jueves, octubre 19, 2017

FICWALLMAPU 2017



Entre el martes 17 y el sábado 21 de este mes de octubre –en que se conmemoran los 525 años de la conquista de América– se está realizando en diversas dependencias –donde destacan el Aula Magna de la UCT y el Auditorio de la Facultad de Medicina de la Ufro– la Tercera Versión del Festival Internacional de Cine Indígena de Wallmapu (Ficwallmapu 2017).

Quienes asistimos a la primer jornada –donde destacó la presencia de la pianista pascuense Mahani Tehave– tuvimos la certeza, quizá incontrovertible, de que el efecto sinérgico de la presente instancia no cesará. Y no se detendrá porque a un trabajo bien realizado en términos de auspicio, difusión y producción (en orden ascendente), se suman ciertos determinismos que parecen estar aflojando la mordida de la Historia.

Los más de 50 documentales y hasta filmes que están siendo exhibidos, acerca de unas 20 etnias de países de este largo continente, y los conversatorios y talleres en diversas ciudades de este Far West del que somos arte y parte, entre otras actividades, así parecen rubricarlo. Y si a lo anterior le sumamos que en la reciente promulgación de la ley que instaura el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio (que unificará al Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, la Dirección de Bibliotecas Archivos y Museos, y el Consejo de Monumentos Nacionales), se establece el reconocimiento y participación de los pueblos originarios, parece haber razones para el optimismo, o cuando menos para detener el reloj del pesimismo. Pesimismo harto justificado considerando el trato ambiguo, displicente y acaso analfabeto que el Estado chileno le ha dado en democracia –en el caso que nos compete– al pueblo mapuche.

Es innegable que la noción sociocultural de Wallmapu –que consagra la existencia ancestral de un territorio donde, a despecho de la aculturación y el mestizaje, aún habita un grupo de individuos que conserva una lengua, una cultura formidable pregnante y el rumor de unas mitologías– no deja de ser controversial. Pero desconocer este clamor, y confundirlo con el mero delirio de una élite que propicia lo delincuencial, es no estar entendiendo hacia dónde va la Historia, “émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir”. (Quixote, I, 9).

La última instantánea de este festival la viví en el día de ayer, en compañía de la espiga madurada que en su rictus aún conserva las nieves invernales. En la misma, el investigador José Quidel expuso sobre la cosmovisión mapuche, en una conferencia de aquellas, donde la horizontalidad de su conocimiento parecía a ratos igualarse a una verticalidad sorprendente. Una experiencia con algo de iniciático. Mayores detalles sobre el presente festival en www.ficwallmapu.cl

domingo, septiembre 10, 2017

EUGENIO SALAS, ARTISTA INTEGRAL



De los días y noches que componen la prolífica vida del pintor, escultor, investigador y activista Eugenio Salas Olave –cuya trayectoria artística está signada por su férreo compromiso con la cosmovisión y los anhelos del pueblo mapuche– hay acaso una imagen esclarecedora. Salas (Antihuala, provincia de Arauco, 1961), hijo de un artesano obrero y de una tejedora, camina junto a su madre en una lúcida noche fundamental. Y mientras observan el manto estelar, doña Paulina le asegura a este niño alucinado que la belleza se halla en todos lados: en los dibujos caprichosos de los astros, en el reflejo de la luna, en el lecho del río y en el cíclico vaivén del agua que dio origen al mundo y lo sostiene.

Esta imagen resulta esencial en la obra de Salas, quien se crió en Cañete, debutó en la pintura a los 14 años, llegó a estudiar Arte a Temuco en el 83 (es célebre el mural que instaló en el frontis de la UCT, en contra de la dictadura, y que alcanzó a ser registrado por Juan Carlos Gedda), y ha llegado a exponer en varios países europeos y de otras latitudes, y publicado varios libros investigativos.

Su compromiso incorruptible con el ecosistema (no le es ajeno el tema de las forestales y su secuela destructiva, con quienes ha dialogado), su incursión proactiva en decenas de comunidades mapuche en la provincia de Arauco (y otras), su rescate de la mitología y el conocimiento antiguo, y su capacidad de mirar a los ojos descreyendo de la reproducción serial escindida de espíritu, convierten a este creador, precursor según la poeta Rayen Kvyeh del arte visual mapuche, en un hermano más de la Gente de la Tierra, “porque –según dice– al igual que en el inglés el verbo to be es a la vez ‘ser’ y ‘estar’, el vocablo mapuche Inche, significa a su vez ‘ser’ o ‘estar’, lo que es indicativo de que lo mapuche no está determinado por los apellidos o el lugar de nacimiento, sino por aquello que haces y ante todo por aquello que sientes”.

Eugenio Salas se encuentra ahora y hasta el 26 de septiembre, exponiendo pinturas y esculturas de 40 años de trayectoria, en la Galería de Arte de la Municipalidad de Temuco. Son obras que, como lo dijera el periodista Rodolfo Hlousek, “no son hijas del simple ego de un artista, sino de un hacer comunitario y que apela a fin de cuentas a conceptos como la pluriculturalidad y la plurinacionalidad”.





martes, agosto 08, 2017

MIGUEL ÁNGEL SOLAR Y LA REFORMA


La madrugada del 11 de agosto de 1967, Miguel Ángel Solar Silva (1944), estudiante de Medicina y presidente de la Federación de Estudiantes de la Pontificia Universidad Católica de Chile, se dispuso a dar el gesto decisivo que vendría en acelerar la reforma universitaria que desde hace un tiempo se venía gestando en dicha casa de estudios: la toma de la Casa Central, hito que 11 días después culminaría con la salida del rector, monseñor Alfredo Silva Santiago, y que dio la vuelta al mundo por el ingenioso cartel que los jóvenes de entonces desplegaron en el frontis, acusando a El Mercurio de mentir por decir que detrás de la toma estaba el Partido Comunista, “cuando en realidad éramos estudiantes de clase media acomodada y cercanos al Partido Demócrata Cristiano”, puntualiza Solar.

Cincuenta años después, el médico –residente en Temuco desde 1987 y en Nueva Imperial desde 1971– remonta sus trabajos y sus días atendiendo unos pocos pacientes en su austera consulta de la calle Janequeo 1720, como director del Departamento de Atención Domiciliaria del Hospital Hernán Henríquez, y como consejero regional desde el año 2013. Porque Solar, quien estuvo fuera de la política durante cuatro décadas, es un ser de múltiples registros y que –según propias palabras– vislumbra a la política como un ejercicio que todo ciudadano debiera realizar, sobre todo cuando las normas del sistema bloquean su vitalidad, amenazan su historia y su proyección en el tiempo.

Y acá el médico es claro en indiferenciar a la política de la medicina (y de las otras realidades, diremos), pues una de sus cruzadas, acaso la más trascendente, es aclarar a las personas que la enfermedad no es el mal, sino una reacción o una advertencia frente al mal, “ya que es indispensable entender las subjetividades de cada individuo, porque detrás de toda enfermedad está la sobreexigencia y las interacciones sociales inadecuadas”. En síntesis, Solar es partidario de dotar a la enfermedad de sentido, y es por ende reacio a la actual cultura de la analgesia, que solo busca aminorar los síntomas sin ir a los temas de fondo y vuelve crónicos a los padecimientos.

¿Será necesario decir que su idea de la medicina está a contrapelo de lo que piensa la mayoría de los médicos alópatas y por cierto la lucrativa industria farmacéutica? Solar, revolucionario o reformista ineludible en temas universitarios, lo está siendo ahora –acaso sin saberlo– desde la profesión que ha marcado su existencia.

domingo, julio 30, 2017

'Buenas noches luciérnagas', de Héctor Hernández


Presentación de ‘Buenas noches luciérnagas’ (RIL Editores, 2017), de Héctor Hernández Montecinos

Temuco. A 28 días del mes de julio del año 2017

“Todo hombre debe ser capaz de todas las ideas y entiendo que en porvenir lo será”, se dijo alguna vez. Y es lo que sentimos al visitar Buenas noches luciérnagas, este libro de 420 páginas que incluye ensayos, fragmentos de estudios y tesis, crónicas, poemas, diarios de vida, fotografías, notas de prensa, de viajes, entrevistas, chats y hasta correos electrónicos de la aniquilación. En el libro, Héctor Hernández Montecinos (1979), un escritor incombustible, un pensador incombustible, un creador incombustible, un polemista y un conspirador incombustibles, pasa revista a temas estéticos, políticos y culturales de este y de los otros mundos, con la lucidez de un caballo echado a pique contra un acantilado de piedras incendiadas.

Tres son las partes de este libro que algunos, ante todo por comodidad o conservadurismo, podrían llamar “inclasificable”: ‘Celestes cordilleras’, ‘Autobiografía de un poema’ y ‘Una pequeña historia nacional’. Y los capítulos que contienen se nos aparecen como reflexiones fragmentarias y a la vez totalizantes, donde el pensamiento, el análisis y la invención no parecen –como en una suerte de Pierre Menard arrepentido– ser actos anómalos, sino la normal respiración de la inteligencia. Como en un sueño dirigido, donde Hacheache –el tigre de Zucaritas, el alquimista que anhela devorarse al mundo, el dandy espiritual que no quiere parecerlo– nos da a entender, sin decirlo, que si no fuese escritor, si no fuese uno de los sujetos relevantes del campo cultural latinoamericano, sería asesino de masas.

Hernández, que tiene momentos excelsos en su vasta poesía, pero también reiteraciones abusivas, dimanadas de su síndrome de hiperlexia, se nos muestra acá con la sagacidad de un académico invencible y un escritor maldito que odiara a la academia, de un terrorista cultural y un cortesano del poder, de un solitario infernal y de un ser comunitario como el sol o el respirar. Las veleidades del campo literario vistas desde adentro, son solo uno de los aspectos llamativos de este saludo a las luciérnagas, que son las estrellas que brillan como ojos en la oscuridad. Hernández –que no su hablante poético, diremos– abre cientos de puertas, pero su libro es ante todo una puerta de salida, quizá porque se trata de una liberación. Al librarnos de la tiranía de Hernández salimos fortalecidos.

Buenas noches luciérnagas es, según Carlos Lloró, un libro que a todos nos compete, también a los no literatos, porque la literatura es ese remolino en el que giramos todos, a veces fragmentados y a veces reunidos en la vastedad de un solo cerebro. Impresión reafirmada al visitar este país Hernández, que a veces se asemeja al infierno del Dante o al purgatorio, con sus condenados por delitos lesa humanidad, donde el más consustancial a Chile es la envidia, la misma que padeció y sigue padeciendo Raúl Zurita, suerte de padre espiritual y poeta que ha reflorecido por la febril lealtad de sujetos como Héctor, el domador de caballos, de los caballos de la literatura.

Concluyo está presentación con una anécdota. Al mostrarle hace un par de semanas a una amiga, la primera parte de mi novela Far West, que espero se de a la imprenta este 2017, me acusó de ser una mala persona, ante todo por ridiculizar y ningunear, mutándole apenas los nombres, a varios animales conocidos (¿dónde, acaso en la República del Congo del año 2460?). Me entristecí, porque yo estaba enamorado de ella. Pero luego discurrí –y sobre todo tras leer este libro– que abusar del sentido común, que el plantearse límites antes de siquiera comenzar, que el vivir de glorias pasadas, que el no ensayar otros formatos aparte del que más nos acomoda o con el que nos designan, que el temor a la censura y al odioso y provinciano qué dirán, es una derrota anunciada, la más vergonzante de todas, porque, como alguna vez se dijo, los valientes mueren una sola vez y los cobardes muchas. Héctor Hernández Montecinos, simplemente gracias.

sábado, julio 08, 2017

La 'Santa Victoria' de Ricardo Herrera


Con el advenimiento de ‘Santa Victoria’ (Ediciones Inubicalistas), el quinto libro del poeta Ricardo Herrera Alarcón (Temuco, 1969), asistimos a la transustanciación de un hecho cotidiano –me refiero al trabajo o más bien a un empleo insufrible– en notable poesía, de trazas surrealistas pero también discursivas.

La historia es más o menos como sigue. Herrera es, a la sazón, profesor de Lenguaje en una escuela rural ubicada entre Galvarino y Chol-Chol, en los campos de Llolletúe, donde a diario viaja en un furgón desde Temuco. La escuela es regentada por sostenedoras pragmatistas, ignorantes y devotas del ex mandatario Pinochet y lo recibe, o más bien sus altos mandos, con preclara hostilidad. Entonces el poeta, sin heroicidades impostadas ni alardes vengativos, transforma todo aquello en materia de escritura (“La hermana T se dedicó a hacerme la vida imposible durante mi estadía en Santa Victoria / Empezó quitándome el saludo, hablando a mis espaldas / Mientras almorzaba lanzaba virulentos comentarios que hacían me atragantara… Por eso me confundía de pronto con un plato de cerezas / un cervatillo demasiado confiado… ”. p 12).

En efecto, el hablante poético de Herrera convierte a dicha escuela en una suerte de convento o manicomio o gruta (“La virgen no tiene relación / con el siquiátrico que alguna vez allí existió / y que fue destruido por un alzamiento indígena / a fines del siglo diecinueve / sin dejar rastros de su débil armazón de madera y vidrio / que fue albergue para las almas / de españoles que abrazaron la causa del enemigo / de monjas devoradas por el espíritu de satanás / de la soldadesca narcotizada por el alcohol, el frío y la lluvia”. p 36). Es un recinto intemporal donde cohabitan enfermos, peregrinos y fantasmas y animales y un hablante que tiene más que claro su designio (“La iglesia que construimos ya no ampara nuestros rezos… / La ocupamos de establo / para almacenar granos / la ocupamos para sacarnos el mal de espíritu / el demonio de la literatura / esa vieja costumbre de escribir a caballo contra el viento”).

El poeta, en un lenguaje cifrado aunque con pistas, desnuda ciertas miserias de un sistema educativo alienante y nos trae a la memoria palabras indestructibles: “Guardaos de ofender al solitario. Pero si lo habéis ofendido, ¡entonces matadle!” (F. W. Nietzsche).

jueves, diciembre 08, 2016

‘La Frontera, crónica de La Araucanía rebelde’, un relato inconcluso

El periodismo informativo tiene la limitación, acaso insubsanable, de responder a la lógica de la coyuntura. Y para tal se ve obligado a hacer de un bosque de símbolos, de un complejo ecosistema de hechos en sordina, en proceso o explicitados, un mensaje circunscrito a las ya clásicas Seis Preguntas (¿Qué?, ¿Quién?, ¿Cuándo?, ¿Dónde?, ¿Cómo? y ¿Por qué?), lo que tiende a derivar en una síntesis que, se quiera o no, se relaciona con la línea editorial del medio. En el periodismo interpretativo, de suyo más extenso en sus múltiples formatos, este riesgo es menos evidente, también porque se asume que la pretendida objetividad periodística está más cerca de la nota informativa que de la investigación.

Lo anterior también se cumple en ‘La Frontera: crónica de La Araucanía rebelde’ (Catalonia, Ediciones UDP, 2015, 302 páginas), donde los periodistas Ana Rodríguez (1983) y Pablo Vergara (1973), que han remontado sus trabajos y sus días en medios mercuriales pero también en otros diríase que alternativos, nos dan cuenta del llamado Conflicto Mapuche. Conflicto que derivó ante todo de las arbitrariedades –mal subsanadas– del Estado chileno en las últimas décadas del siglo XIX (la llamada Pacificación de La Araucanía), del actuar centralista de éste y de las múltiples segregaciones aculturalistas que contra el pueblo originario se han propiciado; pero cuyo punto de partida en los actuales tiempos puede situarse en un hecho específico: la quema en las cercanías de Lumaco de dos camiones de la Forestal Mininco, por parte de militantes de la Coordinadora de Comunidades en Conflicto Arauco-Malleco (CAM), el 30 de noviembre de 1997.

El considerable reportaje –que cuenta con dos prólogos, un glosario de personajes, otro de conceptos y un índice onomástico al final del libro– se divide en catorce capítulos. Cada uno corresponde a un testimonio (o varios) que describe un hecho coyuntural, plenamente contextualizado, y las aristas del mismo. Destacan la visión conservadora de un historiador que niega la existencia de los mapuches y prefiere hablar de araucanos, la de un weichafe (guerrero) que lucha en la clandestinidad, la del primer intendente que planteó el tema de la violencia como un tema de Estado, las de dos víctimas de lado y lado del conflicto, y la de un historiador para nada racista y que sí propone soluciones, entre otros puntos de vista. No todos los testimonios son entrevistas y se extrañan visiones como las de los agricultores (la llamada Multigremial) y de los representantes de las forestales, acaso porque –como dice uno de los prologuistas– ellos ven el conflicto como una simple anomalía del statu quo: “son víctimas, pero porque el Estado no ha cedido aún más a la presión de mantener a raya a los indígenas”.

La idea de los autores de esta larga crónica, escrita entre 2012 y 2015 pero concebida años antes, es ganar por acumulación. Las entrevistas y aclaraciones históricas y conceptuales, las derivaciones a otros textos y las múltiples ramificaciones, en esta suerte de viaje iniciático al Wallmapu (País Mapuche), van configurando un diagnóstico que, si bien entrega algunas luces, está lejos de ser decidor. Por lo demás, no es el objetivo del libro, pues como dice otro de sus prologuistas: “No es un manual de soluciones ni una mesa de diálogo. Es más bien un laberinto que exhibe sus virtudes mientras se recorre. Otros tendrán la solución de la salida”.



jueves, agosto 04, 2016

LA PUESTA EN ESCENA DE UN POETA


'Tren, treile, Teillier’, texto de Mauricio Moro, con la dirección de Rodrigo Bórquez y la actuación de Ricardo Pinto apoyada por voces en off, es la primera obra teatral inspirada en la figura de Jorge Teillier Sandoval (Lautaro, 1935 - Viña del Mar, 1996), el “poeta de nombre claro como un guijarro en medio de la corriente”, quien decía que la poesía no era nada si no permitía a los hombres acercarse y conocerse. La obra, un monólogo de 50 minutos y un solo acto, se presentó ayer miércoles 3 en el debut de la XII versión del Festival de Teatro en La Frontera 2016 (Fetef), ante una Sala Los Avellanos de la Ufro colmada de público.

En el monólogo se nos muestra a un Teillier íntimo y a ratos disociado, en el último año de su vida, quien yace acosado por sus más obstinados fantasmas: la soledad en compañía, el desarraigo, el autoexilio, la familia fragmentada y el abuso de etanoles y terrores, y que podría decir, con Huidobro, que “el pozo de las cosas perdidas no se llena jamás”. El protagonista discurre sobre aquello y sobre el infatigable mandato de la poesía, que parece haber tomado a su existencia por rehén, mientras espera debutar en un conocido programa televisivo de entrevistas culturales. Pero su espera es paradójica, pues al entusiasmo de compartir el pan de su palabra con un avezado entrevistador, agrega el sentimiento de la inutilidad: un sentimiento furioso que lo paraliza y lo hace desdeñar “el inútil pago de la inmortalidad”.

Llama la atención la importancia que el dramaturgo le otorga en su texto a la figura del poeta Enrique Lihn (1929-1988), quien fue el gran antagonista de Teillier en los 60’s, ante todo cuando éste –mientras languidecían las llamas de su primer matrimonio– se quedó con la novia de aquél. Ello acaso se explica por el afán de tender puentes entre dos de los poetas más admirados por las actuales generaciones, los que, como es bien sabido, se reconciliaron en un encuentro literario acaecido en el Hotel Continental de Temuco el año 1982.

En suma, una obra de teatro interesante y que demuestra que el poeta de Lautaro suscita un interés creciente. Tanto es así que, a estas alturas del vértigo, podemos afirmar que obras de teatro como éstas –así como otras manifestaciones del arte, tales como documentales e inclusive filmes– seguirán floreciendo a partir de la persona y de la obra del poeta que está llevando los muros de Lautaro hacia fronteras ignoradas.

miércoles, febrero 24, 2016

EDO CAROE, TEMUCO, 1986

“Es con la risa y no con la ira como mejor se mata”, nos asegura el filósofo Friedrich Nietzsche en la primera parte del 'Zaratrustra'. Y en la reciente actuación de Edo Caroe (Eduardo Carrasco Rodríguez, Temuco, 1986), quien se presentó la primera noche del Festival de Viña sin dejar títere con cabeza entre la clase política, aquello se rubricó.

Lo cierto es que en esa inevitable reunión del verano que es la Quinta Vergara, que parece una cita familiar donde nadie está a sus anchas, pero de la que nadie o casi nadie es capaz de renegar, su rutina fue una de las mejores que se recuerden (51 puntos de rating, además), y lo sitúan a sus 29 –si no cae en lo reiterativo– como uno de los humoristas con mayor futuro en Chile.

La rapidez de su verbo y su prestancia de roquero, lo hacen corrosivo sin llegar a la amargura, en extremo irreverente sin caer en lo vulgar, y ferozmente crítico de las instituciones y de la mojigancia del chileno, pero frondoso a la hora de darse a sí mismo con el mocho del hacha. Hay en su show (donde también hace trucos de magia que dan una pausa a un show donde la ironía puede ser insoportable)algo que podríamos llamar ‘maldad calculada’, pues en éste hasta se presenta ‘Oscarito’, un personaje notoriamente discapacitado, del que tanto él mismo como el mago humorista se ríen a mandíbula batiente, con lo cual naturalizan una condición que sigue siendo motivo de hipócrita discriminación.

Acaso la gran virtud de Caroe es haberse situado, quizá como nunca antes, fuera de la lógica del hacedor de tallas como sujeto externo:como una suerte de operador político del chiste, ajeno (es un decir) a la política y al ejercicio del poder. En su rutina cáustica, pero liviana de sangre (valga la oxímoron) y hasta desternillante, él mismo es un niño abusado, un padre ausente y un hijo perverso. Por eso, no es un humorista crítico más, sino alguien que subvierte la lógica del intermediario, con lo cual se arroga cierta autoridad para hablar de casi todo.

Hasta hace poco los humoristas se reían de sus suegras o de sus señoras, pero no llegaban a la combustión misma del fenómeno, que en cierto modo es el sexo; pero Caroe, que maneja el tema pero también lo sabe sobredimensionado, le quita el eje y lo vuelve casi baladí. A despecho de estar parodiando un texto insigne, puedo concluir diciendo que Caroe es de aquellos venturosos que pueden prescindir de la aprobación de la crítica y aun, a veces, de la aprobación del público, pues el agrado que nos proporciona su trato es irresistible y constante.

viernes, octubre 23, 2015

LOS "PUESTOS VARIOS" DE GUIDO EYTEL


Conocí al escritor Guido Eytel en las ya postrimerías del 95, en el Centro Médico de Temuco, cuando él dictaba un taller literario enfocado en la lectura y yo salía del cascarón (una muchacha de vestido rojo cuyo nombre no recuerdo se quedó con mi edición del 'Mala Onda' de Fuguet). Tiempo después, en el 97, presentó (ni a él ni a mí nos agrada la expresión “lanzó”, que apela más bien a la Nasa o a una carrera de galgos neoliberal) su primer libro, la novela ‘Casas en el agua’. De ahí ha dado a la imprenta unos siete textos, también de poesía, siendo a mi juicio el libro de cuentos ‘Puestos varios’ el más eminente de cuantos ha escrito. Fue publicado en 2006 y reposicionado el pasado martes 20 en el Museo La Chascona de la Fundación Pablo Neruda, en Santiago.

‘Puestos varios’ (RIL Editores), que debe su nombre a una analogía con aquellos entrañables almacenes que subsisten frente al embate de las tarjetas y los supermercados, y donde es posible hallar de un cuanto hay y hasta ser anotado al lápiz, se compone de 14 relatos que a juicio del autor sobrevivieron a su dura autocensura, “tendiente a no fastidiar al lector”. Eytel (Temuco, 1945) asegura en el prólogo que la mayoría de los mismos fue galardonado; y aquello, que acaso significa poco y nada, se rubrica en este caso con algunos cuentos de alta ley. Casi todos apelan a sujetos marginalizados, que han sido derrotados por la Historia o sucumbido ante sus propias fantasmagorías: que han perdido el norte o las expectativas de un mejor pasar, pero jamás la dignidad, como en el relato “El otro round de Dinamita Araya”, que habla del repentino acto de heroísmo de un ex boxeador que vende helados en la carretera.

También hay cuentos regiamente espeluznantes, como “Le juro que fue por amistad”, sobre un conscripto que sin una gota de culpa le relata al hijo de un ejecutado la manera en que mató a su padre; o “Ese viejo calor que tengo guardado”, que narra el espeso delirio de un vagabundo que tiene un acto de necrofilia. Son héroes descentrados y macabros, que coexisten con aquellos otros supervivientes de esta época que no pocas veces parece girar sin nosotros. De entre todos los relatos, y acaso porque tuve cierta cercanía con su protagonista, me quedo con “Matar a Padilla”, que narra la vital contradicción de un profesor que también es poeta y que decide asesinar al profesor. “Puestos varios” es uno de esos libros que, a despecho de la tiranía del olvido, diremos, se obstinará en permanecer.


domingo, septiembre 20, 2015

EDUARDO BONVALLET (1955-2015)


A mediados de los ’90, un ex seleccionado nacional de fútbol que debió retirarse a los 27 por exceso de infiltraciones, arremetió en la radio y la televisión chilenas con singular estilo. Blandiendo un micrófono, a ratos justiciero y otras veces simplemente cruento, pero casi siempre preñado de risas, rompió el obtuso paradigma de que Chile nunca sería campeón del mundo. No exagero: en decenas de ocasiones les oí decir a los comentaristas de entonces que “la selección juega muy bien de chico a grande”, por ejemplo en el partido donde La Roja fue a Londres a defender con 11 y empató a cero goles con Inglaterra gracias a que el portero (el llamado ‘Cóndor’ Rojas) atajó hasta los gritos de los hinchas británicos, y aquello fue tomado como un triunfo.

Pero Bonvallet se opuso siempre a ese modelo porque, como todos los grandes, no había venido a esta vida a empatar. Asumió un personaje agresivo, impecable, de voz imponente y autoritaria, y con muchos de esos rasgos filofascistas que muchos líderes debieran ponderar (ante todo la seguridad absoluta, cierto autoritarismo ya explícito o encubierto, y esa capacidad del polemista de pies ligeros que –como dice Juan Villoro de Bolaño– cambia de parecer sin permitir a los otros el hacerlo); aunque también otros que resultan polémicos y hasta detestables (cierta xenofobia, racismo y una facilidad imbécil para rotear a todo aquel sujeto de menos recursos económicos o espirituales). Había también en él esa obsesión desagradable de medir el éxito de un ser por el grado de conocimiento que de éste se tenga, y que es inherente a la aristocracia bastarda de la televisión. En esa línea y no en otra está la entrevista que se fabricó con Pinochet.

Pero era un comunicador brillante y su megalomanía –hija de una autoestima inestable y de un ego hipertrofiado y sordo– era al menos creativa, casi como parte de un programa, o de un símbolo; leerlo de manera racional resulta absurdo. Recuerdo que en el verano del ’97 vimos en la casa de Rafael Lanyon el partido donde Chile perdió 2 a 1 en Lima, con Perú, por las clasificatorias a Francia 98. Estábamos tan disgustados que cambiamos de canal para ver a Bonvallet: “¿Qué irá a decir este viejo culeado?”, dijimos, pero nuestra atracción era genuina. A veces daba la impresión que lucraba con las derrotas del fútbol chileno, que detestaba a la izquierda o que era de una ignorancia extrema que disimulaba con el ruido. Pero todos aquellos rasgos eran parte de un personaje que siempre tuvo rasgos entrañables, acaso por su extrema vulnerabilidad.

Fue el primero en jugársela en el fútbol por una postura nacionalista que, aunque algo pueril, incluía el respeto hacia el himno y la bandera. Y fue el primero, al menos en Chile, en comentar, con una pizarra con fichas que representaba a los 22 jugadores del campo y sus estrategias, los partidos de la selección. En esto último era tan asertivo y jocoso que, cuando aceptó el desafío de “probarle a todos que puedo ser el mejor técnico del mundo”, empezó su ocaso como hombre de fútbol. Fue el año 2007, en Deportes Temuco, escuadra a la que debía salvar de caer a la Tercera División. Al principio ganó muchos puntos y se hizo buena fama, pero a renglón seguido se agenció muchos enemigos, entre la prensa, los socios influyentes e inclusive al interior del plantel (llegó hasta a denostar a un jugador por ser de raza negra). Le hicieron –o él mismo se hizo, lo que para el caso da igual– la vida imposible y debió retirarse, enfermo y con la certeza del fracaso: el sabelotodo en cuestiones del fútbol, el infalible gurú (apodo patético que asumió en el último tiempo) era al final pura boca, se dijo. Fue un golpe durísimo.

Posteriormente, su estilo fue imitado y dejó de ser único. La masificación de las redes sociales, de la opinología y el advenimiento de la cultura del insulto y el descrédito entre los chilenos, que hizo casi ridícula la institución de la querella por injurias (Bonvallet recibió decenas de ellas y desenmascaró a varios delincuentes del deporte), lo fueron invisibilizando. Conservó su estilo hasta el final, pero se le veía menos como un líder o un sabio que como un sujeto pintoresco, una suerte de humorista. Y es este último rasgo en el que quiero detenerme. La agresividad de este sujeto era creativa y refrescante; no te dejaba ese regusto de amargura que te puede dejar una Patricia Maldonado o un Fernando Villegas: ellos nunca o casi nunca dieron, además, puntada sin hilo, y eso los hace un tanto abyectos.

Un cáncer furioso, que pudo derrotar casi del todo, lo dejó malherido y con dolores atroces en el rostro. Y una depresión sin duda coadyuvada por su ambición desordenada y algunas derrotas familiares, lo llevaron a quitarse la vida el 18 de septiembre de este año 2015. Fecha que quizá no fue casual. Ha muerto una suerte de guerrero ‘que reinventó el nacionalismo en democracia’ (es un decir) y que nos hizo más competitivos, también como país. Veremos cómo salimos librados de aquello. Yo por mi parte al menos, me declaro optimista.