A mi mido de ver, el posicionamiento de la poesía mapuche –con su culto a la ancestralidad, sus afanes de justicia histórica y su ferviente anhelo de esclarecer la realidad del habitante originario en la modernidad– tiene bastante de reivindicación simbólica: de saldar, con este gesto exiguo pero no insignificante, una parte de la deuda por las cuantiosas fechorías (como el robo legalizado) que el Estado de Chile propulsó contra ellos en nombre del progreso, ante todo en la segunda parte del siglo XIX ("Esta guerra no nos costará sino mucho mosto y mucha música", reza una carta del una carta del Intendente Cornelio Saavedra al Presidente José Joaquín Pérez). Pero es indudable que la grandeza de sus versos situa a muchos de estos autores en lo más alto de nuestra mejor tradición poética, sin apellidos. Y este “sin apellidos” debe hacernos pensar en que no hay unidad posible, ni festejos felices, sin el rescate y el respeto de las diversas identidades que nos configuran… y más aún si estas son tan discernibles y valiosas como la mapuche.
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