miércoles, marzo 16, 2011

Apuntes sobre HAMBRE, de Knut Hamsun


Hambre, la novela que consagró al Premio Nobel Knut Hamsun (1859-1952) en su natal Noruega, se desarrolla en el inhóspito Oslo (a la sazón Cristianía) de aquel entrecruce de siglos: una sociedad protestante (ya no lo es) y preindustrial, que sin ser tan bestial como otras sociedades de la Europa de ese tiempo, se nos muestra febrilmente pragmatista. Su protagonista, Jens Ola, es un joven escritor y periodista de oficio, afectado de un problema capital de la condición humana: La dificultad del hombre para ganarse un sustento que le impida morirse de hambre, sin trabajar en cualquier cosa y sin -aquí radica la tragedia- acudir a la mendicidad, el delito, la prostitución (que también puede ser espiritual) o la herencia.

Ganarse el pan / Ganarle al Arte

Nada se nos dice del origen social de Jens. Pero, mientras el drama trascurre, lo sabemos educado y culto (de algunos de sus gestos deducimos su origen burgués), individualista, algo orgulloso, insensato y poseído de efusiones religiosas, que van desde la apología del sufrimiento, pasando por el acatamiento resignado, hasta la más extrema rebeldía, menos contra Dios que contra un sistema que le impide surgir en buena lid. En efecto, Jens no se rebela contra cualquier trabajo (se nos dice que ha desempeñado varios oficios), sino contra el hecho de no poder ejercer el que le es connatural: la escritura en sus múltiples formatos, para la que tiene un talento probado, pues ha ganado dinero escribiendo artículos para los periódicos. Y es acá donde Hambre nos sitúa en otro de los temas esenciales de la literatura: El desarraigo (o desamparo) del artista no cosificado o no sometido a directrices familiares o epocales; un desarraigo compartido por el propio Knut Hamsun, alguna vez simpatizante nazi y que siempre abjuró de la democracia burguesa y su sistema de apariencias (“Hay hombres que creen que la virtud consiste en decir: ‘¡hace falta la virtud!’. Pero en realidad sólo creen que hace falta la policía”, resumiría Nietzsche).

Asimismo, la carrera de Jens hacia la inmortalidad está trazada de contradicciones: Así como un monje espera la iluminación divina en su ascético claustro institucional, Jens espera la laboriosa inspiración al amparo del ruido mundano, donde la inactividad sin atavíos es mal vista, sobre todo por la policía. Y ni hablar de sus versiones disonantes sobre el bien y el mal (su forzado ascetismo le impide aceptar el egoísmo humano), la corrección e incorrección (la alegría de ciertos rostros le resulta intolerable, su manejo del dinero y su excesiva caridad son insensatas), y hasta del ser mismo de la escritura (sobrestima a la musa inspiradora en desmedro del trabajo inercial)… cualidades que se ahondan mientras el hambre lo empieza a carcomer.

El eros en el hambre

Hacia la mitad de Hambre, mientras se acerca el pavoroso invierno, Jens importuna a una mujer que días después lo sigue, aún a despecho de su apariencia. Él la idealiza y la llama Ylajali. Al poco andar percibimos que es una prostituta que lo cree un libertino empobrecido, pero que al percibir lo errático de su comportamiento virtuoso (“Le aclaré que el inteligente pobre es un observador mucho más fino que el rico inteligente. El pobre mira a su alre¬dedor a cada paso que da y espía suspicazmente cada palabra que oye; y a cada paso que da, él mismo impone a sus pensamientos y a sus sentimientos una norma y un deber. Tiene el oído fino, es impresionable, experimentado y su alma tiene quemaduras”) cambia de actitud y se muestra impenetrable, aunque no deja de quererlo. A partir de este episodio nos planteamos preguntas esenciales: ¿Puede acaso la mujer tolerar la pobreza masculina sólo cuando nace del infortunio o del vicio, pero jamás de una actitud consciente y hasta premeditada como parte de un designio?... ¿Es el celo femenino hacia la vida y la materia (excepción hecha de la mujer religiosa) una cualidad contrapuesta a la llama y a la fiebre del artista, por lo cual siempre anhelará sustraerle esa llama y hacerle poner los pies en la tierra?

¿Morir de inanición?

En la cuarta y última parte de Hambre sabemos a Jens hospedado en una cuartucho y debiendo tres semanas. No obstante, la patrona lo alimenta dos veces al día con rebanadas de pan, pero él sigue buscando la inspiración y vertiendo palabras en sus cuartillas, esta vez ¡un inaudito drama medieval! Su delirio se acrecienta con la desnutrición y no puede concentrarse. El frío arrecia y el hacinamiento lo empieza a enloquecer, pues se involucra en asuntos familiares (no tolera la perfidia humana). Cuando le informan que ocuparán su cuarto y deberá dormir en la habitación donde reside la familia, acepta resignado y sigue escribiendo desde una silla, pero se resiste a ir, hasta que la mujer lo expulsa por la fuerza. Duerme afuera un día y al siguiente, desfalleciente, vuelve a la casa. Pero cuando la patrona lo descubre lo amenaza con la policía. El desenlace es exquisitamente delirante y -más allá de la sabida irrealidad del universo literario- predecible: Jens -narrador en primera persona de esta novela sorprendente- no se muere de hambre y modifica su actitud… pero lejos de Cristianía

Como Jens no es un hombre de acción, la fuerza de Hambre no radica en la anécdota, tampoco en la descripción del museo de horrores del ser (los personajes subalternos de Hambre carecen de grande patetismo y casi parecen pintados). Jens no es un lunático, ni un héroe desgarrado, ni una víctima social, tampoco un santo o un inconformista vano: Es, ante todo, un sujeto profundamente espiritual, que escribiendo sus cuartillas navega en la que es una de las tragedias primordiales del ser humano, según nos lo recuerda el versículo décimo séptimo, del capítulo tercero del libro del Génesis.

viernes, enero 07, 2011

APUNTES SOBRE "LA PIEL DE ZAPA" DE BALZAC



Décimo segundo día del año 2011. Acabo de releer "LA PIEL DE ZAPA", considerada la primera gran novela de Honoré de Balzac (Francia, 1799-1850), cuyo asunto son los infortunios del veinteañero Rafael de Valentin, acosado por el QUERER y el PODER, "esos dos actos instintivamente realizados por el hombre y que siegan las fuentes de su vida".

Pienso en la mujer que quiero (que en el ahora es la medida de mi tiempo)y en el enorme Balzac ("la frialdad, la penetración, la estupidez, el delirio de grandeza, la pesadilla, el sueño de una noche de indigestión", a juicio de Pío Baroja) que escribía 15 horas diarias incendiado en cafeína para pagar sus deudas. Pienso en el trágico sino de este monarquista que pretendió urdir una serie de 137 novelas interconectadas (concluyó unas 90) llamada "La comedia humana", donde en clave realista daría pinceladas de todas las costumbres, realidades e históricos sucesos de la Francia de entre 1815 y 1830; este monarquista frustrado que al decir del marxista Engels, "pese a deplorar la descomposición irremediable de la alta sociedad, nunca es más amargo y más hiriente que cuando hace actuar a los aristócratas, esos hombres y mujeres a los que tanto se anhelaba parecer".

Una piel de zapa

Rafael, hijo de un aristócrata cruelmente empobrecido por las vicisitudes de la historia y ha poco tiempo fallecido, es un estudiante de derecho con pulsiones literarias. Soñador y doliente, ha hecho del arribismo un poema altisonante. Acaba de rechazar a una mujer angelical y pobre (Paulina) por una inalcanzable condesa que a su vez lo ha despreciado (Fedora), y gastado sus últimas monedas en el tapete verde. Las pierde y, poco antes de ahogarse en el Sena, le ocurre un evento sobrenatural: halla, en la prodigiosa tienda de antigüedades de un anciano ("que podría hacer las delicias de un pintor que modelara al Padre eterno o al burlesco Mefistófeles"), una piel de zapa (lijada). Dicho amuleto, dicha piel de asno salvaje del oriente medio, colmaría todos sus deseos y pasiones, pero le quitaría la vida a pasos de gigante si estos se descomedían, a la par que amenguaría ella misma. El anciano le regala la funesta piel de zapa y se da curso -es un decir- al segundo giro cienematográfico.

La tiranía del deseo frustrado

"Todo lo he tenido por haber sabido desdeñarlo todo y conformarme con verlo. ¿Y ver no es acaso saber? ¿No es descubrir la sustancia misma del fenómeno y apoderarse de su esencia?". Así le advierte el anticuario al codicioso Rafael, quien tras salir de la tienda encuentra a unos amigos que lo invitan al banquete ofrendado por un banquero (el Taillefer de "La posada roja") que recluta plumas para su periódico. Y es ahí, tras una suculenta noche de política borracha, devaneos monetarios y mujeres públicas, que Rafael le cuenta a Emilio, su amigo que escribe reseñas de arte, las razones de su intento de suicidio: su atormentada juventud de noble empobrecido y amante despechado.

Una mujer sin corazón

Entre las cualidades de la prosa balzaciana están la minuciosa descripción de ambientes (¿algo que el cine y sus derivaciones han hecho innecesario?), el escéptico respeto por la ciencia y ante todo una grande omnisapiensa de los gestos y las siquis de los hombres y mujeres de su orbe. En la segunda de las tres partes del libro, "Una mujer sin corazón", se nos muestra a Leonora, la fría condesa corrompida por el lujo ("esas criaturitas que se pasan la vida probándose cachemiras, no tienen espíritu alguno de sacrificio, y exigen y ven en el amor el placer de mandar y jamás de obedecer") y que descree del amor ("que lleva incluso al crimen a tantos hombres necios", nos dice), del matrimonio ("prefiero estar muerta que ser desdichada") y de los hijos ("son una incomodidad terrible", asegura), pues "toda su felicidad se cifraba en el bienestar en la vida, en los goces sociales, y el sentimiento no era otra cosa para ella que el desempeño de un papel". Pero el porfiado Rafael, que se endeuda y escribe biografías a pedido para apurar un ascenso que sólo está en su mente, debe beber hasta el fondo de las heces el cáliz del amor incomprendido, y cuando le pronostica a Leonora una vejez amarga, la condesa le contesta: "Siempre tendré dinero, y con el oro siempre podremos crearnos en nuestro derredor los sentimientos necesarios para nuestro bienestar". Ahí respira el feroz materialismo de Balzac, que sin caer en el cinismo de ese grande humorista que es Guy de Maupassant, es de un pesimismo casi sordo: "El mundo aborrece los dolores y los infortunios, les tiene el mismo horror que a los contagios y nunca titubea entre ellos y los vicios; el vicio es un lujo, pero por más majestuosa que sea una desgracia, la sociedad se da traza para empequeñecerla y ridiculizarla"...

La tiranía del deseo cumplido

Tras el relato que Rafael hace a su amigo y hacia el final de la juerga ("que con sus recias manos exprime todos los frutos de la vida, no dejando en torno suyo sino innobles desechos o mentiras en las que ya no es posible creer"), le pide a su piel de zapa doscientas mil libras de renta... y al poco rato se presenta ante sus ojos un notario con una herencia ya extraviada.

Y tras ese golpe de fortuna (concepto equívoco que homologa la suerte con el dinero), Rafael, que se convierte en el marqués De Valentin, se sume en la más desembozada de las crápulas (libertinajes, borracheras), en los placeres salvajes, en el lujo ciego y en el cumplimiento de favores y venganzas. A los tres meses, a sus escasos 26, está convertido en un millonario decrépito que tiene una vida regulada en base a órdenes que da a sus subalternos, pues cada deseo suyo -cada sensación, molestia o ilusión- amenaza su existencia. En este verdadero infierno del orgasmo de la vida en su esplendor y su derrota, decide examinar la abominable piel de zapa que se amengua cada día. Cuatro especialistas, un químico un naturista y dos mecánicos la ponderan e intentan estirar o destruir ("¿La ciencia? ¡Inútil! ¿Los ácidos? ¡Agua clara! ¿La potasa roja? ¡Deshonrada! ¿La pila volcánica y la descarga? ¡Dos juguetes! ¡Una prensa hidráulica partida como sopa de pan!... ¡Creo en el diablo"). El final de Rafael, cuyas visitas a los médicos son otras formas del absurdo de la ciencia que erige sus propias supersticiones, es predecible.

Hacia mediados del siglo pasado, Borges sustuvo que escribir una novela que tratara un solo tema era un "desvarío laborioso y empobrecedor". Dadas así las cosas, quizá sea inviable leer a Balzac en estos tiempos, con sus descripciones infinitas, sus alardes eduditos y filosóficos, y sus párrafos preñados de subordinaciones. En la era de la información los enciclopedistas han bajado del Olimpo. Pero no es menos cierto que la literatura es un bien en si misma, más allá de cualquier utilidad privada o pública. Y nunca es un vano ejercicio subir a la montaña y coger aquellas flores extraviadas.

martes, enero 04, 2011

PERSONAJES Y PERSONAS DE LA ARAUCANÍA



El último día del año 2010, el diario “El Austral” de Temuco publicó una lista con los “Personajes Bicentenarios” de la región de La Araucanía. La lista de 12 nombres,
que representan a 12 arbitrarias categorías (por ejemplo, se parangona a Empresarios, con Mujeres, Personajes, Instituciones, Bomberos…), fue escogida mediante la votación de los lectores. Pero los 15 nombres de cada categoría fueron seleccionados en el laboratorio de marketing de “El Austral”, que entre otros absurdos desestimó que el hito fundacional de Temuco –nuestra absorbente metrópoli regional– tiene 70 años menos que la independencia patria (o la fecha que conmemoramos como tal).

La iniciativa de elección popular tuvo rasgos positivos, como alentar, aunque sea de forma casual –en este auténtico far west que sigue siendo la región, donde abundan los malvados con reputación de héroes–, el recuerdo de personas claves y admirables, en sus respectivos ámbitos, para el desarrollo o buen nombre de La Araucanía o a lo menos de Temuco: Luis Picasso, Armando Dufey o el incomparable basquetbolista Rufino Bernedo, por nombrar solo a tres. Pero tampoco está libre de reparos. Dos ejemplos: desestimar en el pódium de la sección Deportistas –donde hay una gimnasta ya retirada que no llega a los 20– al angolino Alberto Larraguibel, quien como equitador logró un récord mundial de salto alto a caballo que lleva más de seis décadas sin ser batido; o nombrar al folclorista Tito Fernández (alguna vez amigo del sicario Álvaro Corbalán) como el artista más importante, en desmedro de Pablo Neruda, uno de los poetas más notables a lo largo y ancho de la lengua castellana. Pero el ejercicio de la democracia es así en los actuales tiempos, y parece estar determinado por los dispositivos publicitarios y la progresiva desmemoria ciudadana.
Por otra parte, toda elección implica un acto discriminatorio, relacionado con las modas o las ideologías, cuando no con los creados intereses. Y en cada ladrillo de gloria (o de fama, que es su hija bastarda) hay una operación de blanqueamiento, de orgulloso autobombo y, por qué no decirlo, de violencia. Hoy más que nunca, en la tiranía del google, la apariencia de lo real parece haber superado a la realidad misma: y aquello debiéramos considerarlo a la hora de medir, en el prójimo y también en nuestras ilustres personas, la gloria transitoria de este mundo.

martes, octubre 12, 2010

SOBRE EL LIBRO DE UN POETA TEMUQUENSE




Acabo de regresar a Los Ángeles (provincia del Bío-Bío) desde Santiago, donde asistí, entre otras instancias, al lanzamiento de "Arte Tábano", el tercer poemario de Ernesto González Barnert (1978). Circunstancias felices, relacionadas con la oportunidad, harán que resida en Santiago hasta fines del presente año para dar término a "EMPRENDEDORES", mi segunda novela de 18 relatos imbricados que excederá las 400 páginas.

Sobre el libro de Gonzalez escribí la siguiente columna en el semanario "Tiempo 21" de la Araucanía... (Noticia de última hora: Aún no sube el primer minero, pero estoy cierto que todos serán rescatados; y, como no veré un solo segundo de televisión -sería lato explicar el porqué y además es deducible- celebraré con fervor y beneplácito en el día de mañana... dando por sentado que el circo posterior será a todas luces intolerable y quizá desbarate a más de alguno de los protagonistas).

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El martes 5 de octubre asistí al lanzamiento de “Arte Tábano”, el tercer poemario del temuquense Ernesto González Barnert (1978), quien desde hace 12años reside en Santiago, al igual que César Cabello, Ángel Valdebenito y Jaime Huenún, entre otros eminentes poetas regionales que decidieron emigrar al centro: eminentes por la fuerza de sus versos, pero no por su prominencia ciudadana. Es bien sabido que la literatura es en la actualidad –por razones como la mutación del paradigma cognitivo desde lo escrito a lo audiovisual, la tiranía publicitaria que ilegitima todo lo que no satura o el predominio de cierta bastardía espiritual– un quehacer casi marginal, ligado a la academia y al hacinado mundo de los escritores, “condenados a leernos bajo el látigo y por una eternidad los unos a los otros”, como profetizara Enrique Lihn hace casi cinco décadas, y es por eso que parece estar en extinción.

Y sin embargo se mueve. La fuerza de la poesía es quizá subterránea pero no insignificante, y prevalece frente al ruido y los escombros del sueño consumista y sus obsolescencias. Renace de las cenizas, se redescubre y se reinventa y vuelve a por sus fueros, como un rey destronado que no por eso ha dejado de serlo. Y si bien todos los poetas contribuyen a la mantención de su fuego inextinguible, no todos logran una alquimia trascendente, lo que sin desmerecerlos los invisibiliza.

González, quien además ha realizado una veintena de entrevistas a escritores en la página de internet www.letras.s5.com, una auténtica aduana de la literatura nacional, ha hecho de su arte una metapoesía o reflexión sobre la poesía misma (“Mi única lealtad es con la poesía / Su impacto / No esperen de mí otra dirección / Mi timón está hundido en sus sombras”). Pero también sobre la realidad política (“Chile entero la cloaca, el hedor de la cloaca, la cólera de la cloaca / En cada cinta tricolor que las tijeras de las autoridades cortan. / En cada botella de champaña que nuestros mercaderes estrellan / entre risas, contra la nave Prats”), cultural (“Golpeamos demasiado fuerte la mesa / y ahora pagamos las consecuencias / tratando de deglutir el pan nuestro de cada día, / tras la batucada, los mimos, / media docena de tipos agitando banderas en zancos / y el discurso de siempre / por el tony de turno”) e inclusive religiosa (“Falla si los clavos que cruzan sus rodillas no son también los clavos / que atraviesan a todos los arrodillados que no son escuchados / esta noche. / No pueden esperar más”).

“Arte tábano”, cuyo título alude a ese fastidioso insecto zumbante que nos saca del relajo (¿del letargo?), es uno de esos libros que al hacer apología de la derrota (en este caso de la escritura) dejan por lo mismo de encarnarla… y en los que paradójicamente se siente el olor a pólvora.

miércoles, septiembre 22, 2010

POESÍA MAPUCHE EN EL BICENTENARIO


Publicado en el semanario "Tiempo 21"

Estoy lejos de adscribirme a lugares comunes e idealizar, desde una cómoda distancia de progresista bebiendo un gin-tonic, a un grupo de individuos que apenas conozco. No es mi caso. Salvo intervalos, he vivido 30 años en La Araucanía y me he relacionado, a veces atrozmente, con varios mapuche, conozco parte de su mitología milagrosa y he compulsado las historias de Bengoa y Marimán.

Al momento de escribir este artículo, 33 de ellos sostienen en varias cárceles una huelga de hambre que supera los 70 días: un legítimo acto de protesta por parte de ciudadanos, acusados de actos terroristas y que se sienten maltratados, sobre todo considerando los abusos de una ley que, entre otras injusticias, los priva de libertad mientras se les investiga, avala testigos sin rostro para incriminarlos, y permite salvajes allanamientos y torturas bajo cuerda.

Y es en medio de este hecho que doy unas pinceladas sobre poesía: la poesía escrita por autores de este origen y con tópicos de esta cultura… quizá el hecho literario más relevante de las dos últimas décadas en Chile.

Como sabemos, la lengua mapuche o “idioma de la tierra” es esencialmente oral, y es en su entrecruce con la lengua castellana que el mapudungun adquirió su cualidad escrita. Por ello no hay consenso a la hora de proponer un alfabeto, y en la actualidad son tres los que se disputan el derecho de poner en molde los inmemoriales sonidos de esa etnia: el Alfabeto Mapuche Unificado, el del lingüista Alfonso Raguileo y el Alfabeto Azümchefe (propuesto en 1989 por la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena). Pero más allá de resistencias, adocenamientos o prejuicios, podemos decir que la repercusión e interés por esta poesía se ha consolidado gradualmente en el ámbito literario, a través de entrevistas, publicaciones, investigaciones y encuentros en los que estos autores son considerados con frecuencia.

Quizá el primer gesto que marcó esta tendencia fue la publicación, en 1966, del cuadernillo Poetas mapuches en castellano del profesor normalista Sebastián Queupul, caracterizado por la nostalgia y el sentimiento de desarraigo. Pero quienes en realidad alzaron dicha poesía a su sitial más alto fueron nombres como Leonel Lienlaf (“Se ha despertado el ave de mi corazón. / Extendió sus alas y se llevó mis sueños / para abrazar la tierra”), Elicura Chihuailaf (“Piedra Transparente será éste, por mí, dijiste / Oh! Genechén, envíame tu aliento / tu resollar de aire poderoso”) y Jaime Luis Huenún (“La muerte es lo que escribe / el agua sobre el agua, me dije contemplando el rocío de la tierra / Lloré, entonces, lloré, sólo por el delirio de respirar tu aire”.), quienes publicaron sus primeras obras en la última década del siglo anterior y dejaron establecida una suerte de ruta, que han seguido muchos otros, con mayor o menor felicidad.

A mi mido de ver, el posicionamiento de la poesía mapuche –con su culto a la ancestralidad, sus afanes de justicia histórica y su ferviente anhelo de esclarecer la realidad del habitante originario en la modernidad– tiene bastante de reivindicación simbólica: de saldar, con este gesto exiguo pero no insignificante, una parte de la deuda por las cuantiosas fechorías (como el robo legalizado) que el Estado de Chile propulsó contra ellos en nombre del progreso, ante todo en la segunda parte del siglo XIX ("Esta guerra no nos costará sino mucho mosto y mucha música", reza una carta del una carta del Intendente Cornelio Saavedra al Presidente José Joaquín Pérez). Pero es indudable que la grandeza de sus versos situa a muchos de estos autores en lo más alto de nuestra mejor tradición poética, sin apellidos. Y este “sin apellidos” debe hacernos pensar en que no hay unidad posible, ni festejos felices, sin el rescate y el respeto de las diversas identidades que nos configuran… y más aún si estas son tan discernibles y valiosas como la mapuche.

jueves, septiembre 02, 2010

¿ISABEL ALLENDE, UN PREMIO MERECIDO?


(publicado en el semanario "Tiempo 21" de Temuco)

Este jueves dos de septiembre será recordado como el día en que por cuarta vez –entre 50 ocasiones– una mujer obtuvo el Premio Nacional de Literatura. Hablo de Isabel Allende Llona (1942), autora de 18 libros, ante todo novelas (algunas más que prescindibles), caracterizadas por la profusión del erotismo, el sentido del humor y la descripción vertiginosa de realidades históricas latinoamericanas en clave onírica, donde lo irreal o extraño no se disocian de lo cotidiano. La prosa, galopante, lúdica y “sospechosamente entretenida” (dijera algún intelectual) de esta sobrina del ex Presidente Allende que por años ejerció el periodismo, le ha permitido vender más de 50 millones de libros, convirtiéndola en el escritor chileno más conocido en el mundo después de Pablo Neruda, y permitiéndole llevar al circuito comercial del cine dos de sus mejores libros: “La casa de los espíritus” y “De amor y de sombra”.

Quizá en términos ESTRICTOS de calidad literaria, escritores como Germán Marín Sessa (1934) o Diamela Eltit (1949) tenían más méritos que la premiada Allende, pero en el actual contexto de neo-analfabetismo y de escasa difusión de los textos, estos autores son casi ignorados por la gente, que tampoco cuenta con las herramientas cognitivas para indagar en su prosa. Y en esto quiero ser muy claro: no se trata acá de premiar al más conocido o al que más libros vende, sino de reivindicar a la literatura –que parece estar tomada por las élites y sumida en una paradójica marginalidad, que entre otros males provoca hacinamiento– como un hecho social tangible, como una forma lo más generalizada posible de aprendizaje y construcción de mundos, incluso en estos tiempos donde el paradigma del conocimiento (y de la entretención) mutó desde lo escrito a lo audiovisual, cuestión que no debemos ver como un hecho ineluctable.

Isabel Allende, con su prosa llana y efectiva (algunos dirán que efectista) ha permitido que millones de personas incursionen en el universo literario. Y –como alguna vez sostuve– visitar literatura es importante para todos, pues nos hace más tolerantes, diversos, ilustrados, menos devotos del consumismo y menos atados a placeres sensualistas; nos sume en una dulce intimidad, pone un freno entre en pensamiento y la acción, refresca nuestras mentes y nos libra del abismo de las imposibilidades… cual si fuese una extensión de nuestra imaginación. Además, nadie en buena ley puede negar la calidad intrínseca de textos como “La casa de los espíritus” (su primer libro, publicado a los 40 años y que repasa en clave familiar algunas facetas esenciales del cambio social en Chile), “Eva Luna” o “Paula”, la sobrecogedora crónica de la muerte de su hija. La lectura de estos y otros textos, y los argumentos antes esbozados, justifican el presente galardón… que tampoco tiene una importancia tan dramática y fatal que justifique tanta indignación espuria.

En efecto, algunos sostienen que el Premio Nacional de Literatura es una de las tantas supersticiones literarias de Chile. Y si revisamos la historiografía sobre el tema y vemos que figuras insignes que hasta podrían configurar un canon alternativo (Enrique Lihn, Juan Emar, Roberto Bolaño, Miguel Serrano, Juan Luis Martínez, Jorge Teillier, María Luisa Bombal, Nicomedes Guzmán o Vicente Huidobro) no recibieron el mentado galardón y si lo recibieron otros que nada significan, debemos atender que éste tiene una importancia sujeta a avatares momentáneos (políticos, publicitarios, etc), y no modifica esencialmente el mapa de nuestro imaginario literario y cultural. Mapa que, a mi juicio, ya cuenta entre sus coordenadas con un autora como Isabel Allende, ante todo por su primer libro, "La casa de los espíritus", escrito lejos del aplauso y los agentes, en los espartanos y tantas veces fértiles rigores de la soledad.

viernes, abril 30, 2010

¿CÓMO DIFUNDIMOS LA LECTURA?


El 23 de abril se conmemoró el Día Internacional del Libro y el Derecho de Autor, instancia que desde la tiranía publicitaria reinante pretende difundir el amor por la lectura y un vaporoso respeto por los escritores. Más allá de lo improductivo de la efeméride, que en esta ciudad repletó un recinto con liceanos a quienes se infligió la conferencia –desaliñada hasta lo escandaloso– de un prohombre de la academia, me permito dar algunas sugerencias que sí pueden servir para difundir la lectura, ante todo de textos literarios.

1) Dejémonos de fantasías: la lectura en si misma no permite que una persona tenga mejores oportunidades en la vida. Hay ministros de Estado que visitaron su último texto (literario) a los 20, pues la mutación del paradigma cognitivo desde lo escrito a lo audiovisual ha hecho que, al menos para efectos del saber utilitario tan caro a estos tiempos, los libros estén casi a la altura del hacha de piedra.

2) Los libros no son esencialmente caros. Es cosa de indagar en las tiendas de libros usados, en las baratas de los markets, apelar al intercambio, a los dispositivos electrónicos (quienes afirman que es inhumano leer de esa forma padecen de irrealidad) o al vilipendiado pirateo (¿será casualidad que en un país como Francia esta práctica no exista?). El neo-analfabetismo se relaciona más con la saturación informativa que con la ausencia de libros; requerimos mejores formadores y –por ejemplo– una impronta agresiva (sugiero la táctica del caballo de Troya) contra las bastardías televisivas, no legajos de papeles muertos.

3) Hay que difundir el entusiasmo por la literatura apelando a la intervención y a la sorpresa. Poetas que reiteran fórmulas archimanidas o creen que el sentido del espectáculo es para los payasos, escritores incapaces de bajar de sus alturas ignorantes, funcionarios enjaulados en una negligencia muchas veces autoimpuesta, o agentes culturales que confunden la irreverencia (condición indispensable de cualquier innovación) con la falta de respeto, hacen tanto por la lectura como las trabas burocráticas por la iniciativa empresarial en Chile.

4) Como decía Montaigne, la lectura se relaciona demasiado con la felicidad. Poco sacamos con imponerla, y más allá de cualquier necesaria apelación a la disciplina o a la tolerancia a la hora de entrar en un texto, el concepto de lectura obligatoria es una contradicción.

5) Me permito contradecir el primer punto de esta columna. Las personas debieran leer más, sobre todo los líderes. Leer nos hace más tolerantes, diversos, ilustrados, menos consumistas y menos atados a placeres sensualistas. La lectura nos sume en una dulce intimidad, pone un freno entre en pensamiento y la acción, refresca nuestras mentes y nos libra del abismo de las imposibilidades, cual si fuese una extensión de nuestra imaginación. Y a propósito de escopeta: “es con la risa y no con la ira como mejor se mata”.

domingo, enero 17, 2010

ESCRIBIENDO DESDE CIUDAD SUR




Nací en Lota, llegué a los ocho años a Temuco y viví en Santiago el 98, 99, 2000 y 2005. Dicha residencia fue ventajosa y me abrió la perspectiva. Por ejemplo, de no haber vivido en Santiago no habría participado de un colectivo de arte que declamaba poesía en el metro (algo sinceramente revolucionario, pero ese es otro tema), ni habría hecho cine casi de la nada con mi amigo Robert Flowers. En el entrecruce de siglos viví frente al Arcis y fue una experiencia dolorosa, pero también extraordinaria. Conocí la flor y nata del artistoide santiaguino de izquierdas: individualista hasta la lepra, hiperventilado hasta la saturación, preñado de lugares comunes e informado -no sé si formado- de una oferta cultural, con o sin morlacos mediante, abundante hasta el agobio.

Un gesto que puede condensar ese agobio es el rostro impenetrable y taciturno de una muchacha bien parecida y de exquisito estilo -que durante años decoró mis pesadillas-, que ví una vez en el Goethe Institut mientras ambos, aunque por separado, disfrutábamos (el verbo es engañoso) de una obra de Brecht: era la soledad quintaesenciada, y el egoísmo sanguinario y autodestructivo, que es una glosa de los tiempos que vivimos.

Entre el gesto de aquella ilustre desconocida y la actitud bonachona y un tanto mongoloide del artista de provincia (me refiero a los pueblos pequeños), apelo a una suerte de equilibrio. Es cierto que si uno está en la literatura con cierta pretensión de seriedad (o de broma bien urdida), debe alimentarse de muchos estímulos (ante todo lecturas) y tener un bagaje cultural lo más amplio posible, pero de ahí al sufrimiento esnobista de la muchacha aquella, sin duda descentrada por exceso de arte mediatizado, prefiero dejar de bañarme y defecar en la calle para volver a la pureza original. Asimismo, la comodidad y pereza del artista provinciano, de Villarrica, Collipulli o Nacimiento, digamos, que anhela viajar a Saturno en citroneta, me parece una de las formas de la oligofrenia, o al menos de la incuria disfrazada de contemplación (Proverbios 13:4).

Recuerdo que hace un tiempo, en medio de una polémica que no reseñaré, un reputado poeta homosexual, de espíritu fatuamente rebelde y más bien cortesano, me motejó de “huaso”. Con dicho calificativo mal usado (el huaso habita entre las regiones quinta y octava), el ilustre sodomita apelaba a mi condición de temuquense, quizá ignorando que mi experiencia santiaguina fue considerable, y que mi batería de lecturas y viajes polidimensionales me han permitido desplazar a través de siglos y latitudes que mis pies todavía no han pisado. Y no se trata de negar la importancia del viaje o los desplazamientos: se trata de ponderarlos en estos tiempos de internet y de información (música, imágenes y escritos) hasta en la sopa.

¿Y los contactos y la escena y el lenocinio omnipresentes en Santiago? Bueno, vivamos ahí entonces (y en Nueva York y en Bruselas y en Barcelona también), pero no para siempre, y menos aún creyendo que con ese mero gesto rozaremos la excelencia. Propongo más bien un ida y vuelta, quizá perpetuado y aún a costa de nuestra felicidad; y también propongo vivir en Chol-Chol, Roble Huacho y Yerbas Buenas, para sentir el pavor de los determinismos, o para levantar un almacén y casarnos con una mujer de ancas gloriosas y risa generosa.

Por último, debo aclarar que Temuco, bien o mal, se está asantiaguinando a pasos de gigante. Su crecimiento desmesurado, afán centralizador y creciente oferta cultural y educacional (hay seis universidades) hacen un tanto innecesario mecerse los pelos por Santiago y su triste y quizá automutilante hacinamiento literario. ¿Y quieren un último dato? Alguien me dijo que acá en Ciudad Sur se está urdiendo el mejor libro de narrativa chilena, escrito en territorio nacional, de las últimas décadas. ¿Quieren apostar? ¿O prefieren seguir aburriéndose con los mismos números de un circo que se cae a pedazos?

domingo, enero 03, 2010

Última sesión de UNA VENTANA A LA LIBERTAD

El viernes 18 de diciembre fue la última sesión de UNA VENTANA A LA LIBERTAD, el taller de narrativa destinado a diez reclusos de la cárcel de Temuco. Una experiencia inédita en Chile, salvo honrosas excepciones, y sin duda replicable, pero nada simple. Porque el espectáculo de la realidad parece moverse en otra cuerda. Ocurre que el intelectual, ya sea político, académico, artista (desesperado o satisfecho) o burócrata del pensamiento, parece estar sobrepasado por la superestructura que lo cobija, sea privada, pública, religiosa o fáctica, y no se va a arriesgar a mucho. Y si a eso agregamos que en Chile reina la cultura del oficio hasta para ir al baño, del paper tedioso, de la carta incontestada y, lo que es peor, de un cierto asnal (¿o sospechoso?) acatamiento hacia la “autoridad competente”, el resultado es el desánimo, una merma en la creatividad y un retroceso del espíritu, que no suele avanzar entre los adocenados.

Lo he dicho muchas veces. La creatividad no tiene que ver con rendirle pleitesía a los buenos modales, ni con la obediencia debida a personas o instituciones que apenas saben lo que hacen (¡mientras las cifras les calcen!); eso es una apología del burocratismo, casi siempre miope. La creatividad va más allá de la repetición de formulismos, de la profusión de ruidos o papeles, del anhelo de ser parte de un algo o de sumarse a quienes ven a la cultura como un deber. La creatividad o facultad de crear es dolorosa como un parto, extraordinaria como un viaje interplanetario o simplemente lo es a cuentagotas. Ya lo dijo el dramaturgo irlandés George Bernard Shaw (1856-1950): “El hombre sensato pretende adaptarse al mundo, mientras que el hombre insensato pretende que el mundo se adapte a él: todo progreso depende de este último”.

La cultura es mucho más que una repartición o un dato. Es aquello que, entre tantos otros méritos, nos hace sentir ricos sin dinero, poner un freno entre el pensamiento y la acción, y saltar sobre la tiranía del deseo (tan caro a estos tiempos). Es una forma de sentirse parte de la comunidad aún en el destierro, y de sentir que podemos estar vivos aún despreciando la vida.

Días después del nacimiento de Cristo (y no de Milton Friedman), aprovecho de saludar a mis ex talleristas, instándolos de paso a resistir, no sólo sus personales infortunios, sino las varias arbitrariedades que contra ellos se cometen. A juicio de quien esto escribe, cualquier noción de progreso (y no de mero desarrollo) indica que, en un futuro ojalá no tan lejano, las cárceles tradicionales serán vistas como ahora vemos a la esclavitud, a la tortura o al homicidio legalizado.

domingo, septiembre 13, 2009

SEPTIEMBRE: EL MES DE PABLO DE ROKHA


(Publicado en el periódico "Tiempo 21")

Hay que repetirlo: la poesía chilena no se reduce al hijo del ferroviario (disminuido a un museo “lleno de cosas lindas”), a la mujer inscrita en los billetes (idea del gobierno militar) o al nonogenario antipoeta. Hay muchos próceres, desgraciadamente conocidos casi en las puras academias y cofradías de escritores (tema para después). De entre todos, me quedo con Pablo de Rokha (1894-1968), fallecido un 10 de septiembre, de un balazo autoinferido.

Nació en octubre de 1894 en Licantén (séptima región), con el nombre de Carlos Ignacio Díaz Loyola. Hijo de un administrador de fundo, estudió en un liceo talquino, luego en un seminario donde sus condiscípulos lo apodaron “el amigo piedra” (de ahí su seudónimo) y del que fue expulsado por ateo, para luego visitar Ingeniería y Derecho en la Universidad de Chile. A sus 20 vuelve a Talca y, tras recibir un libro de poemas dedicado por una bella mujer, decide casarse con ella. Es Luisa Anabalón Sanderson, su inmortal Winétt, con quien luego de huír inicia el romance más prolongado e intenso de la literatura chilena (“Estás sobre mi vida de piedra y hierro ardiente, / como la eternidad encima de los muertos / recuerdo que viniste y has existido siempre, / mujer, mi mujer mía, conjunto de mujeres /…toda la especie humana se lamenta en tus huesos”). De ella admira su belleza femenil e inteligente, su dulzura y condición de madre (“ ‘Nenito, peladito, chucurrutito’ / así le dice a la guagua de meses / y él le contesta: ‘á...gu...u...u’ / y los dos se conocen ha setenta mil años, por lo menos”).

La vida de De Rokha es la de un toro desbocado. Escribió 33 libros de poesía, tres de ensayo y muchas reseñas y artículos; tuvo su propia revista, “Multitud”, y fue comunista hasta los huesos, incluso tras ser expulsado del Partido por un lío absurdo. La terrible y mutua enemistad que sostuvo con Neruda (casi al final el crítico Sánchez Latorre intentó abuenarlos, pero el Nóbel se opuso) y sus polémicas con Vicente Huidobro y con críticos necios (Alone calificó “Los gemidos” de literatura patológica), dan para un largometraje. Vive pobremente, vendiendo cuadros, herramientas agrícolas y autoeditando sus propios libros, para lo cual recorre medio Chile. De ese periplo nace su “Epopeya de las comidas y las bebidas de Chile”, una experiencia culinaria y antropológica sorprendente, cuyos versos, en este mes de la Patria, debieran repartirse en fondas, ramadas y calles, micros y trenes, escuelas, regimientos, lenocinios, iglesias, hospitales… y en la cárcel (“Si fuera posible, sirvámonos la empanada bien caliente, bien caldúa, bien picante, debajo del parrón, sentados en enormes piedras, recordando y añorando lo copretérito y denigrando a los parientes, cacho a cacho de cabernet talquino; y la sopaipilla lloviendo, con poncho, completamente mojados, entre naranjas y violetas, acompañados del cura párroco y borrachos”).

En 1944 el Presidente Ríos lo nombra embajador cultural y conoce 21 países junto a su mujer. Es la gloria, pero al llegar a Chile, en 1949, Winétt enferma de cáncer y muere tiempo después. El 61 publica “Canto del macho anciano”, su obra más desgarradora (“comprendo y admiro a los líderes, pero soy el coordinador de la angustia del universo, el suicida que apostó su destino a la baraja de la expresionalidad y lo ganó, perdiendo el derecho a perderlo”). En 1965 recibe el Premio Nacional, pero en 1968 –mismo año en que se suicidan su hijo Carlos (poeta notable) y su amigo Edwards Bello–, este huaso surrealista que intentó conciliar su vida con las ideas de redención social, decide abandonar la tercera dimensión. En este 18, propongo un frenético brindis en su clara memoria.

PASAR AGOSTO: REQUIEM PARA MAURICIO


Mi amigo y vecino de infancia Mauricio Ulloa no pudo pasar agosto. Murió a sus 37 primaveras, pocos días antes de que, según el saber popular, los ancianos pueden sentirse más seguros de vivir una año más. Ahora me observa desde un lugar incierto y no me resigno a que la lepra negra del error calumnie su clara memoria... “pasó a mejor vida el pobre loco”, podrían decir los necios. Mas quienes sepan oírme, entenderán que la valía de un hombre no está dada por factores externos, como fama, dinero y poder; y esto, que parece una frase pueril, será rubricado en el porvenir.

Lo conocí el verano del 80, cuando arribé a Temuco desde tierras lotinas, y fue mi primer amigo o compañero de correrías en la entonces incipiente Villa los Aromos. Su imaginación desaforada, que lo hacía incurrir en chifladuras estupendas no del todo liberadas de crueldad, ocultaba en el fondo un corazón bondadoso e infantil. Era, no tengo que ocultarlo, una versión masculina de La Cenicienta. Recuerdo no tener más de diez años y verlo atareado en una batea con ropa, o impedido de salir a jugar por tener que encerar la casa. Hermano menor de una familia protestante de padre marinero, era en realidad el vástago no reconocido de una de las hijas de la matriarca: sus hermanos eran en realidad sus tíos, y esa anomalía (los prejuicios familiares han dado paso a otros horrores en Chile) hizo que a veces lo trataran de manera diferente.

En 1991 me mudé y dejé de verlo, pero hace unos siete años me reencontré con él. Su familia lo había exiliado por un escándalo con una sobrina (bastante crecidita), del que –¡cómo no!– lo culparon sólo a él (Lucas 6: 41-42). Se había separado hace un tiempo y tuvo que vivir de caridades ajenas, sobrellevando oficios duros pues, si alguna vez le ofrecieron estudiar una carrera, su negligencia feliz y libertaria y algo irresponsable lo hizo desecharlo. Aquel fue su tiempo más oscuro y, como suele ocurrir, el de mayor sensibilidad para con el arte: Creo que Mauricio conocía el terrible secreto de la belleza y los peligros que entraña cruzar al otro lado; era un místico sin brújula y un artista en un erial; un sujeto lúdico e inmensamente creativo, preñado de un lenguaje sin lecturas que hacía trizas las nociones agotadas del sentido del humor.

El año pasado lo reencontré tras varios años y compartí con algunos de los suyos. Trabajaba en una sandwichería para el marido de la única hermana que siempre le fue incondicional, y vivía con una joven mujer que lo adoraba, con quien tenía un hijo de tres años del que hablaba con devoción infantil. Había corregido el pasado y se veía tranquilo. Pero la madrugada del sábado 22 los dioses tejieron de otra forma su destino: fue atropellado por una mujer que se dio a la fuga. Ahora, lejos de la tercera dimensión, deambula por parajes de los que poco sabemos y continúa investigando. ¡Ya nos veremos de nuevo, Loco Ulloa!, jugaremos Ataque, con soldaditos de plástico, y leeremos a Quiroga en libaciones solitarias… donde la luz será más que una simple bujía.

viernes, enero 09, 2009

APUNTES SOBRE JOB

Dedicado a Elsa Lacalle y Carmen Gutiérrez, católicas; Jaime Salazar, ex seminarista; Margot Cárdenas, protestante; y a Rolando Mancilla, tipo muy docto y adscrito a una iglesia que solemos prejuzgar.

Quizá la razón de esta nota no haya sido otra que el deseo de librarme de Job 3: 23 (“¿Por qué se da vida al hombre que no sabe por donde ha de ir?…”), un aserto que me ha perseguido durante años. Ocurre que, a diferencia de algunas lumbreras como Guido Arroyo o Diego Zúñiga, que ante la Biblia se muestran esquivos y tienen ante la literatura la actitud -sin duda respetable- del escritor naturalista que visita temas que poco y nada tienen que ver con sus más bien templadas existencias, yo, por las razones que fuere, he vivido situaciones que muy pocos de ellos podrían sobrellevar. Ellos, hijos dilectos de la generación que un crítico llamó “Hiperventilados” (n. entre 1979 y 1994), suman a su escalofriante individualismo autofagocitante (“prefiero extraerle el zumo a Carver a leer a sus copiones nacionales”… “me gustó el filme de Fuguet, pero ya no leeré su obra”), que palian con encuentros literarios ombliguistas y conversaciones desencarnadas, y suman a su grande talento publicitario una intuición feral para el éxito mundano, ignoran que el combate contra el NEOANALFABETISMO -que a casi todos importa poco y nada- más que una postura es un apostolado: un acto de amor hacia el paria iletrado, que ignora que la literatura también les pertenece.

LA EPOPEYA DE JOB
La historia de Job, escrita según algunos antes que la ley mosaica, es una epopeya israelita o edomita mencionada en otras partes de la Biblia (Ezequiel 14: 20; Santiago 5: 11). Vigésimo segundo de los 73 libros de la Escritura, es considerado junto al Eclesiastés, a los Proverbios de Salomón y al Eclesiástico atribuido al sabio Yéshua hijo de Sirá, uno de los libros sapienciales. Pero a diferencia de los otros no se constituye de aforismos, sentencias o meras alabanzas, sino que tiene una estructura -digámoslo así- dramatúrgica. Su argumento, repartido en 42 capítulos a veces reiterativos, es simple:

Job, un jeque oriental (no hebreo) “temeroso de Dios y apartado del mal” (1:1), de vida próspera y venturosa, sufre en corto tiempo una serie de infortunios: Pierde toda su hacienda (11 mil cabezas de ganado), a sus siete hijos y tres hijas en horribles accidentes, para finalmente caer presa de un úlcera maligna “que lo hirió desde la planta de los pies hasta la coronilla de la cabeza” (2: 7). El causante de aquellos desastres no es otro que Satán, quien entonces no es el espíritu maligno y demoníaco de nuestra tradición (el adversario), sino un agente divino destinado a aquilatar las debilidades humanas y el grado de virtud de los justos. Satán, que se presenta ante Dios junto a los otros ángeles, es consultado por éste sobre la integridad de Job. Es ahí cuando Satán le dice a Dios que la fe de Job responde a las bendiciones divinas (“¿No lo has protegido a él y a todo cuanto tiene, y has bendecido el trabajo de sus manos y sus ganados se expanden por el país?”… Job 1: 10), pero que cuanto estas acaben se convertirían en maldiciones.

Acá comienza la parte más tortuosa del libro. Dios -que en la teología clásica conoce el pasado, el presente y el porvenir- permite a Satán actuar. Éste primero quita a Job su patrimonio que incluye la vida de sus hijos, y luego lo hiere horriblemente pero sin matarlo. Tras la primera prueba, Job afirma: “desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él (a la tierra) / lo que Dios dio, Dios lo quitó / bendito sea el nombre de Dios” (1: 21). Pero tras la segunda, que incluye el extremo dolor físico y la enfermedad, su mujer lo conmina a maldecir a Dios y morirse, pero Job le contesta que si se aceptaba de Dios lo bueno también se debía aceptar de Él lo malo: luego se rapa la cabeza y se sienta semidesnudo en el polvo a esperar la muerte.

ELIFAZ, BILDAD Y SOFAR
Tras enterarse de las desgracias acaecidas a Job, tres amigos acuden a consolarle, y al verle y no reconocerle “se ponen a llorar a voz en grito, a la par que rasgan vestiduras y arrojan polvo sobre sus cabezas” (2: 13). Luego se sientan con él en tierra durante siete días y siete noches sin proferir palabra. El insigne teólogo C. C Scofield, asegura que los amigos de Job son figuras arquetípicas del religioso dogmático que basa sus creencias en cuestiones externas: Elifaz es el clásico religioso de experiencia mística, que extrae de ese hecho un sentimiento de poder; Bildad es aún más superficial y basa su dogmatismo en la sabiduría proverbial y en frases piadosas de sobra conocidas; en tanto, Zofar, aún peor, cree conocer todo respecto de Dios, sus razones y determinaciones, y es por lo mismo un simple irreverente que ciega cualquier discusión razonable. Por la naturaleza incauta y hasta cruel de los amigos de Job (que no excluye atisbos de bella y preclara elocuencia), que exponen tres veces y en un orden riguroso sus posiciones, la tensión dramática del libro está de suyo asegurada.

JOB MALDICE EL DÍA EN QUE NACIÓ
A mi juicio, el capítulo 3 donde Job maldice su día con envidiable verbo, es uno de los más intensos: “Perezca el día en que yo nací / y la noche en que se dijo: ‘¡varón es concebido!’ / Conviértase ese día en tinieblas, y no lo cuide Dios desde lo alto / No resplandezca sobre él un rayo de luz (3: 3-4)”, nos dice Job. Y casi seguidamente apela a los magos para que despierten al Leviatán, una bestia marina que según la tradición era capaz de devorarse al sol, lo que a la maldición de su día agrega un elemento nuevo… la maldición del orbe.

Y continúa: “¿Por qué no morí al salir del vientre de mi madre? / ¿Por qué hallé rodillas que me acogieron / y pechos que me amamantaron?” / Pues ahora descansaría tranquilo / y dormiría en reposo / como los pequeñitos que nunca vieron la luz”… (3: 11-13). Este abatimiento en un hombre tan creyente, se explica porque entonces no se creía en la Vida Eterna. Pero es al final de este capítulo donde Job aterriza en dos de los temas más terribles para cualquier varón: la confusión de sus planes y la imposibilidad de ganarse el pan. Cito: “¿Por qué se da vida al hombre que no sabe por donde ha de ir, / Y a quien Dios ha cerrado la salida / Porque antes que mi pan viene mi suspiro / Y mis aguas corren como gemidos. / Porque el temor que me espantaba me ha venido; / Y me ha acontecido lo que yo más temía / No he tenido paz, no me dejé estar ni estuve reposado / Sin embargo, me vino turbación” (3: 23-26).

TRES RÉPLICAS Y TRES DEFENSAS
Luego que Job maldice su día, más preocupados de la doctrina que de la misericordia, sus amigos empiezan a replicarle y hasta a acusarlo de maldad. Ello se explica porque, como los pragmatistas norteamericanos de la modernidad (no nos olvidemos del “In God we trust” inscrito en los billetes gringos), ellos creían que, así como los triunfadores eran SIEMPRE bendecidos del Señor, los desventurados lo eran SIEMPRE a causa de sus caídas o de su maldad. Pensaban que había una razón oculta -egoísmo, avaricia, vicios ocultos, etc- para las desventuras de su benigno amigo.

Y si a ello le agregamos que Job se atreve a contradecir no sólo a ellos (“Vuestras máximas son verdades de ceniza, / Y vuestras réplicas son respuestas de barro.”… 13: 12), sino también a Dios (“¿Por qué escondes tu rostro, / Y me tienes por enemigo?”… 13: 24 .... “¿Te parece bien que oprimas, / Que deseches la obra de tus manos, / Y que favorezcas los designios de los malvados”), al final de esta polémica en tres actos entre Job y sus amigos, no se resuelve nada. Pero aparece un cuarto personaje.

ELIHÚ, EL ASERTIVO ENSOBERBIADO
Elihú, un hombre joven de la familia de Ram que se muestra contrario a la enseñanza de sus mayores (“no son los ancianos los sabios, ni los viejos quienes comprenden lo que es justo”. 32: 9) y da cuenta de un egocentrismo exacerbado, da no obstante a Job razones harto más atendibles para su tormento que las de sus tres amigos. En lugar de condenarlo, tiende más bien a argumentar contra su anhelo de pretender que la justicia puede mensurarla un simple hombre: “Él es Todopoderoso, al cual no alcanzamos, grande es su juicio y su poder; / Es mucha su justicia y a nadie oprimirá. / Lo temerán por tanto los hombres; / Él no estima a ninguno que cree en su propio corazón ser sabio” (37: 23-24)

EL EPÍLOGO… Y ALGO MÁS
Luego del discurso de Elihú, Dios se aparece a Job desde un torbellino y le da un sinnúmero de razones por las cuáles es imposible que un hombre pretenda ponerse a su altura. La belleza poética de las reflexiones de Dios, casi todas relacionadas con los prodigios de la naturaleza, son innumerables y no caben en un artículo tan breve. Bastaría nombrar la principal que, aunque bastante pedestre, tiene un peso incontrarrestable: “¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? / Házmelo saber, si tienes inteligencia.”.

Finalmente, luego de la sumisión total de Job a los designios de Dios, éste -y tras perdonar a sus tres tan errados amigos por no conocerle bien, mediante el sacrificio de algunos animales,- le hace nacer, con la misma mujer de antes, siete hijos y tres hijas nuevas (“Y no había en toda la tierra mujeres tan hermosas como las hijas de Job / A las que dio su padre herencia entre sus hermanos ” 42: 15). Y lo hace vivir colmado de días hasta los 140 años, y ver a sus hijos y a los hijos de sus hijos hasta la cuarta generación.

Mucha gente, de fe más profunda que la mía, aseguran que la enseñanza de Job es la importancia de la paciencia, de la fe indestructible ante el Altísimo o -menos perspicazmente- de la resignación ante las pruebas de Dios, que multiplica nuestros dones si aceptamos sus designios muchas veces amargos (¿tendrá sentido afirmar que el sufrimiento de Job valió la pena porque Dios multiplicó por dos sus ganados y sus años?). Pero yo, que pondero la importancia de la historia y de la tradición, no puedo dejar de pensar que el mérito de Dios al permitir a Job sus infortunios, fue convertir a un millonario superfluo cuya principal virtud era hacer buenos asados, en uno de los grandes poetas de occidente.

Una última cosa al pasar. Ahora me queda más claro que nunca que -a diferencia de lo afirmado por un acaudalado y falsamente generoso profesor en una cena con mi amigo Claudio Maldonado y su pareja- LA ASTROLOGÍA SI ES COMPATIBLE CON LA RELIGIÓN. Palabras de Dios a Job al plantearle su superioridad: “¿Podrás tú atar los lazos de las Pléyades / o desatarás las ligaduras de Orión? / ¿Sacarás tú a su tiempo las constelaciones de los cielos? / O guiarás a la Osa Mayor con sus hijos…?” (38: 31-33). Los comentarios sobran.

sábado, septiembre 20, 2008

Editor Marcelo Montecinos: "EL LIBRO SERÁ NUESTRO HUESO SAGRADO"


Marcelo Montecinos Martínez (Santiago, 1967), creador del sello independiente "La Calabaza del Diablo", es uno de los editores más respetados del medio nacional. No cree en la industria del libro como proyecto lucrativo ("con estudios de mercado y encuestas") o multinacional, y prefiere la literatura que problematiza y asume los temas conflictivos a aquella cuyos temas son más bien artificiales y faranduleros. Dirige la imprenta familiar "Caligrafía Azul" y tiene estudios inconclusos de Filosofía (1987-1992) en Valparaíso y de Literatura (1994-1998) en Santiago. Se las ha arreglado para publicar, desde el 97 hasta la fecha, cerca de 40 títulos, y sacar durante un tiempo una recordaba revista de literatura y arte. Nombres reconocidos en el medio, como los poetas Andrés Andwanter y José Ángel Cuevas, o los narradores Marcelo Mellado y Gonzalo León, así como muchos otros autores emergentes (Pablo Paredes, Gladys González, etc), han escogido, para posicionar su obra, la impronta y solidez conceptual de esta editorial. Luego de su trote matinal, y pocos días antes del desenfreno patrio, conversamos en su calabaza de calle Santa Helena, lugar donde Montecinos vive y trabaja.

¿Cómo empezó tu afición por la literatura?
Yo fui criado en un ambiente donde la biblioteca era la riqueza esencial de la familia que estaban formando mis padres en los 60's. El libro era el material de trabajo y de comprensión del mundo de mis padres, y yo y mis dos hermanos no fuimos ajenos a esa realidad. Mucha lectura. En la adolescencia viene la afición propiamente literaria, con los cursos humanistas en la media y los estudios de Filosofía y Literatura (en ambas carreras llegué hasta cuarto año), que desembocaron en la decisión final de hacerme cargo de la imprenta familiar.

Háblame de tus lecturas iniciáticas y recurrentes
Entre los 13 y los 17 me golpearon libros y autores como Isaac Deutscher, autor de la biografía de Trotsky "Un profeta desarmado". Un poco después, "El Túnel" de Sábato, algunos libros de Flaubert, Manuel Rojas y Baldomero Lillo. "Eloy", de Carlos Droguett, me pareció en su momento una escritura muy moderna. En poesía, que es lo que escribo desde los 15 años, me interesan mucho César Vallejo, García Lorca. En general siento mucho respeto por hombres como Pablo de Rokha, Neruda, Enrique Lihn. Entre los extranjeros, me interesan nombres como W. Faulkner, James Joyce. Bueno, nombrar más sería una exageración.

¿Cuando y en qué circunstancias empezaste con el proyecto editorial de Calabaza…? ¿Fue una cuestión espontánea o una idea largo tiempo madurada?
En los 80's mis padres pusieron todos sus esfuerzos en el tema del taller-imprenta, como única forma de supervivencia. De ahí la conexión o idea de formar una editorial era algo obvio en mi, que se postergó por lo de mis años universitarios, en los cuáles por múltiples razones -porque el estudio se me daba fácil, porque me fastidiaban los profesores o porque estaba más pendiente de luchar contra la dictadura- no me saqué más partido; a veces pienso que perdí un tiempo valioso que pude haber ocupado en viajar. En 1997 yo estaba en los últimos años de Literatura, y entendí que no podía evadir lo de la imprenta porque no estaba dispuesto a ser profesor. Pero no me bastaba con imprimir libros y revistas, boletas y volantes a perfectos desconocidos. Decidí por ello formar una editorial. Imaginaba que sería como tener una banda de rock, algo propio, un sello que con el tiempo me haría confluir a distintas personalidades. Lo primero que edité fueron tres poetas de Valparaíso.

Entiendo que tu formación política, ¿alguna vez militante?, viene de la izquierda clásica. ¿Cuáles de aquellas directrices influyeron en tu cosmovisión social de la literatura o literaria de la sociedad?
En verdad soy hijo de militantes. Mi padre, una persona muy activa en el periodismo y en la política, fue ferozmente expulsado del Partido Comunista en el 68, porque estando de turno en "El Siglo" tituló "Tanques rusos en Praga", cuando los rusos aplastaron la sublevación checoslovaca que planteaba un socialismo de rostro más humano, episodio que provocó el repudio casi ecuménico de los intelectuales europeos. Después, como independiente, trabajó para la Unidad Popular y sólo el 77 dejó la política activa. Por mi parte, a pesar de ser un activo militante antidictadura, nunca pertenecí a un partido clásico. Siempre me uní a grupos -digámoslo así- más disfucionales, lo que no implicó falta de compromiso. El pensamiento y la praxis de izquierda, me hacen entender a la literatura como un instrumento reflexivo acerca de la sociedad amalditada que se vive en el Chile de hoy: un país violento, individualista, donde la gente está esclavizada por la tarjeta de crédito y la religión del dinero, ya por desesperación o arribismo. Creo que la enseñanza esencial del izquierdismo, que aún conservo, nos permite entender que la única posibilidad para un pensamiento político de izquierdas, progresista y moderno, permanece en el arte. Desde el arte se puede influir más decisivamente que pretendiendo instalarse en el poder de los ignorantes de derecha.

¿Qué temas te interesan para la editorial y qué proyectas para ella?
Yo publico poesía y narrativa, pero rechazo aquellos textos que desde mi óptica no estén terminados. No me puede interesar el libro o el autor editado en serie, donde el conflicto es sólo aparente, porque la sociedad en que vivimos está sumida en una crisis muy grave y ese sólo hecho no permite perder el tiempo. Prefiero la literatura que pregunte por el error y que no tenga problemas en mostrar sus propias dudas y falencias. Sobre las proyecciones, desearía tener más claridad de los títulos que van a salir durante el año y una mejor distribución, no tanto en librerías o en el mall, como anhelaba antes, porque ya sé lo que el mercado chileno da respecto de mí, pero me he dado cuenta que viene mucha gente a comprarme libros a la imprenta, y lo que quiero desarrollar es una librería virtual que pueda vender a todas partes. Los libros en las estanterías salen publicados y mueren, hay pocas librerías buenas donde el dueño sepa lo que vende, lo demás son negocios de libros, buenos tal vez, pero que no trascienden; el escritor vende poco, más bien en su red.

¿Crees que el libro como formato papel esté destinado a desaparecer?
Yo creo que el libro no va a desaparecer jamás, pero tampoco va a volver a florecer, incluso por una razón ecológica: el libro está destinado a subir de precio, a convertirse en objeto de culto. Los que lean libros (sobre todo los recién editados) serán personas diferentes al común (aunque siempre ha sido más o menos así, primero por una cuestión de alfabetización no masiva y después por la influencia de la televisión, que provocó el cambio de un paradigma audioescrito a uno audiovisual), y ya no necesitarás al libro para saber más, ni siquiera para adquirir eso que los tecnócratas podrían llamar "destreza operacional", sino más bien para volver a los lugares sagrados, a esa intimidad de gato ronroneando únicamente para ti. La gente o más bien los lectores van a leer mucho en internet y a través de los juguetitos tecnológicos de la informática, pero van a comprar libros y los van a tener en su casa como su hueso sagrado. Por último, para que desaparezca el libro tendrían que desaparecer los escritores, y el escritor no desaparece.

Hay a lo menos tres autores matrimoniados con Calabaza que están fijando ciertas pautas en la escena literaria nacional. Me refiero a quien seguramente será el próximo premio Pablo Neruda (para poetas menores de 40), a uno de los periodistas mejor informados del medio y a un poeta (o "ex poeta") que desde su activo desencanto social ha sonado ya dos veces como Premio Nacional de Literatura.
Creo que la coincidencia entre esos autores y el sello Calabaza demuestra que nunca estaremos tan solos. Demuestra que este tipo de prácticas pueden ser más difíciles, sin éxito aparente, pero totalmente reales. Al punto que hoy existe esa coincidencia con más autores de los que se perfilan en la pregunta.

¿Cuales son los próximos títulos de la editorial?
El libro de cuentos "Perdidos en el espacio", de Carlos Tromben y la novela "Jueves", de Luis Valenzuela. También daré cabida a una antología de poetas argentinos titulada "Post Menem", que es muy interesante.

miércoles, junio 04, 2008

EL FACEBOOK, JOSÉ BALMES Y OTRAS VIRTUALIDADES

Hace algunos días murió en un accidente de helicóptero el general director de Carabineros, Alejandro Bernales, quien viajaba junto a su esposa y a otros funcionarios con sus respectivas mujeres, todos fallecidos. Al asunto se le dio una cobertura desproporcionada (¡PARA EL PERIODISMO ESTO ES UN MANJAR!), que hizo olvidar las frías temperaturas y los problemas más tangibles de Chile en estos meses: el alarmante precio de los combustibles, y el paro de los camioneros y de un sector considerable de la educación. El asunto nos situó en esa pseudo homogeneidad política que recordó los mejores tiempos del consenso concertacionista (en el funeral sólo faltó el Partido Comunista, pero habría sido demasiado), y también rubricó esa tendencia a las lágrimas virtuales, a esa emocionalidad de cartón piedra a que la gente se está acostumbrando: Costumbre funesta, parecida a ese chiste del millonario que, sentado ante una mesa atestada de platos y bebidas y sintiéndose incómodo al ver a unos limosneros con sus caritas pegadas al mostrador, sólo atina a decirle al garzón: "¡por favor saque a esos niños de ahí!, ¿no ve que me parten el corazón?". Una emoción impostada y más falsa que moneda de seis pesos.

Y el FACEBOOK, la nueva burrada de internet (que amenaza con desplazar al blog y al e-mail, y ya dejó al fotolog a la altura del hacha de piedra), es una prueba flagrante de lo anterior. Pongo de ejemplo a una amiga antropóloga, muy inteligente pero groseramente individualista e incapaz de regalarle 20 pesos ni 5 minutos a nadie, que dice tener ¡327 AMIGOS! Se reconfigura y virtualiza aún más el concepto de amistad, nos contactamos con personas -con votos, clientes o datos, en realidad- que creíamos enterrados en la memoria, y con gente de la cual poco sabemos. (¿de quien se puede decir que en realidad sabemos lo suficiente?). La comunicación incomunicante, el delirio de tener el mundo en la palma de la mano y a la vez estar cada vez más solos, se patentiza aun más con este dispositivo alienante, en el que pocos creen (bueno, algunos, al usarlo, piensan en la palabra progreso), pero que muchos suscribimos para no sentirnos desplazados de la (i)rrealidad.

Y a propósito de escopeta, hoy, con el fin de preparar una charla sobre Bolaño en el Liceo Pablo Neruda, esperaba recuperar "Los detectives salvajes", que un amigo (cada vez más virtual) me tiene en su poder. Pero no llegó a la cita. Pretendía juntarme con él en la sala de exposiciones del campus Menchaca Lira de la Universidad Católica de Ciudad Sur. Los artistas plásticos José Balmes y Gracia Barros hablarían sobre sus últimos trabajos. Pero, en realidad, el evento fue una retahíla de lugares comunes, sobamientos de lomo, chocherías perrunas y anécdotas vertidas sin demasiada pasión. Más allá de unos cuantos comentarios técnicos de profesores de Artes Plásticas, precedidos de adulaciones surtidas, hubo sólo dos preguntas perspicaces, dirigidas a Balmes (Gracia Barrios carece del don de la palabra): La primera, hecha por un estudiante presumiblemente de izquierda, que aludía a la importancia de la claridad en la Obra, y de las posibles estrategias para hacer que ésta pueda ser captada por el pueblo, por el sujeto de a pie. Balmes, conocido militante comunista (lo cual, pese a su exilio, tiene algo de grosería virtual), le contestó una pelafustanada: "ESTOY CONVENCIDO QUE MI OBRA ES MUY FÁCIL DE COMPRENDER". Esa respuesta a una pregunta a mi modo de ver capital de estos tiempos, da cuenta de que estamos ante una momia que ya dio lo mejor de si y que ahora es incapaz de discurrir ideas nuevas: una suerte de oligofrénico con prestigio (¡CUANTO SE EXTRAÑA LA LUCIDEZ DE UN COMUNISTA COMO VOLODIA TEITELBOIM, A PESAR DE SUS LUGARES COMUNES!). La segunda pregunta la hice yo mismo, y aludía al tipo de poesía que lograba conmoverlos y que había influido en su configuración espiritual como artistas. El cadáver vertical (porque Gracia no habla si él no lo hace), groseramente distraido o embotado en su ego de "gloria de la plástica nacional", me respondió "¿ESTÁS DICIENDO QUE SOMOS POCO ESPIRITUALES?" Tras esa burda distracción de vieja fatua, me senté más adelante y le volví a preguntar, con paciencia de sicopedagogo, que cuál poesía lograba motivarlo e influir en su obra: Me constestó que la de Neruda y en particular el "Canto General", pero sin decir por qué, pues se lo comió el anecdotario y la búsqueda de una empatía de cartón piedra (¿que recordarán de este evento las elegantes señoras que hoy asistieron?).
Y como en este posteo hablaba (en términos muy vagos) de la virtualidad, no puedo sino recordar las palabras del director de la carrera de Arte de la UC, Renzo Vaccaro, quien al ver 20 personas reunidas en la sala, habló de "gran concurrencia", lo cual en ese contexto no deja de ser, pero que en términos generales parece un chiste agrio. Así, señores, la barbarie seguirá devorando nuestros bosques. ¡No a las momias! ¡No a los payasos o a los vegetales sin ideas, sentados en el excusado de su prestigio! ¡No al arte para pocos! ¡No a las ideas, ni a los juicios, ni a los amigos, ni a los artistas, ni a las posturas virtuales! ¿O acaso Balmes -que también tiene pinturas excelentes, como "Realidad 24", del año 65, que ilustra este posteo- cree que un trozo de madera untado en barro y cubierto de polietileno está modificando un ápice las condiciones objetivas de la realidad social? La irrealidad se los está comiendo vivos a estos seres, otrora bienaventurados. Y lo peor es que no sólo no saben... sino que no saben que no saben.

martes, mayo 06, 2008

Apuntes sobre "EN MIL PEDAZOS", de James Frey


Tras la lectura de “EN MIL PEDAZOS” del norteamericano James Frey (USA, 1969), no puedo sino pensar en Alberto Fuguet (Chile, 1964), quien asegura que este alucinante libro -que agradece de manera sospechosamente personal- replantea la manera de cómo se escribe, cómo se sobrevive y por qué se sobrevive (y escribe). O en la pluma oportunista de Álvaro Bisama (Chile, 1975) -que también comenta en la contratapa de la versión castellana de Aguilar, que conseguí a 2 mil pesos en un ofertón de supermercado con nombre de elefante- quien expele frases de publicista cinematográfico, que bien podrían acompañar la portada de “HOSTAL”, el filme de Tarantino sobre la tortura. O en Bret Easton Ellis, el autor de “AMERICAN PSYCHO”, quien apela a la generosidad y honestidad del libro, capaz de dejar al más escéptico con lágrimas en los ojos. Y efectivamente es así.

Novela autobiográfica que excede las 400 páginas, E.M.P. nos habla, sin moralina ni autocompasión, pero tampoco de manera payasesca (y aquí el cinismo divertido de Bukowski no cuenta), del tema de la adicción y sus complejas deformidades. James Frey, natural de un pueblo de Cleveland que detesta (tópico muy hollywoodense) e hijo de padres acaudalados y viajeros (paradigma de muchos drogadictos), tiene 23 años y llega a un prestigioso centro de adicciones, administrado por ex adictos, donde sólo el 14% de los internos se recupera para siempre (la taza más alta del mundo) y que está determinado por los 12 puntos de Alcohólicos Anónimos, a los que el espiritualismo personalista y ateo del protagonista (que incluye el I-Ching y una voluntad sobrehumana) se rebela.

El Centro, que incluye sicólogos, siquiatras, charlas, tests, naturaleza, tareas y comida en abundancia, le plantea a James un sinfín de desafíos: reconstruír el abismo inabordable de su ira (de la que no se libran sus padres sobreprotectores y presuntuosamente perfectos), reunirse con una chica a escondidas (cuestión prohibida en el Centro), enfrentar el chantaje de un par de gorrones, restituír su daño orgánico (entre otras ordalías debe cambiarse sin anestesia algunos dientes y aprender a comer sin vomitar) y, sobre todo, librarse del demonio de una poliadicción que incluye alcohol, pastillas, crack, pegamento, gasolina y otras búsquedas.

El desafío es titánico, y James lo intenta con la ayuda de sus amigos (un asesino a sueldo, un juez en rehabilitación, un ex campeón de box acabado, un obrero siderúrgico, un condenado a presidio perpetuo, entre otros), de la frágil Lilly (de quien se enamora), de la sicóloga Joanne (que se convierte en su protectora) y de sus padres (que asisten al Programa Familiar y reaccionan espantados). Cada página se entrelaza con fragmentos biográficos, tanto del protagonista como de los implicados en el desafío de recuperar la dignidad, el honor y la salud, perdidas en el humano acto de buscar paraísos artificiales, casi siempre traidores.

Vertiginosa y a ratos espeluznante anti-novela de autoayuda, EMP es de esas obras monotemáticas pero jamás reiterativas, archimanidas pero nunca agotadoras, que se leen sin interrupciones y que parecen auténticas cumbres epocales, pues suman a un estilo singular (la puntuación acelerada excluye todos los guiones en los diálogos y muchas de las comas), un montaje perfecto y una honestidad feroz que, a diferencia de las novelas de autoayuda, SÍ PUEDEN AYUDAR.
Resulta anecdótico que esta novela -que se publicó como memorias luego que las editoriales la rechazaran como novela- fuera calificada de impostura, por algunos periodistas que comprobaron la exageración e inexactitud de algunos hechos. Y resulta anecdótico porque, como libro de memorias, tiene la fuerza literaria de 20 novelas, y como novela de ficción tiene la veracidad y la honestidad de 20 libros de memorias. ¿Exaltación forzada del héroe James Frey? Tal vez, pero ese es parte del juego de la literatura, que perfectamente puede rectificar la vida.

miércoles, abril 23, 2008

DíA INTERNACIONAL DEL LIBRO EN CIUDAD SUR


“A quienes se pierden a si mismos todo les abandona”, dice un verso de uno de los mejores poemas de Rainer María Rilke , y aquella experiencia universal de desamparo, quizá consubstancial a todos los animales del bosque en algún momento de sus menguadas existencias, me viene asolando como desde el pasado, como desde el futuro, en las últimas semanas...

Hoy se conmemoró una vez más el DÍA INTERNACIONAL DEL LIBRO Y DEL DERECHO DE AUTOR, a cuya versión temuquense asistí en el ITINERARIUM MENTIS AD VERITATEM, en el jardín de Bello matinal con avellanos. Un toque de surrealismo (o de irrealidad), con Shakespeare, Garcilaso de la Vega (¿para qué lo nombran los burócratas de la cultura si ni siquiera conocen el nombre de UNO SOLO de sus libros?) y aquel célebre español que no debió su manquedad a una pendencia de taberna, “sino a la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros” (Quixote, prólogo a la segunda parte). Los 2 más ilustres conmemorados, el hispano y el inglés, “que con sus personas dan realce a este magno evento”, lo son en la fecha de sus muertes, lo cual no deja de ser un indicio: ¿de que la forma de ENTENDER LA LECTURA debe replantearse?

Pues bien, durante la mañana de hoy miércoles (la fecha del blog dice jueves) me encontré con Rodolfo Hlousek Astudillo y Ernesto González Barnert, que presentaban sus respectivos poemarios –"PERSISTENCIA DEL ALBA” e "HIGIENE"- en Ciudad Sur. Pero no fue en la mañana que estos señores leyeron sus poemas, sino en la tarde. En la mañana el plato fuerte fue un lechuguino de cuidado: el bachiller Sansón Carrasco, aquel infatuado varón que proclamándose letrado e ilustrado y progresista y guardián de las buenas costumbres, terminó con el sueño del Quijote de la Mancha.

Carrasco, que venía del fuerte de la UACH de Valdivia, apertrechado en sus jinetas de caballero de la civilización, expuso en algo más de dos horas de ironía petulante, una retahíla de lugares comunes, algunos embustes y limosnas conceptuales (“los escritores siempre repiten los mismos temas y jamás harán nada nuevo”… “hay cada vez más escritores y menos lectores y no sé a donde vamos a llegar con la subliteratura que atenta contra la santidad del mundo”, “a menudo la vida nos impide vivir plenamente, ay”), con las cuales dio curso a su acre escepticismo. Y como decía mi abuelita: todo joven que en su juventud nunca se rebeló contra nada, termina siendo un resentido de cuidado” o un VCDSM, podría agregar yo. Tengo grabada su conferencia, pero no me interesa de momento hacer una rigurosa pormenorización de la misma y de sus múltiples inconsistencias (también tuvo algunos aciertos), pues el hombre me puede enviar a sus sicarios y desmedrar aún más mi delicada situación en la Universidad. Para terminar con él, debo decir que, al momento de recibir el galardón que la Universidad le dio, sostuvo que “hay que fingir, jeje” (¿qué habrá querido decir?). Luego, el café, algunos saludos más felices que otros, un cigarro de campo con algunos compañeros de Rodolfo y la espera del evento de la tarde.
EN LA TARDE
En la tarde se hizo un evento-intervención (bastante interesante pero no demasiado) en calle Prat, casi en frente de la Dirección de Extensión Contínua, que empezó con parvulitos (hablo literalmente) oyendo a Rodolfo Hlousek, Guido Eytel (en una foto reciente) y Ernesto González (Elicura Llanquilef una vez más no se presentó) contar historias sobre “un caballero muy flaco que tenía un escudero, ¿alguien sabe lo que es un escudero?”, e instándolos después, ante la nula atención de los peques, a decir poemas y refranes. Al poco andar el asunto se hizo insostenible, porque era un desafío tan ambicioso que más bien parecía un sabotaje: yo no digo que lo fuera, y sostengo que con niños de 8 o 9 quizá la cosa hábría bellamente funcionado.

Luego del desliz, Eytel leyó un único poema: “CUANDO EN EL SUR FLORECÍAN LOS CEREZOS”, que nos habla del secuestro de su primo Marcelo Salinas Eytel, acaecido en la primavera de 1973, y que tiene a lo menos dos versos excelentes: “Se vuelven otra vez los perros horizonte / y no hay agua para lavar la injusticia". Lo interesante de su lectura es que esta vez la realidad superó a la ficción, pero para bien: pues ha pocos días se dictó condena contra los autores del secuestro del entonces joven Marcelo (“La última vez usaba sandalias / y una chaqueta verde / del color del pasto / que brota a principios de noviembre”). Y Guido, en un gesto que desmiente los delirios de algunos paniaguados del Olvido que confunden la Justicia con la Venganza, dijo que en ese momento sus sensaciones y las de la familia eran muchas, tal vez de tranquilidad, tal vez de reposo, o de fe en el progreso de un ideal de Justicia que ampare a todas las personas sin importar su condición… pero no precisamente de Alegría.

Más adelante, minutos después de saludar al poeta César Abuelo (que vive momentos felices) y al publicista Gerardo Quijano Asediados (que también fue muy cordial), se abatieron sobre mí las tinieblas y seguí inercialmente en ese sitio. Y lo hice solamente para oír a los poetas Ernesto "Barnie" González (un dinosaurio que vive en nuestra mente y que ha mejorado mucho su lectura) y Rodolfo Hlousek (que parece hallarse como pez en el agua en su presente incursión universitaria y que cada día se las arregla para reinventar su adolescencia perpetuada y convertirla en buenos versos). Se divirtieron mucho y también al respetable. Pero, en ese momento... tomé mi sombra y me fui.

lunes, abril 21, 2008

Apuntes sobre "LOS MISERABLES" de Víctor Hugo


Dentro de seis días son las elecciones internas del Partido Socialista de Chile, que elige candidatos a la dirección nacional, al comité central y a la dirección regional, así como también a los respectivos comunales . Cuatro votos, un enredo de cuidado, y posiblemente una ferocidad (cualquier tipo de organización desmedida me parece una ferocidad... y ello quien mejor lo ha planteado en estos tiempos es John Ralstom Saul en su notable ensayo "Los bastardos de Voltaire"). Pero también un acto necesario, pues soy militante de esa colectividad, cuyos únicos escritores que conozco son el locutor de boites Hernan Rivera Letelier y la torpe Marcela Serrano (su éxito está asegurado), cuyas obras dejan mucho que desear, pues están determinadas por el abuso del chiste fácil, del más irritante lugar común y casi carecen de poesía, de metáforas y tropos que bien utilizados enriquecen cualquier prosa hasta niveles memorables. Por ello es importante que Claudio Maldonado -que también es militante socialista- se ponga las pilas y escriba más de dos horas al semestre.
Durante este par de semanas no he escrito nada significativo, pero al menos leí dos novelas ponderables: LOS HERMANOS KARAMAZOV (Dostoievski) y LOS MISERABLES (Víctor Hugo), 1500 páginas en total y construidas con idéntica fuerza y afán de redención. Para concluir este posteo, diré algunas palabras de LOS MISERABLES, una de esas novelas que puedes leer y releer sin sentir que botas el tiempo a la basura, y que fue escrita por un escritor inmensamente exitoso y superventas, pero que a diferencia de los antes reseñados no padecía de oligofrenia.
MONSEÑOR BIENVENIDO
Es octubre de 1815 y el caritativo sacerdote Carlos Miryel, conocido como el obispo Bienvenido, vive en una humilde casa con su hermana y una criada, pues ha renunciado a vivir en el Palacio Episcopal cediéndolo como hospital. De pronto se presenta en su casa un hombre sucio y haraposo, que tras ser expulsado de dos posadas se presenta sin ambages: Jean Valjean, ex presidiario que desfallece de hambre y de cansancio tras una caminata de 12 leguas (una legua equivale a 5572.7 m.), y que solicita un lugar donde dormir y comer a cambio de dinero. Valjean, un modesto podador detenido cuando no llegaba a la treintena, pasó 19 años en la cárcel al agravársele una condena de cinco a causa de sus cuatro intentos de fuga. ¿La razón de su encierro? : el robo de un pan y el rompimiento del vidrio de una panadería, lo que hizo para alimentar a su hermana y a sus siete sobrinos.
JEAN VALJEAN, DE PRESIDIARIO A ALCALDE
Tras padecer esa ferocidad, Valjean -que decide aprender a leer y educarse azuzado por el odio vengativo- condena a la sociedad… y condena a la Providencia por permitir las iniquidades de la misma. Hasta que conoce al obispo Bienvenido. Éste, al verlo en la entrada de su casa lo llama caballero, ordena que le hagan una cama con sábanas limpias, lo invita a su mesa, abre una botella de vino inusitado y dispone que se ponga en su honor el cubierto y los candeleros de plata. Tras la cena acuden a dormir, pero en mitad de la noche el ex presidiario, (que incluso piensa en matar al cura) roba los cubiertos de plata del armario y huye por la ventana. Pero lo cogen los gendarmes y lo llevan de vuelta a casa del obispo, para ver si acaso es cierto que éste le ha dado los cubiertos. Éste lo reafirma y le pasa además los candeleros, “que habías olvidado”, pero antes de dejarlo ir le dice al oído: “Jean Valjean, hermano mío, vos no pertenecéis al mal, sino al bien. Yo compro vuestra alma; yo la libro de las negras ideas y del espíritu de perdición, y la consagro a Dios”.
Luego de esas palabras y de una pequeña anécdota, Valjean cambia para siempre. Llega al pueblo de M., donde tras salvar a dos niños de un incendio arriesgando su vida (su espacialidad), se libra del trámite del pasaporte (léase, carnet de identidad), por lo cual se hace llamar Señor Magdalena. Y mediante el ingenio de mutar la goma laca por la resina en la fabricación de abalorios, se enriquece en menos de tres años, lo que hace que, en virtud de su inmensa caridad y filantropía, el mismo rey disponga -por dos veces y casi obligándolo- que lo nombren alcalde.
EL POLICÍA JAVERT
El misterioso señor Magdalena, hombre afable, triste, ascético y sin mujer ni mujeres, descomunalmente forzudo, generoso hasta la demencia y curiosamente sin ambiciones de riqueza, se granjeó el respeto general del pueblo (a veces hasta lidiaba en los pleitos). De todo el pueblo, hemos dicho, menos de uno: el inspector Javert, hombre nacido en una prisión e hijo de una mujer que leía el futuro en las cartas y cuyo marido también estaba encarcelado... “Se dice que en toda manada de lobos hay un perro, al que la loba mata, porque si lo deja vivir al crecer devorará a los demás cachorros. Dad un rostro humano a este perro hijo de loba y tendréis el retrato de aquel hombre”. Javert se sentía connaturalmente marginal, y como creía que la sociedad excluye de su seno a dos tipos de hombres, los que la guardan y los que la anhelan destruir, se hizo policía. Y se afanó en ello hasta el fanatismo (“estaba compuesto este hombre de dos sentimientos muy sencillos y relativamente muy buenos, pero que él convertía casi en malos a fuerza de exagerarlos: el respeto a la autoridad y el odio a la rebelión”). Asimismo, por lo raro que le parecía el alcalde Magdalena (“nadie es tan generoso, ningún hombre rico defiende a una prostituta de un ciudadano decente, ningún poderoso es capaz de arriesgar su vida”), se fanatizó con la idea de desemmascararlo. Esa persecución-huída sempiterna es el principal hilo conductor de “Los Miserables”, que tiene en Jean Valjean, su protagonista, que se empeña en salvar a una niña y encauzar su vida, a uno de los más grandes héroes de la historia de la literatura, al menos de la modernidad.

Para concluir, básteme decir que esta novela -de un autor que llegó a creerse un teólogo, un vidente, un develador de los misterios del trasmundo y de los designios más recónditos del ser Supremo y de su Obra- nos hace rozar uno de los atrinutos esenciales de la divinidad.
Hugo (que según Jean Genet "no era más que un loco que se creía Victor Hugo", que solía acostarse con servientas a cambio de sumas miserables, y que en sus sesiones de espiritismo aseguraba comunicarse entre otros con Jesucristo, Mahoma, Lutero, Josué, Shakespeare, Moliere, Dante, Platón Galileo, Isaías y Napoleón) creía que al leer obras relevantes, el ser social profundizaría su comprensión de la naturaleza y de la vida, mejoraría su conducta cívica y hasta su adivinación del arcano infinito, del más allá, del alma trascendente y de Dios. Ahora nadie o casi nadie piensa que la literatura pueda mejorar el actuar de los hombres, pero resulta muy claro que al visitar las páginas de esta vasta construcción, sentimos -sobre todo al leer la portentosa cantidad de mayestáticas y sabias afirmaciones de Hugo (el no dice, "siempre he creído", si no más bien "los hombres siempre han creído")- que rozamos ese atributo divino del que antes hablé: LA OMNISCIENCIA... esa cualidad de conocerlo todo, que un argentino desesperado y lúcido, quizá parafraseando a Nietzsche, le auguró al FUTURO. Veremos.