martes, septiembre 18, 2007

PAPILLÓN Y LA PASTA (QUE NO ES EL DINERO) BASE


Parición, pueblo ramplón y huasiloco nacido el 24 de diciembre de 1603. Adentro, la cárcel. Afuera, el infierno social del 18 con mal trago y mucha cumbia, digna de una danza de cuchillos: las ramadas en pleno con mucha culona apetecible (Proverbios 11:22), pues en este pueblo -he vivido en 11 ciudades- hay mujeres prodigiosas.

Mucho más abajo, Papillón, el segundo hijo de una familia de regentes de una panadería y luego de una shopería ubicada en plena "Villa Alegre" (el "New York Pub Restorán"), que actualmente nadan en plata, en sensualismo bruto y son hinchas despiadadamente fieles del un club futbolero de Santiago, a una de cuyas tantas filiales perteneció el padre de la familia en sus años mozos.

A Papillón de Parición lo conocí el año 96, mientras amenazaba de muerte a mi desaparecido amigo "Tiroloco", a causa de una hembra (algo nada infrecuente en estos lares), en el segundo piso del "American Bar"; lo cual, a todas luces, fue un acto temerario. Papillón es -o más bien era- un mocetón impetuoso, con un parecido notable al Al Pacino de "Scarface". De manos y nudillos respetables, su impetuosidad llama (o llamaba) poderosamente la atención, pues el hombre no excede del metro setenta. Su virilidad no deja de ser cortés, como en los auténticos malevos (pienso yo): aquellos bravos que saben ponderar a quien tienen enfrente, aunque no sean éstos de sus pagos violentistas.

En lo que a hoy respecta, Papillón andaba con Polo Drink, con Zorro Lenny (chantado en el trago) y el amigo Moais. Los vi en las ramadas del loco Villagrán. Yo había dado un par de vueltas y sólo vi a esa gente que me resulta complicado saludar. No había ningún amigo, amigote, amigoide ni amigastro, y la música no era admirable.

Me invitaron a deponer el absurdo y a dejar de lado a Diógenes Laercio (una biografía que me prestó mi buen amigo el "Flaite" Ilustrado de Ciudad Sur), pero yo ando tomando analgésicos. No me creyeron. O no me quisieron creer.

En eso, Papillón, que estaba muy alterado, se fue de nuestro lado, y como ocurre en un pueblo como éste, donde abundan los seres generosos y amigables, pero profundamente maledicentes, escuché el casi alegre testimonio de los otros sobre el rudo Papillón: "EL HOMBRE, DURANTE AÑOS EL PRINCIPAL DISPENSADOR DE YERBA BUENA DE LA CIUDAD, AQUEL QUE GANABA MÁS DE 5O MIL PESOS DIARIOS EN VIRTUD DE SU PURA CHOREZA Y BUENA ESTAMPA, ESTÁ ENTREGADO, PERO GROSERAMENTE ENTREGADO, A LA PASTA BASE".

En realidad, reparé en su extremada flacura, que ya no era enérgica. Reparé en sus ojeras de locutor dieciochero en el ocaso, y pensé que Papillón ya no era digno de si mismo (lo que es casi un sinónimo de la insidiosa muerte). Después, mientras yo fumaba tabaco de hebras largas con los paisanos antes nombrados y, cuando tras media hora me disponía a volver a la cárcel (mi casa), un hombrecillo acuchilló a Papillón. Ahora, lejos de la pasta, Papillón es un hombre libre. Quien sabe hasta cuando. Luego de un rato, llegó Carabineros y reestableció la fiesta, por lo cual hoy tampoco podré dormir, pues el ruído de las ramadas es como un barco anclado en el cemento o un carrusel ajeno.

NADIE ES LA PATRIA, O, ESTO NO ES VANIDAD


“Nadie es la Patria / pero todos lo somos / Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante /Ese límpido fuego misterioso.”

Así reza este poema (de un argentino) que siempre recuerdo en fiestas patrias, así como también al De Rokha chilenero en su magistral “Epopeya de las comidas y bebidas de Chile”. Para muestra un botón, que poco tiene en este caso de culinario, si no más bien de crepuscular.

“Y nosotros nos acordaremos de todo lo que no hicimos y pudimos y debimos y quisimos hacer / como un loco asomado a la noria vacía de la aldea / mirando con desesperado volumen / los caballos de la juventud / en la ancha ráfaga del crepúsculo".

Ya es 18 de setiembre en Chile (6:00 am), mas para mí el festejo empezó antes, el 13, en unas ramadas de la UFRO (la principal universidad de Ciudad Sur), ubicadas a un costado de ese gimnasio nuevo cuya arquitectura recuerda a Brasilia. Fui a ese evento con Koneka rubia, pero me quedé con Carolina, mirando los caballos de la anciana juventud desfilar en la frugal llanura, que tiene un fondo tipo “Comfortably numb” de Pink Floyd. Ella (Carolina) estudia Trabajo Social y ayer llevó a su hijo de 3 años vestido como huaso de parada, de quien obtuve un plano contra el cielo. Por ahí también aparecieron Claudio Maquiavelo, Miguel Cerón y Rodolfo Astudillo, todos haciendo de padres. Ella, Carolina, junto a seis o siete u ocho amigas de Trabajo Social (una era Julia Roberts chiquitita), bautizaron una ramada con el nombre de LA COMUNACHA (como un hacha), lo cual hace justicia porque varias de ellas tienen guagua. Eso es bello, casi mejor que la tarde prolongada y de algún modo eternizada como un asno de tiempo circular.

En medio del fragor de la contienda me acerqué a Cocorro y a Gerardo Quijano, que llegaron con sus minas respectivas y de forma misteriosa al edénico lugar. Crucé lentamente el prado con dirección a la cancha (el sol empezaba a ocultarse), sonreí diabólicamente, estiré mi mano desnuda de puñales y les dije: “CÓMO ESTÁS GERARDO, HOLA COCORRO”. El publicista Quijano, a quien todavía respeto, me respondió: "CÓMO ESTÁS MARÍN", pero Cocorro el Cocodrilo me dijo simplemente: “CÓRTALA YA”. Casi me dio vergüenza ajena. "Es con la risa y no con la ira como mejor se mata", dijo alguien cierta vez.

Después fumamos en un lecho de piedras y la noche, que al igual que el día siempre estará ahí pese al escandalo del mal, nos amó. Aún tenemos Patria, ciudadanos.

Ayer me escribió Camilo Herralde, quien hará las gestiones para el lanzamiento de “Palacio Larraín” en Santiago, con Felipe y Agustín, dos muchachos que de verdad tienen talento. Es el último lanzamiento que haré de mi primer libro, pues el otro será parido, no sé si publicado, antes de finalizar el año, como un "Toro de Falaris".

El “Toro de Falaris” era un tormento que consistía en dejar a un tipo adentro de un toro de hierro calentado al rojo vivo, el cual era puesto en la cima de una colina; los gritos del infáustico hombrecillo (un Cocorro sorprendido en falta) y el humo que salía del toro hacían que el cuadrúpedo cobrara vida propia. Más abajo, les dejo un cuento relacionado con el finado Jimmy Coyote, que bebía enormes vasos de suciedad. Yo sigo escribiendo literatura; lo que pasa es que no puedo ver este gesto del blog como algo inútil; de hecho, no lo es. Puede ser triste, puede ser suicida, puede ser incluso errátil, puede ser (sado)masoquista, pero de inútil lo es menos que desayunar bien.

Acabo de llegar a Parición y al lado de mi casa están las ramadas. Como después de una larga travesía, el sentimiento que me invade es de pavor ante mí (con algunas voces en la noche), sobre todo al ver cómo son capaces de sufrir y de gozar inutilmente (o más bien ilusamente) casi todas las personas. Tiendo a verlos, a unos más que a otros (y no me refiero a los pobres), como animalitos atropellados a la vera del camino. Y esto no es soberbia ni tampoco vanidad: es compasión. Una compasión rabiosa y tal vez espeluznante (ecle 1: 17-18).

Cuando has sufrido demasiado, y más bien lejos de los otros (con carencias tan extremas y distintas que nadie ha padecido jamás), tienes dos posibilidades. O convertirte en un monstruo de luz, de soledad y descrédito (actual o futuro), como ADOLF HITLER. O, pese a sentirte un héroe del dolor o un aristócrata del sufrimiento, convertirte en un monstruo de luz, de soledad y descrédito, pero capaz de empatizar sinceramente con los otros y librar a más de alguno. (Huelga decir que, para lo que uno espera, no cabe más que sentirse un aristócrata, un elegido, pero eso no significa que uno deba ponerse de espaldas a los inferiores, que se han cavado sus infiernos, idiotismos o perpetuadas derrotas, a causa de una homosexualizante falta de información: por falta de gnosis, de hermetismo, de humildad, de compasión, de pureza, de satanismo conciente -conjurado-, de alegre maldad, de cristianismo bien leído, de perversidad entendida no como crueldad si no como videncia: pero la videncia por si sola no salva...). Ahora si, JIMMY...
(ESTE POSTEO NUNCA FUE VANIDAD... quizá sí fue un acto suicida... me refiero a decir palabras autolaudatorias de un rompe y se raja y así "sin asunto". Seguramente).

LA MUERTE DE JIMMY COYOTE: UN CUENTO



HAY HECHOS que aún sin comportar una horridez extrema nos conmueven demasiado; son hechos preñados de un aura tétrica y casi misteriosa, tanto más atroces en cuanto más sutiles y menos elocuentes. Una mujer cuyo hijo es mutilado con el forceps al momento de nacer sentirá un dolor inmenso, pero podrá recuperarse, embarazarse de nuevo y tener un hijo sano o a lo sumo adoptar otro; lo mismo ocurrirá con un tipo que quede lisiado en un choque: de una u otra forma se va recuperar y hasta podrá dar cátedra de superación; asimismo, un individuo satánicamente torturado quedará quizá con traumas, pero podrá levantarse y erigirse en medida de amor y tolerancia entre los hombres. Pero hay ciertas derrotas, ciertas perfidias del destino, a veces condensadas en una sola imagen (que a muchos podría hasta pasar inadvertida), cuya contemplación nos abruma a tal punto que contamina nuestro pasado, nuestro porvenir e implica de algún modo a los astros. De entre las muchas muertes insólitas de la última década y media en Ciudad Sur, ninguna me ha impactado más que la de Jimmy Coyote. Murió el día más frío del año 2006, a las afueras de la biblioteca municipal, ahogado en su propio vómito. Ni el degüello de dos monjas perpetrado por un groupie de Edgar Allan Poe, ni el deceso del joven Hardcorito -llamado así por cultivar el punk hardcore y parecerse a Condorito- a manos de agentes desquiciados, ni la quema de un deportista al interior de un taxi en el cerro Ñielol, ni el cruento homicidio de un voluntario del Hogar de Cristo en una línea abandonada, me han impactado más que el deceso de este hombre de 31 años, cuya identidad jamás averigüé. Para mí y para tantos sólo fue Jimmy: un ex estudiante de Medicina, alguna vez rockero y montañista, conversador ingenioso, versátil y espantosamente alcoholizado.

Lo conocí en la plaza del siquiátrico a mediados del año 2002, cuando ambos buscábamos cerveza matinal. El hombre discutía con dos guardias en la fila del súper, tenía el pelo de un apache y la tez rosácea, estaba enfundado en botas largas y abrigo de oficial de la Gestapo, e intentaba robarse dos latas del fresquísimo brebaje. Como alguna vez lo vi rockeando en un festival organizado por la empresaria fascista Juliette Fourier, me acerqué y le pagué las cervezas. Salimos de “Las Brisas” y nos sentamos a charlar, mirando las aves migratorias y a los locos deambular en la otoñal mañana. Me dijo que se llamaba Jimmy y que se había cambiado de Medicina a Ingeniería en la Universidad de la Frontera; aseguró tener una novia increíble que a veces lo golpeaba y un coeficiente intelectual de 138. Había tanta alegría y pasión en sus palabras que, aún con un principio de vértigo y angustia, no pude dejar de creerle.

Al terminar el consumo compré dos litros más y nos fuimos a beber al cementerio. Al rato noté que su voz se volvía traposa y su fuego prepotente. De todas formas, no me olvido de sus gráciles palabras: Me dijo que el mundo acabaría el 2012, que yo (y él también) era un iluminado y podría salvarme si escapaba de toda religión y fomentaba “los principios del buen Hermes Trimegisto”; me habló de los nucleótidos del genoma y de la sutil mutación de lo real llevada a cabo por científicos borrachos en un subterráneo de Finlandia; me dijo que los viajes astrales de los sueños serían muy en breve triviales y llegarían a materializarse en la tercera dimensión. Le hablé de poesía y me dijo que el álgebra no era el palacio de precisos cristales mentado por Borges, “sino una materia flexible como la mente o el tiempo”, y que a diferencia de lo dicho por Teillier, las ciudades sí prevalecerán frente a los árboles, “pero en forma de ruinas sin gloria”.

El próximo encuentro fue en la plaza Lautaro, en los últimos días del año 2004. Vendía artesanía junto a una tipa agobiada y noté que su rostro rosáceo era ya francamente morado. No obstante, aún conservaba un temple digno y un humor impetuoso. Yo había dejado de beber como un cosaco, pero acepté su invitación al bar de Circe, mientras su mujer lo llenaba de insultos. Aseguró haber sido raptado por los ovnis y dejado de estudiar, porque sus padres ya no le pagaban la carrera. Supe que el hombre había cambiado cuando al segundo vaso se volvió otra persona. Quise irme, pero Jimmy me detuvo:

-Escúchame, yo no soy un demonio. Lo que pasa es que la ciudad me devora, y sólo en medio de la naturaleza percibo el espíritu de todas las cosas. Déjame brindar por el gato montés que recogido espera a que se pose el pajarillo, por esas lágrimas del mundo llamadas estrellas y luna, por la tela de araña y el amoroso zumbido del insecto, por la tierra que hace el amor con la lluvia, por los baguales de Icalma y su perpetua libertad, por las montañas violáceas del crepúsculo. Déjame brindar por el sueño del vapor de la aurora sobre el lago Calafquén y por el ruido del mar de Chaihuín, que repercute en mí cual si yo fuera una roca. Es al aire libre y en el campo, amigo periodista, donde siento el remoto rutilar de los astros y el secreto de la vida.

Y luego continuó.

“Los ríos degollados de la urbe son como arterias bloqueadas o miradas asesinas. El hombre le cierra las puertas al misterio y busca el sol encadenando a otros, justificando sus fantasmas (que son sus propios dioses) con motosierras y leyes y violencia: ha reemplazado las yerbas con farmacias que te alivian a cambio de dinero. Antoine, ahora te averguenzas de mí, pero sé que no he arado en el mar.

Cuando le comenté al periodista Alexis Cano sobre el estado de Jimmy Coyote, casi no me creyó. Él lo conoció en el club de montaña “Madreselva”, a mediados de los 90’s, y siempre lo vio altivo como un cóndor e impetuoso como una puma, sobre todo al momento de hacer cumbre en volcanes como el Llaima, el Villarrica o el Lanín, de los cuáles conocía sus nieves y sus flores, sus vientos y caprichos y desfiladeros. Me dijo que Jimmy era un “coyote sudamericano”, no sólo alegre en la llanura, si no también en la montaña, e incluso en el mar. Me habló de su connatural intuición, no sólo del clima y del sol y las lluvias, si no de todas las cosas del ecosistema: “Jimmy es un chamán que no puede y no debe vivir en la urbe, y por eso bebe como un indio arrancado de su medio natural”.

Poco antes del fin me costó reconocerlo. Dormía en la plaza del Centro junto a un montón de perros desnutridos y pedía dinero al transeúnte. La impresión que me dio fue tan honda que nunca podré recuperarme, pues no pasaba de ser un hecho casual. ¡Es casi imposible imaginar un ser humano más corroído por el alcohol! Sus ojos estaban morados, le faltaban algunos dientes y tenía cicatrices en el rostro. No llevaba calcetines y se rascaba las várices hasta hacerse sangre. Andaba con dos o tres pares de pantalones, “para que no se me salga la hediondez”. Absurdamente recordé a la tía perdida de Gabriela Coñoepán, que con mano tremolante pedía dinero en los alrededores de la feria y solía defecar a las afueras del “Muñoz Hermanos”; me consolé al pensar que Jimmy no llegaría a esos extremos. Lo invité a desayunar, pero sólo aceptó una cerveza, “porque hace más de un año que no como”, y quizá no estuviera exagerando.

Le hablé de un infalible tratamiento y de mi propia experiencia años atrás, y recordando sus saberes de botánica le dije que un amigo requería un jardinero. Me miró fijamente, y su paz me hizo pensar en los santos enfermos que prodigan su dulzura. Antes de hacerle la pregunta inevitable le pedí disculpas; su respuesta todavía me conmueve: “No lo hago por sentirme bien, si no para bajar las convulsiones: quiero enceguecerme porque ya no puedo ver".