Luis Labrín Pacheco (Lautaro, 1954 - Temuco, 2017) murió el reciente día de Navidad. Académico universitario con magíster y escritor, será recordado ante todo por ser un habitué literario, un ser que aparecía como desde la nada y llegaba a todos los contextos con su sonrisa afable, su caballerosidad y una cordialidad digna de otros tiempos, donde nuestros actos no estaban sujetos a la tiranía de la causa y del efecto y del ignaro pragmatismo.
A despecho de su mitomanía, o quizá precisamente por la misma (inofensiva y graciosa y que solo molestaba a los inquisidores de este mundo), Labrín se convirtió en una suerte de mito, alguien de quien no sabíamos si era o no académico, de si había o no ganado tales o cuales galardones o publicado tales o cuales –premiados por supuesto– ensayos. Porque a su connatural modestia le unía cierto caos –acaso la chispa que enciende la llama del arte– que le hacía caer en lo disparatado, y proferir mentiras con la seguridad y gracia de un vidente que se sabe inmarcesible, como cuando en medio de una intolerable reunión de escritores –de esas con pauta y libro de actas– se levantó y empezó a hablar a voz en cuello con el embajador de no sé qué país centroamericano, quien le informaba de su primer lugar en un concurso de cuentos. Ello, claro está, no era cierto, pero de algún modo era más verdadero que 10 galardones y se halla ahora en la parte más azucarada del abarrotado mar de los recuerdos que nos configuran.
Un amigo mutuo nos dice que Lucho en cierto modo nos enseñó a vivir. Porque más que a escribir, Labrín nos ilustró la forma de vivir nuestra propia ficción, de convertirnos en seres entrañables más allá de nuestras cuentas corrientes, seguidores en twitter, posgrados o posicionamientos. Usando la literatura como pasatiempo o clave de entrada, se ha convertido en el más literario de todos nosotros, y me atrevo a decir que ha bendecido estas fiestas paradójicas, que para muchos de estas generaciones no son más que un resabio de cuentas pendientes y ateridos lugares comunes.
Luis Labrín Pacheco, cuyos méritos académicos y escriturales según nos informa el poeta Óscar Mellado son en verdad comprobables, será recordado como un caballero de pies ligeros que entendió como pocos el verdadero sentido de la empatía, y que agregó al agotado concepto del dandy la religiosa amistad de quien, acaso sin quererlo, no hizo otra cosa que regalar bondad.
miércoles, diciembre 27, 2017
jueves, octubre 19, 2017
FICWALLMAPU 2017

Entre el martes 17 y el sábado 21 de este mes de octubre –en que se conmemoran los 525 años de la conquista de América– se está realizando en diversas dependencias –donde destacan el Aula Magna de la UCT y el Auditorio de la Facultad de Medicina de la Ufro– la Tercera Versión del Festival Internacional de Cine Indígena de Wallmapu (Ficwallmapu 2017).
Quienes asistimos a la primer jornada –donde destacó la presencia de la pianista pascuense Mahani Tehave– tuvimos la certeza, quizá incontrovertible, de que el efecto sinérgico de la presente instancia no cesará. Y no se detendrá porque a un trabajo bien realizado en términos de auspicio, difusión y producción (en orden ascendente), se suman ciertos determinismos que parecen estar aflojando la mordida de la Historia.
Los más de 50 documentales y hasta filmes que están siendo exhibidos, acerca de unas 20 etnias de países de este largo continente, y los conversatorios y talleres en diversas ciudades de este Far West del que somos arte y parte, entre otras actividades, así parecen rubricarlo. Y si a lo anterior le sumamos que en la reciente promulgación de la ley que instaura el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio (que unificará al Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, la Dirección de Bibliotecas Archivos y Museos, y el Consejo de Monumentos Nacionales), se establece el reconocimiento y participación de los pueblos originarios, parece haber razones para el optimismo, o cuando menos para detener el reloj del pesimismo. Pesimismo harto justificado considerando el trato ambiguo, displicente y acaso analfabeto que el Estado chileno le ha dado en democracia –en el caso que nos compete– al pueblo mapuche.
Es innegable que la noción sociocultural de Wallmapu –que consagra la existencia ancestral de un territorio donde, a despecho de la aculturación y el mestizaje, aún habita un grupo de individuos que conserva una lengua, una cultura formidable pregnante y el rumor de unas mitologías– no deja de ser controversial. Pero desconocer este clamor, y confundirlo con el mero delirio de una élite que propicia lo delincuencial, es no estar entendiendo hacia dónde va la Historia, “émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir”. (Quixote, I, 9).
La última instantánea de este festival la viví en el día de ayer, en compañía de la espiga madurada que en su rictus aún conserva las nieves invernales. En la misma, el investigador José Quidel expuso sobre la cosmovisión mapuche, en una conferencia de aquellas, donde la horizontalidad de su conocimiento parecía a ratos igualarse a una verticalidad sorprendente. Una experiencia con algo de iniciático. Mayores detalles sobre el presente festival en www.ficwallmapu.cl
domingo, septiembre 10, 2017
EUGENIO SALAS, ARTISTA INTEGRAL

De los días y noches que componen la prolífica vida del pintor, escultor, investigador y activista Eugenio Salas Olave –cuya trayectoria artística está signada por su férreo compromiso con la cosmovisión y los anhelos del pueblo mapuche– hay acaso una imagen esclarecedora. Salas (Antihuala, provincia de Arauco, 1961), hijo de un artesano obrero y de una tejedora, camina junto a su madre en una lúcida noche fundamental. Y mientras observan el manto estelar, doña Paulina le asegura a este niño alucinado que la belleza se halla en todos lados: en los dibujos caprichosos de los astros, en el reflejo de la luna, en el lecho del río y en el cíclico vaivén del agua que dio origen al mundo y lo sostiene.
Esta imagen resulta esencial en la obra de Salas, quien se crió en Cañete, debutó en la pintura a los 14 años, llegó a estudiar Arte a Temuco en el 83 (es célebre el mural que instaló en el frontis de la UCT, en contra de la dictadura, y que alcanzó a ser registrado por Juan Carlos Gedda), y ha llegado a exponer en varios países europeos y de otras latitudes, y publicado varios libros investigativos.
Su compromiso incorruptible con el ecosistema (no le es ajeno el tema de las forestales y su secuela destructiva, con quienes ha dialogado), su incursión proactiva en decenas de comunidades mapuche en la provincia de Arauco (y otras), su rescate de la mitología y el conocimiento antiguo, y su capacidad de mirar a los ojos descreyendo de la reproducción serial escindida de espíritu, convierten a este creador, precursor según la poeta Rayen Kvyeh del arte visual mapuche, en un hermano más de la Gente de la Tierra, “porque –según dice– al igual que en el inglés el verbo to be es a la vez ‘ser’ y ‘estar’, el vocablo mapuche Inche, significa a su vez ‘ser’ o ‘estar’, lo que es indicativo de que lo mapuche no está determinado por los apellidos o el lugar de nacimiento, sino por aquello que haces y ante todo por aquello que sientes”.
Eugenio Salas se encuentra ahora y hasta el 26 de septiembre, exponiendo pinturas y esculturas de 40 años de trayectoria, en la Galería de Arte de la Municipalidad de Temuco. Son obras que, como lo dijera el periodista Rodolfo Hlousek, “no son hijas del simple ego de un artista, sino de un hacer comunitario y que apela a fin de cuentas a conceptos como la pluriculturalidad y la plurinacionalidad”.
martes, agosto 08, 2017
MIGUEL ÁNGEL SOLAR Y LA REFORMA
La madrugada del 11 de agosto de 1967, Miguel Ángel Solar Silva (1944), estudiante de Medicina y presidente de la Federación de Estudiantes de la Pontificia Universidad Católica de Chile, se dispuso a dar el gesto decisivo que vendría en acelerar la reforma universitaria que desde hace un tiempo se venía gestando en dicha casa de estudios: la toma de la Casa Central, hito que 11 días después culminaría con la salida del rector, monseñor Alfredo Silva Santiago, y que dio la vuelta al mundo por el ingenioso cartel que los jóvenes de entonces desplegaron en el frontis, acusando a El Mercurio de mentir por decir que detrás de la toma estaba el Partido Comunista, “cuando en realidad éramos estudiantes de clase media acomodada y cercanos al Partido Demócrata Cristiano”, puntualiza Solar.
Cincuenta años después, el médico –residente en Temuco desde 1987 y en Nueva Imperial desde 1971– remonta sus trabajos y sus días atendiendo unos pocos pacientes en su austera consulta de la calle Janequeo 1720, como director del Departamento de Atención Domiciliaria del Hospital Hernán Henríquez, y como consejero regional desde el año 2013. Porque Solar, quien estuvo fuera de la política durante cuatro décadas, es un ser de múltiples registros y que –según propias palabras– vislumbra a la política como un ejercicio que todo ciudadano debiera realizar, sobre todo cuando las normas del sistema bloquean su vitalidad, amenazan su historia y su proyección en el tiempo.
Y acá el médico es claro en indiferenciar a la política de la medicina (y de las otras realidades, diremos), pues una de sus cruzadas, acaso la más trascendente, es aclarar a las personas que la enfermedad no es el mal, sino una reacción o una advertencia frente al mal, “ya que es indispensable entender las subjetividades de cada individuo, porque detrás de toda enfermedad está la sobreexigencia y las interacciones sociales inadecuadas”. En síntesis, Solar es partidario de dotar a la enfermedad de sentido, y es por ende reacio a la actual cultura de la analgesia, que solo busca aminorar los síntomas sin ir a los temas de fondo y vuelve crónicos a los padecimientos.
¿Será necesario decir que su idea de la medicina está a contrapelo de lo que piensa la mayoría de los médicos alópatas y por cierto la lucrativa industria farmacéutica? Solar, revolucionario o reformista ineludible en temas universitarios, lo está siendo ahora –acaso sin saberlo– desde la profesión que ha marcado su existencia.
domingo, julio 30, 2017
'Buenas noches luciérnagas', de Héctor Hernández
Presentación de ‘Buenas noches luciérnagas’ (RIL Editores, 2017), de Héctor Hernández Montecinos
Temuco. A 28 días del mes de julio del año 2017
“Todo hombre debe ser capaz de todas las ideas y entiendo que en porvenir lo será”, se dijo alguna vez. Y es lo que sentimos al visitar Buenas noches luciérnagas, este libro de 420 páginas que incluye ensayos, fragmentos de estudios y tesis, crónicas, poemas, diarios de vida, fotografías, notas de prensa, de viajes, entrevistas, chats y hasta correos electrónicos de la aniquilación. En el libro, Héctor Hernández Montecinos (1979), un escritor incombustible, un pensador incombustible, un creador incombustible, un polemista y un conspirador incombustibles, pasa revista a temas estéticos, políticos y culturales de este y de los otros mundos, con la lucidez de un caballo echado a pique contra un acantilado de piedras incendiadas.
Tres son las partes de este libro que algunos, ante todo por comodidad o conservadurismo, podrían llamar “inclasificable”: ‘Celestes cordilleras’, ‘Autobiografía de un poema’ y ‘Una pequeña historia nacional’. Y los capítulos que contienen se nos aparecen como reflexiones fragmentarias y a la vez totalizantes, donde el pensamiento, el análisis y la invención no parecen –como en una suerte de Pierre Menard arrepentido– ser actos anómalos, sino la normal respiración de la inteligencia. Como en un sueño dirigido, donde Hacheache –el tigre de Zucaritas, el alquimista que anhela devorarse al mundo, el dandy espiritual que no quiere parecerlo– nos da a entender, sin decirlo, que si no fuese escritor, si no fuese uno de los sujetos relevantes del campo cultural latinoamericano, sería asesino de masas.
Hernández, que tiene momentos excelsos en su vasta poesía, pero también reiteraciones abusivas, dimanadas de su síndrome de hiperlexia, se nos muestra acá con la sagacidad de un académico invencible y un escritor maldito que odiara a la academia, de un terrorista cultural y un cortesano del poder, de un solitario infernal y de un ser comunitario como el sol o el respirar. Las veleidades del campo literario vistas desde adentro, son solo uno de los aspectos llamativos de este saludo a las luciérnagas, que son las estrellas que brillan como ojos en la oscuridad. Hernández –que no su hablante poético, diremos– abre cientos de puertas, pero su libro es ante todo una puerta de salida, quizá porque se trata de una liberación. Al librarnos de la tiranía de Hernández salimos fortalecidos.
Buenas noches luciérnagas es, según Carlos Lloró, un libro que a todos nos compete, también a los no literatos, porque la literatura es ese remolino en el que giramos todos, a veces fragmentados y a veces reunidos en la vastedad de un solo cerebro. Impresión reafirmada al visitar este país Hernández, que a veces se asemeja al infierno del Dante o al purgatorio, con sus condenados por delitos lesa humanidad, donde el más consustancial a Chile es la envidia, la misma que padeció y sigue padeciendo Raúl Zurita, suerte de padre espiritual y poeta que ha reflorecido por la febril lealtad de sujetos como Héctor, el domador de caballos, de los caballos de la literatura.
Concluyo está presentación con una anécdota. Al mostrarle hace un par de semanas a una amiga, la primera parte de mi novela Far West, que espero se de a la imprenta este 2017, me acusó de ser una mala persona, ante todo por ridiculizar y ningunear, mutándole apenas los nombres, a varios animales conocidos (¿dónde, acaso en la República del Congo del año 2460?). Me entristecí, porque yo estaba enamorado de ella. Pero luego discurrí –y sobre todo tras leer este libro– que abusar del sentido común, que el plantearse límites antes de siquiera comenzar, que el vivir de glorias pasadas, que el no ensayar otros formatos aparte del que más nos acomoda o con el que nos designan, que el temor a la censura y al odioso y provinciano qué dirán, es una derrota anunciada, la más vergonzante de todas, porque, como alguna vez se dijo, los valientes mueren una sola vez y los cobardes muchas. Héctor Hernández Montecinos, simplemente gracias.
sábado, julio 08, 2017
La 'Santa Victoria' de Ricardo Herrera
Con el advenimiento de ‘Santa Victoria’ (Ediciones Inubicalistas), el quinto libro del poeta Ricardo Herrera Alarcón (Temuco, 1969), asistimos a la transustanciación de un hecho cotidiano –me refiero al trabajo o más bien a un empleo insufrible– en notable poesía, de trazas surrealistas pero también discursivas.
La historia es más o menos como sigue. Herrera es, a la sazón, profesor de Lenguaje en una escuela rural ubicada entre Galvarino y Chol-Chol, en los campos de Llolletúe, donde a diario viaja en un furgón desde Temuco. La escuela es regentada por sostenedoras pragmatistas, ignorantes y devotas del ex mandatario Pinochet y lo recibe, o más bien sus altos mandos, con preclara hostilidad. Entonces el poeta, sin heroicidades impostadas ni alardes vengativos, transforma todo aquello en materia de escritura (“La hermana T se dedicó a hacerme la vida imposible durante mi estadía en Santa Victoria / Empezó quitándome el saludo, hablando a mis espaldas / Mientras almorzaba lanzaba virulentos comentarios que hacían me atragantara… Por eso me confundía de pronto con un plato de cerezas / un cervatillo demasiado confiado… ”. p 12).
En efecto, el hablante poético de Herrera convierte a dicha escuela en una suerte de convento o manicomio o gruta (“La virgen no tiene relación / con el siquiátrico que alguna vez allí existió / y que fue destruido por un alzamiento indígena / a fines del siglo diecinueve / sin dejar rastros de su débil armazón de madera y vidrio / que fue albergue para las almas / de españoles que abrazaron la causa del enemigo / de monjas devoradas por el espíritu de satanás / de la soldadesca narcotizada por el alcohol, el frío y la lluvia”. p 36). Es un recinto intemporal donde cohabitan enfermos, peregrinos y fantasmas y animales y un hablante que tiene más que claro su designio (“La iglesia que construimos ya no ampara nuestros rezos… / La ocupamos de establo / para almacenar granos / la ocupamos para sacarnos el mal de espíritu / el demonio de la literatura / esa vieja costumbre de escribir a caballo contra el viento”).
El poeta, en un lenguaje cifrado aunque con pistas, desnuda ciertas miserias de un sistema educativo alienante y nos trae a la memoria palabras indestructibles: “Guardaos de ofender al solitario. Pero si lo habéis ofendido, ¡entonces matadle!” (F. W. Nietzsche).
jueves, diciembre 08, 2016
‘La Frontera, crónica de La Araucanía rebelde’, un relato inconcluso
El periodismo informativo tiene la limitación, acaso insubsanable, de responder a la lógica de la coyuntura. Y para tal se ve obligado a hacer de un bosque de símbolos, de un complejo ecosistema de hechos en sordina, en proceso o explicitados, un mensaje circunscrito a las ya clásicas Seis Preguntas (¿Qué?, ¿Quién?, ¿Cuándo?, ¿Dónde?, ¿Cómo? y ¿Por qué?), lo que tiende a derivar en una síntesis que, se quiera o no, se relaciona con la línea editorial del medio. En el periodismo interpretativo, de suyo más extenso en sus múltiples formatos, este riesgo es menos evidente, también porque se asume que la pretendida objetividad periodística está más cerca de la nota informativa que de la investigación.
Lo anterior también se cumple en ‘La Frontera: crónica de La Araucanía rebelde’ (Catalonia, Ediciones UDP, 2015, 302 páginas), donde los periodistas Ana Rodríguez (1983) y Pablo Vergara (1973), que han remontado sus trabajos y sus días en medios mercuriales pero también en otros diríase que alternativos, nos dan cuenta del llamado Conflicto Mapuche. Conflicto que derivó ante todo de las arbitrariedades –mal subsanadas– del Estado chileno en las últimas décadas del siglo XIX (la llamada Pacificación de La Araucanía), del actuar centralista de éste y de las múltiples segregaciones aculturalistas que contra el pueblo originario se han propiciado; pero cuyo punto de partida en los actuales tiempos puede situarse en un hecho específico: la quema en las cercanías de Lumaco de dos camiones de la Forestal Mininco, por parte de militantes de la Coordinadora de Comunidades en Conflicto Arauco-Malleco (CAM), el 30 de noviembre de 1997.
El considerable reportaje –que cuenta con dos prólogos, un glosario de personajes, otro de conceptos y un índice onomástico al final del libro– se divide en catorce capítulos. Cada uno corresponde a un testimonio (o varios) que describe un hecho coyuntural, plenamente contextualizado, y las aristas del mismo. Destacan la visión conservadora de un historiador que niega la existencia de los mapuches y prefiere hablar de araucanos, la de un weichafe (guerrero) que lucha en la clandestinidad, la del primer intendente que planteó el tema de la violencia como un tema de Estado, las de dos víctimas de lado y lado del conflicto, y la de un historiador para nada racista y que sí propone soluciones, entre otros puntos de vista. No todos los testimonios son entrevistas y se extrañan visiones como las de los agricultores (la llamada Multigremial) y de los representantes de las forestales, acaso porque –como dice uno de los prologuistas– ellos ven el conflicto como una simple anomalía del statu quo: “son víctimas, pero porque el Estado no ha cedido aún más a la presión de mantener a raya a los indígenas”.
La idea de los autores de esta larga crónica, escrita entre 2012 y 2015 pero concebida años antes, es ganar por acumulación. Las entrevistas y aclaraciones históricas y conceptuales, las derivaciones a otros textos y las múltiples ramificaciones, en esta suerte de viaje iniciático al Wallmapu (País Mapuche), van configurando un diagnóstico que, si bien entrega algunas luces, está lejos de ser decidor. Por lo demás, no es el objetivo del libro, pues como dice otro de sus prologuistas: “No es un manual de soluciones ni una mesa de diálogo. Es más bien un laberinto que exhibe sus virtudes mientras se recorre. Otros tendrán la solución de la salida”.
Lo anterior también se cumple en ‘La Frontera: crónica de La Araucanía rebelde’ (Catalonia, Ediciones UDP, 2015, 302 páginas), donde los periodistas Ana Rodríguez (1983) y Pablo Vergara (1973), que han remontado sus trabajos y sus días en medios mercuriales pero también en otros diríase que alternativos, nos dan cuenta del llamado Conflicto Mapuche. Conflicto que derivó ante todo de las arbitrariedades –mal subsanadas– del Estado chileno en las últimas décadas del siglo XIX (la llamada Pacificación de La Araucanía), del actuar centralista de éste y de las múltiples segregaciones aculturalistas que contra el pueblo originario se han propiciado; pero cuyo punto de partida en los actuales tiempos puede situarse en un hecho específico: la quema en las cercanías de Lumaco de dos camiones de la Forestal Mininco, por parte de militantes de la Coordinadora de Comunidades en Conflicto Arauco-Malleco (CAM), el 30 de noviembre de 1997.
El considerable reportaje –que cuenta con dos prólogos, un glosario de personajes, otro de conceptos y un índice onomástico al final del libro– se divide en catorce capítulos. Cada uno corresponde a un testimonio (o varios) que describe un hecho coyuntural, plenamente contextualizado, y las aristas del mismo. Destacan la visión conservadora de un historiador que niega la existencia de los mapuches y prefiere hablar de araucanos, la de un weichafe (guerrero) que lucha en la clandestinidad, la del primer intendente que planteó el tema de la violencia como un tema de Estado, las de dos víctimas de lado y lado del conflicto, y la de un historiador para nada racista y que sí propone soluciones, entre otros puntos de vista. No todos los testimonios son entrevistas y se extrañan visiones como las de los agricultores (la llamada Multigremial) y de los representantes de las forestales, acaso porque –como dice uno de los prologuistas– ellos ven el conflicto como una simple anomalía del statu quo: “son víctimas, pero porque el Estado no ha cedido aún más a la presión de mantener a raya a los indígenas”.
La idea de los autores de esta larga crónica, escrita entre 2012 y 2015 pero concebida años antes, es ganar por acumulación. Las entrevistas y aclaraciones históricas y conceptuales, las derivaciones a otros textos y las múltiples ramificaciones, en esta suerte de viaje iniciático al Wallmapu (País Mapuche), van configurando un diagnóstico que, si bien entrega algunas luces, está lejos de ser decidor. Por lo demás, no es el objetivo del libro, pues como dice otro de sus prologuistas: “No es un manual de soluciones ni una mesa de diálogo. Es más bien un laberinto que exhibe sus virtudes mientras se recorre. Otros tendrán la solución de la salida”.
jueves, agosto 04, 2016
LA PUESTA EN ESCENA DE UN POETA
'Tren, treile, Teillier’, texto de Mauricio Moro, con la dirección de Rodrigo Bórquez y la actuación de Ricardo Pinto apoyada por voces en off, es la primera obra teatral inspirada en la figura de Jorge Teillier Sandoval (Lautaro, 1935 - Viña del Mar, 1996), el “poeta de nombre claro como un guijarro en medio de la corriente”, quien decía que la poesía no era nada si no permitía a los hombres acercarse y conocerse. La obra, un monólogo de 50 minutos y un solo acto, se presentó ayer miércoles 3 en el debut de la XII versión del Festival de Teatro en La Frontera 2016 (Fetef), ante una Sala Los Avellanos de la Ufro colmada de público.
En el monólogo se nos muestra a un Teillier íntimo y a ratos disociado, en el último año de su vida, quien yace acosado por sus más obstinados fantasmas: la soledad en compañía, el desarraigo, el autoexilio, la familia fragmentada y el abuso de etanoles y terrores, y que podría decir, con Huidobro, que “el pozo de las cosas perdidas no se llena jamás”. El protagonista discurre sobre aquello y sobre el infatigable mandato de la poesía, que parece haber tomado a su existencia por rehén, mientras espera debutar en un conocido programa televisivo de entrevistas culturales. Pero su espera es paradójica, pues al entusiasmo de compartir el pan de su palabra con un avezado entrevistador, agrega el sentimiento de la inutilidad: un sentimiento furioso que lo paraliza y lo hace desdeñar “el inútil pago de la inmortalidad”.
Llama la atención la importancia que el dramaturgo le otorga en su texto a la figura del poeta Enrique Lihn (1929-1988), quien fue el gran antagonista de Teillier en los 60’s, ante todo cuando éste –mientras languidecían las llamas de su primer matrimonio– se quedó con la novia de aquél. Ello acaso se explica por el afán de tender puentes entre dos de los poetas más admirados por las actuales generaciones, los que, como es bien sabido, se reconciliaron en un encuentro literario acaecido en el Hotel Continental de Temuco el año 1982.
En suma, una obra de teatro interesante y que demuestra que el poeta de Lautaro suscita un interés creciente. Tanto es así que, a estas alturas del vértigo, podemos afirmar que obras de teatro como éstas –así como otras manifestaciones del arte, tales como documentales e inclusive filmes– seguirán floreciendo a partir de la persona y de la obra del poeta que está llevando los muros de Lautaro hacia fronteras ignoradas.
miércoles, febrero 24, 2016
EDO CAROE, TEMUCO, 1986
“Es con la risa y no con la ira como mejor se mata”, nos asegura el filósofo Friedrich Nietzsche en la primera parte del 'Zaratrustra'. Y en la reciente actuación de Edo Caroe (Eduardo Carrasco Rodríguez, Temuco, 1986), quien se presentó la primera noche del Festival de Viña sin dejar títere con cabeza entre la clase política, aquello se rubricó.
Lo cierto es que en esa inevitable reunión del verano que es la Quinta Vergara, que parece una cita familiar donde nadie está a sus anchas, pero de la que nadie o casi nadie es capaz de renegar, su rutina fue una de las mejores que se recuerden (51 puntos de rating, además), y lo sitúan a sus 29 –si no cae en lo reiterativo– como uno de los humoristas con mayor futuro en Chile.
La rapidez de su verbo y su prestancia de roquero, lo hacen corrosivo sin llegar a la amargura, en extremo irreverente sin caer en lo vulgar, y ferozmente crítico de las instituciones y de la mojigancia del chileno, pero frondoso a la hora de darse a sí mismo con el mocho del hacha. Hay en su show (donde también hace trucos de magia que dan una pausa a un show donde la ironía puede ser insoportable)algo que podríamos llamar ‘maldad calculada’, pues en éste hasta se presenta ‘Oscarito’, un personaje notoriamente discapacitado, del que tanto él mismo como el mago humorista se ríen a mandíbula batiente, con lo cual naturalizan una condición que sigue siendo motivo de hipócrita discriminación.
Acaso la gran virtud de Caroe es haberse situado, quizá como nunca antes, fuera de la lógica del hacedor de tallas como sujeto externo:como una suerte de operador político del chiste, ajeno (es un decir) a la política y al ejercicio del poder. En su rutina cáustica, pero liviana de sangre (valga la oxímoron) y hasta desternillante, él mismo es un niño abusado, un padre ausente y un hijo perverso. Por eso, no es un humorista crítico más, sino alguien que subvierte la lógica del intermediario, con lo cual se arroga cierta autoridad para hablar de casi todo.
Hasta hace poco los humoristas se reían de sus suegras o de sus señoras, pero no llegaban a la combustión misma del fenómeno, que en cierto modo es el sexo; pero Caroe, que maneja el tema pero también lo sabe sobredimensionado, le quita el eje y lo vuelve casi baladí. A despecho de estar parodiando un texto insigne, puedo concluir diciendo que Caroe es de aquellos venturosos que pueden prescindir de la aprobación de la crítica y aun, a veces, de la aprobación del público, pues el agrado que nos proporciona su trato es irresistible y constante.
Lo cierto es que en esa inevitable reunión del verano que es la Quinta Vergara, que parece una cita familiar donde nadie está a sus anchas, pero de la que nadie o casi nadie es capaz de renegar, su rutina fue una de las mejores que se recuerden (51 puntos de rating, además), y lo sitúan a sus 29 –si no cae en lo reiterativo– como uno de los humoristas con mayor futuro en Chile.
La rapidez de su verbo y su prestancia de roquero, lo hacen corrosivo sin llegar a la amargura, en extremo irreverente sin caer en lo vulgar, y ferozmente crítico de las instituciones y de la mojigancia del chileno, pero frondoso a la hora de darse a sí mismo con el mocho del hacha. Hay en su show (donde también hace trucos de magia que dan una pausa a un show donde la ironía puede ser insoportable)algo que podríamos llamar ‘maldad calculada’, pues en éste hasta se presenta ‘Oscarito’, un personaje notoriamente discapacitado, del que tanto él mismo como el mago humorista se ríen a mandíbula batiente, con lo cual naturalizan una condición que sigue siendo motivo de hipócrita discriminación.
Acaso la gran virtud de Caroe es haberse situado, quizá como nunca antes, fuera de la lógica del hacedor de tallas como sujeto externo:como una suerte de operador político del chiste, ajeno (es un decir) a la política y al ejercicio del poder. En su rutina cáustica, pero liviana de sangre (valga la oxímoron) y hasta desternillante, él mismo es un niño abusado, un padre ausente y un hijo perverso. Por eso, no es un humorista crítico más, sino alguien que subvierte la lógica del intermediario, con lo cual se arroga cierta autoridad para hablar de casi todo.
Hasta hace poco los humoristas se reían de sus suegras o de sus señoras, pero no llegaban a la combustión misma del fenómeno, que en cierto modo es el sexo; pero Caroe, que maneja el tema pero también lo sabe sobredimensionado, le quita el eje y lo vuelve casi baladí. A despecho de estar parodiando un texto insigne, puedo concluir diciendo que Caroe es de aquellos venturosos que pueden prescindir de la aprobación de la crítica y aun, a veces, de la aprobación del público, pues el agrado que nos proporciona su trato es irresistible y constante.
viernes, octubre 23, 2015
LOS "PUESTOS VARIOS" DE GUIDO EYTEL
Conocí al escritor Guido Eytel en las ya postrimerías del 95, en el Centro Médico de Temuco, cuando él dictaba un taller literario enfocado en la lectura y yo salía del cascarón (una muchacha de vestido rojo cuyo nombre no recuerdo se quedó con mi edición del 'Mala Onda' de Fuguet). Tiempo después, en el 97, presentó (ni a él ni a mí nos agrada la expresión “lanzó”, que apela más bien a la Nasa o a una carrera de galgos neoliberal) su primer libro, la novela ‘Casas en el agua’. De ahí ha dado a la imprenta unos siete textos, también de poesía, siendo a mi juicio el libro de cuentos ‘Puestos varios’ el más eminente de cuantos ha escrito. Fue publicado en 2006 y reposicionado el pasado martes 20 en el Museo La Chascona de la Fundación Pablo Neruda, en Santiago.
‘Puestos varios’ (RIL Editores), que debe su nombre a una analogía con aquellos entrañables almacenes que subsisten frente al embate de las tarjetas y los supermercados, y donde es posible hallar de un cuanto hay y hasta ser anotado al lápiz, se compone de 14 relatos que a juicio del autor sobrevivieron a su dura autocensura, “tendiente a no fastidiar al lector”. Eytel (Temuco, 1945) asegura en el prólogo que la mayoría de los mismos fue galardonado; y aquello, que acaso significa poco y nada, se rubrica en este caso con algunos cuentos de alta ley. Casi todos apelan a sujetos marginalizados, que han sido derrotados por la Historia o sucumbido ante sus propias fantasmagorías: que han perdido el norte o las expectativas de un mejor pasar, pero jamás la dignidad, como en el relato “El otro round de Dinamita Araya”, que habla del repentino acto de heroísmo de un ex boxeador que vende helados en la carretera.
También hay cuentos regiamente espeluznantes, como “Le juro que fue por amistad”, sobre un conscripto que sin una gota de culpa le relata al hijo de un ejecutado la manera en que mató a su padre; o “Ese viejo calor que tengo guardado”, que narra el espeso delirio de un vagabundo que tiene un acto de necrofilia. Son héroes descentrados y macabros, que coexisten con aquellos otros supervivientes de esta época que no pocas veces parece girar sin nosotros. De entre todos los relatos, y acaso porque tuve cierta cercanía con su protagonista, me quedo con “Matar a Padilla”, que narra la vital contradicción de un profesor que también es poeta y que decide asesinar al profesor. “Puestos varios” es uno de esos libros que, a despecho de la tiranía del olvido, diremos, se obstinará en permanecer.
domingo, septiembre 20, 2015
EDUARDO BONVALLET (1955-2015)
A mediados de los ’90, un ex seleccionado nacional de fútbol que debió retirarse a los 27 por exceso de infiltraciones, arremetió en la radio y la televisión chilenas con singular estilo. Blandiendo un micrófono, a ratos justiciero y otras veces simplemente cruento, pero casi siempre preñado de risas, rompió el obtuso paradigma de que Chile nunca sería campeón del mundo. No exagero: en decenas de ocasiones les oí decir a los comentaristas de entonces que “la selección juega muy bien de chico a grande”, por ejemplo en el partido donde La Roja fue a Londres a defender con 11 y empató a cero goles con Inglaterra gracias a que el portero (el llamado ‘Cóndor’ Rojas) atajó hasta los gritos de los hinchas británicos, y aquello fue tomado como un triunfo.
Pero Bonvallet se opuso siempre a ese modelo porque, como todos los grandes, no había venido a esta vida a empatar. Asumió un personaje agresivo, impecable, de voz imponente y autoritaria, y con muchos de esos rasgos filofascistas que muchos líderes debieran ponderar (ante todo la seguridad absoluta, cierto autoritarismo ya explícito o encubierto, y esa capacidad del polemista de pies ligeros que –como dice Juan Villoro de Bolaño– cambia de parecer sin permitir a los otros el hacerlo); aunque también otros que resultan polémicos y hasta detestables (cierta xenofobia, racismo y una facilidad imbécil para rotear a todo aquel sujeto de menos recursos económicos o espirituales). Había también en él esa obsesión desagradable de medir el éxito de un ser por el grado de conocimiento que de éste se tenga, y que es inherente a la aristocracia bastarda de la televisión. En esa línea y no en otra está la entrevista que se fabricó con Pinochet.
Pero era un comunicador brillante y su megalomanía –hija de una autoestima inestable y de un ego hipertrofiado y sordo– era al menos creativa, casi como parte de un programa, o de un símbolo; leerlo de manera racional resulta absurdo. Recuerdo que en el verano del ’97 vimos en la casa de Rafael Lanyon el partido donde Chile perdió 2 a 1 en Lima, con Perú, por las clasificatorias a Francia 98. Estábamos tan disgustados que cambiamos de canal para ver a Bonvallet: “¿Qué irá a decir este viejo culeado?”, dijimos, pero nuestra atracción era genuina. A veces daba la impresión que lucraba con las derrotas del fútbol chileno, que detestaba a la izquierda o que era de una ignorancia extrema que disimulaba con el ruido. Pero todos aquellos rasgos eran parte de un personaje que siempre tuvo rasgos entrañables, acaso por su extrema vulnerabilidad.
Fue el primero en jugársela en el fútbol por una postura nacionalista que, aunque algo pueril, incluía el respeto hacia el himno y la bandera. Y fue el primero, al menos en Chile, en comentar, con una pizarra con fichas que representaba a los 22 jugadores del campo y sus estrategias, los partidos de la selección. En esto último era tan asertivo y jocoso que, cuando aceptó el desafío de “probarle a todos que puedo ser el mejor técnico del mundo”, empezó su ocaso como hombre de fútbol. Fue el año 2007, en Deportes Temuco, escuadra a la que debía salvar de caer a la Tercera División. Al principio ganó muchos puntos y se hizo buena fama, pero a renglón seguido se agenció muchos enemigos, entre la prensa, los socios influyentes e inclusive al interior del plantel (llegó hasta a denostar a un jugador por ser de raza negra). Le hicieron –o él mismo se hizo, lo que para el caso da igual– la vida imposible y debió retirarse, enfermo y con la certeza del fracaso: el sabelotodo en cuestiones del fútbol, el infalible gurú (apodo patético que asumió en el último tiempo) era al final pura boca, se dijo. Fue un golpe durísimo.
Posteriormente, su estilo fue imitado y dejó de ser único. La masificación de las redes sociales, de la opinología y el advenimiento de la cultura del insulto y el descrédito entre los chilenos, que hizo casi ridícula la institución de la querella por injurias (Bonvallet recibió decenas de ellas y desenmascaró a varios delincuentes del deporte), lo fueron invisibilizando. Conservó su estilo hasta el final, pero se le veía menos como un líder o un sabio que como un sujeto pintoresco, una suerte de humorista. Y es este último rasgo en el que quiero detenerme. La agresividad de este sujeto era creativa y refrescante; no te dejaba ese regusto de amargura que te puede dejar una Patricia Maldonado o un Fernando Villegas: ellos nunca o casi nunca dieron, además, puntada sin hilo, y eso los hace un tanto abyectos.
Un cáncer furioso, que pudo derrotar casi del todo, lo dejó malherido y con dolores atroces en el rostro. Y una depresión sin duda coadyuvada por su ambición desordenada y algunas derrotas familiares, lo llevaron a quitarse la vida el 18 de septiembre de este año 2015. Fecha que quizá no fue casual. Ha muerto una suerte de guerrero ‘que reinventó el nacionalismo en democracia’ (es un decir) y que nos hizo más competitivos, también como país. Veremos cómo salimos librados de aquello. Yo por mi parte al menos, me declaro optimista.
miércoles, junio 03, 2015
PARA LLORAR (Vicente Huidobro. 1893-1948)
Es para llorar que buscamos nuestros ojos
Para sostener nuestras lágrimas allá arriba
En sus sobres nutridos de nuestros fantasmas
Es para llorar que apuntamos los fusiles sobre el día
Y sobre nuestra memoria de carne
Es para llorar que apreciamos nuestros huesos y a la muerte sentada
junto a la novia
Escondemos nuestra voz de todas las noches
Porque acarreamos la desgracia
Escondemos nuestras miradas bajo las alas de las piedras
Respiramos más suavemente que el cielo en el molino
Tenemos miedo
Nuestro cuerpo cruje en el silencio
Como el esqueleto en el aniversario de su muerte
Es para llorar que buscamos palabras en el corazón
En el fondo del viento que hincha nuestro pecho
En el milagro del viento lleno de nuestras palabras
La muerte está atornillada a la vida
Los astros se alejan en el infinito y los barcos en el mar
Las voces se alejan en el aire vuelto hacia la nada
Los rostros se alejan entre los pinos de la memoria
Y cuando el vacío está vacío bajo el aspecto irreparable
El viento abre los ojos de los ciegos
Es para llorar para llorar
Nadie comprende nuestros signos y gestos de largas raíces
Nadie comprende la paloma encerrada en nuestras palabras
Paloma de nube y de noche
De nube en nube y de noche en noche
Esperamos en la puerta el regreso de un suspiro
Miramos ese hueco en el aire en que se mueven los que aún no han nacido
Ese hueco en que quedaron las miradas de los ciegos estatuarios
Es para poder llorar es para poder llorar
Porque las lagrimas deben llover sobre las mejillas de la tarde
Es para llorar que la vida es tan corta
Es para llorar que la vida es tan larga
El alma salta de nuestro cuerpo
Bebemos en la fuente que hace ver los ojos ausentes
La noche llega con sus corderos y sus selvas intraducibles
La noche llega a paso de montaña
Sobre el piano donde el árbol brota
Con sus mercancías y sus signos amargos
Con sus misterios que quisiera enterrar en el cielo
La ciudad cae en el saco de la noche
Desvestida de gloria y de prodigios
El mar abre y cierra su puerta
Es para llorar para llorar
Porque nuestras lágrimas no deben separarse del buen camino
Es para llorar que buscamos la cuna de la luz
Y la cabellera ardiente de la dicha
Es la noche de la nadadora que sabe transformarse en fantasma
Es para llorar que abandonamos los campos de las simientes
En donde el árbol viejo canta bajo la tempestad como la estatua del mañana
Es para llorar que abrimos la mente a los climas de impaciencia
Y que no apagamos el fuego del cerebro
Es para llorar que la muerte es tan rápida
Es para llorar que la muerte es tan lenta
viernes, enero 10, 2014
Hoy Vicente Huidobro (Santiago, 1893-1948), uno de mis poetas más queridos, cumpliría 121 años. Acá, tres de sus poemas que más me agradan y que no son tan evidentes.
CONTACTO EXTERNO
El mar que los suspiros de los viajeros agita
Corre tras de sus olas barridas por el viento
El infinito busca una gaviota
Para tener un punto de apoyo lógico y blando
Cómo haremos
El cielo se suena con las alas que ama
Mientras yo busco al pie de mi poema
Una estrella que cruje
Como la rueda de un coche que se lleva los últimos recuerdos
Nada será encontrado
El pozo de las cosas perdidas no se llena jamás
Jamás como las miradas y los ecos
Que se alejan sobre la bruma y sus animales inmensos
MARINO
Aquél pájaro que vuela por primera vez
Se aleja del nido mirando hacia atrás
Con el dedo en los labios
os he llamado.
Yo inventé juegos de agua
En la cima de los árboles.
Te hice la más bella de las mujeres
Tan bella que enrojecías en las tardes.
La luna se aleja de nosotros
Y arroja una corona sobre el polo
Hice correr ríos
que nunca han existido
De un grito elevé una montaña
Y en torno bailamos una nueva danza.
Corté todas las rosas
De las nubes del este
Y enseñé a cantar a un pájaro de nieve
Marchemos sobre los meses desatados
Soy el viejo marino
que cose los horizontes cortados
ÉRAMOS LOS ELEGIDOS DEL SOL
Éramos los elegidos del sol
Y no nos dimos cuenta
Fuimos los elegidos de la más alta estrella
Y no supimos responder a su regalo
Angustia de impotencia
El agua nos amaba
La tierra nos amaba
Las selvas eran nuestras
El éxtasis era nuestro espacio propio
Tu mirada era el universo frente a frente
Tu belleza era el sonido del amanecer
La primavera amada por los árboles
Ahora somos una tristeza contagiosa
Una muerte antes de tiempo
El alma que no sabe en qué sitio se encuentra
El invierno en los huesos sin un relámpago
Y todo esto porque tú no supiste lo que es la eternidad
Ni comprendiste el alma de mi alma en su barco de
tinieblas
En su trono de águila herida de infinito
CONTACTO EXTERNO
El mar que los suspiros de los viajeros agita
Corre tras de sus olas barridas por el viento
El infinito busca una gaviota
Para tener un punto de apoyo lógico y blando
Cómo haremos
El cielo se suena con las alas que ama
Mientras yo busco al pie de mi poema
Una estrella que cruje
Como la rueda de un coche que se lleva los últimos recuerdos
Nada será encontrado
El pozo de las cosas perdidas no se llena jamás
Jamás como las miradas y los ecos
Que se alejan sobre la bruma y sus animales inmensos
MARINO
Aquél pájaro que vuela por primera vez
Se aleja del nido mirando hacia atrás
Con el dedo en los labios
os he llamado.
Yo inventé juegos de agua
En la cima de los árboles.
Te hice la más bella de las mujeres
Tan bella que enrojecías en las tardes.
La luna se aleja de nosotros
Y arroja una corona sobre el polo
Hice correr ríos
que nunca han existido
De un grito elevé una montaña
Y en torno bailamos una nueva danza.
Corté todas las rosas
De las nubes del este
Y enseñé a cantar a un pájaro de nieve
Marchemos sobre los meses desatados
Soy el viejo marino
que cose los horizontes cortados
ÉRAMOS LOS ELEGIDOS DEL SOL
Éramos los elegidos del sol
Y no nos dimos cuenta
Fuimos los elegidos de la más alta estrella
Y no supimos responder a su regalo
Angustia de impotencia
El agua nos amaba
La tierra nos amaba
Las selvas eran nuestras
El éxtasis era nuestro espacio propio
Tu mirada era el universo frente a frente
Tu belleza era el sonido del amanecer
La primavera amada por los árboles
Ahora somos una tristeza contagiosa
Una muerte antes de tiempo
El alma que no sabe en qué sitio se encuentra
El invierno en los huesos sin un relámpago
Y todo esto porque tú no supiste lo que es la eternidad
Ni comprendiste el alma de mi alma en su barco de
tinieblas
En su trono de águila herida de infinito
lunes, diciembre 02, 2013
KHALIL GIBRAN (SOBRE EL AMOR)
No sé mucho del artista libabés Khalil Gibran (1883-1931), que también fue pintor. Tampoco es mucho lo que se conoce de la vida y de la obra, más bien acotada, de este hombre hiperestésico y de muerte temprana que vivió muchos años en los Estados Unidos. De su principal libro, "El profeta", recuerdo haberlo acometido, hará unos 20 años y en una edición de una precariedad insolente, con la certeza de beber el cáliz de una revelación.
SOBRE EL AMOR
cuando el amor os llame, seguidlo.
Y cuando su camino sea duro y difícil,
y cuando sus alas os envuelvan, entregaos.
Aunque la espada entre ellas escondida os hiera.
Y cuando os hable, creed en él.
Aunque su voz destroce nuestros sueños
tal como el viento norte devasta los jardines.
Porque, así como el amor os corona así os crucifica.
Así como os acrece, así os poda.
Así como asciende a lo más alto y acaricia vuestras más tiernas ramas,
que se estremecen bajo el sol, así descenderá hasta vuestras raíces
y las sacudirá en un abrazo con la tierra.
Como trigo en gavillas él os une a vosotros mismos.
Os desgarra para desnudaros.
Os cierne, para libraros de vuestras coberturas.
Os pulveriza hasta volveros blancos.
Os amasa, hasta que estéis flexibles y dóciles.
Y os asigna luego a su fuego sagrado
para que podáis convertiros en sagrado pan para la fiesta sagrada de Dios.
Todo esto hará el amor en vosotros para que podáis conocer los secretos de vuestro corazón y convertiros, por ese conocimiento, en un fragmento del corazón de la Vida.
Pero si, en vuestro miedo, buscáis solamente la paz y el placer del amor,
entonces, es mejor que cubráis vuestra desnudez y os alejéis de sus umbrales,
hacia un mundo sin primaveras donde reiréis, pero no con toda vuestra risa, y lloraréis,
pero no con todas vuestras lágrimas.
El amor no da más a sí mismo, no toma nada más que de sí mismo.
El amor no posee ni es poseído.
Porque el amor es suficiente para el amor.
Cuando améis no debés decir: “Dios está en mi corazón”, sino más bien:
“Yo estoy en el corazón de Dios”.
Y pensad que no podéis dirigir el curso del amor porque él,
si os encuentra dignos, dirigirá vuestro curso.
El amor no tiene otro deseo que el de realizarse.
Pero, si amáis y debe la necesidad tener deseos, que vuestros deseos sean éstos:
Fundirse y ser como un arroyo que canta su melodía a la noche.
Saber del dolor de la demasiada ternura.
Ser herido por nuestro propio conocimiento del amor.
Y sangrar voluntaria y alegremente.
Despertarse al amanecer con un alado corazón y dar gracias por otro día de amor.
Descansar al mediodía y meditar el éxtasis de amar.
Volver al hogar con gratitud en el atardecer.
Y dormir con una plegaria por el amado en el corazón
y una canción de alabanza en los labios.”
SOBRE EL AMOR
cuando el amor os llame, seguidlo.
Y cuando su camino sea duro y difícil,
y cuando sus alas os envuelvan, entregaos.
Aunque la espada entre ellas escondida os hiera.
Y cuando os hable, creed en él.
Aunque su voz destroce nuestros sueños
tal como el viento norte devasta los jardines.
Porque, así como el amor os corona así os crucifica.
Así como os acrece, así os poda.
Así como asciende a lo más alto y acaricia vuestras más tiernas ramas,
que se estremecen bajo el sol, así descenderá hasta vuestras raíces
y las sacudirá en un abrazo con la tierra.
Como trigo en gavillas él os une a vosotros mismos.
Os desgarra para desnudaros.
Os cierne, para libraros de vuestras coberturas.
Os pulveriza hasta volveros blancos.
Os amasa, hasta que estéis flexibles y dóciles.
Y os asigna luego a su fuego sagrado
para que podáis convertiros en sagrado pan para la fiesta sagrada de Dios.
Todo esto hará el amor en vosotros para que podáis conocer los secretos de vuestro corazón y convertiros, por ese conocimiento, en un fragmento del corazón de la Vida.
Pero si, en vuestro miedo, buscáis solamente la paz y el placer del amor,
entonces, es mejor que cubráis vuestra desnudez y os alejéis de sus umbrales,
hacia un mundo sin primaveras donde reiréis, pero no con toda vuestra risa, y lloraréis,
pero no con todas vuestras lágrimas.
El amor no da más a sí mismo, no toma nada más que de sí mismo.
El amor no posee ni es poseído.
Porque el amor es suficiente para el amor.
Cuando améis no debés decir: “Dios está en mi corazón”, sino más bien:
“Yo estoy en el corazón de Dios”.
Y pensad que no podéis dirigir el curso del amor porque él,
si os encuentra dignos, dirigirá vuestro curso.
El amor no tiene otro deseo que el de realizarse.
Pero, si amáis y debe la necesidad tener deseos, que vuestros deseos sean éstos:
Fundirse y ser como un arroyo que canta su melodía a la noche.
Saber del dolor de la demasiada ternura.
Ser herido por nuestro propio conocimiento del amor.
Y sangrar voluntaria y alegremente.
Despertarse al amanecer con un alado corazón y dar gracias por otro día de amor.
Descansar al mediodía y meditar el éxtasis de amar.
Volver al hogar con gratitud en el atardecer.
Y dormir con una plegaria por el amado en el corazón
y una canción de alabanza en los labios.”
martes, noviembre 12, 2013
APUNTES SOBRE LA NUEVA POLÍTICA
Michelle Bachelet se apresta a ganar en primera vuelta y Chile enfrenta desafíos que me atrevería a llamar insoslayables: educación gratuita y de excelencia, reforma previsional y tributaria, y modificación de la carta constitucional, entre los principales. Pero hay un tema que se ha tocado de forma asistemática, o quizá si de soslayo o a manera de consigna con los pies de barro (Franco Parisi), que reviste una importancia acaso si mayor: el de renovar las prácticas políticas. El tema, que podría parecer una abstracción inabordable o un espurio manifiesto de buenas intenciones, se puede aterrizar con ejemplos harto simples, algunos de los cuáles ya se están sugiriendo y puntualizo acá.
Por ejemplo, es propio de un estadio social que debiera superarse el que los parlamentarios tengan sueldos millonarios, por lo cual algunos candidatos (como Giorgio Jackson y Gabriel Boric) han planteado rebajarlos en un 50%, lo que además permitiría reformar el sistema binominal de la única forma sensata, que es aumentando el número de senadores y diputados, sin que el erario público se vea resentido. Aún recuerdo cuando hace algunos años se planteó esta iniciativa y algunos congresistas adujeron que no tenía sentido, pues “usamos nuestros sueldos para ayudar a la gente que sufre”. Huelga decir que ello sólo propicia el paternalismo, la prebenda, el asadismo-leninismo y el tráfico de influencias. Y sobre esto último, es inaudito que quienes ocupan cargos puedan abrir a sus familias espacios de poder, so pretexto de que “el deseo de ayudar a los hambrientos lo llevamos en la sangre”, o algo así: es una práctica colonialista que debiera desecharse.
Asimismo, tenemos el caso de la propaganda política, cuyos gastos no se han transparentado, y que además se obstina en la pornografía visual. Las famosas palomas, por ejemplo, que desconcentran a los automovilistas y no se pueden reciclar, han hecho nata en estos días; llegará el tiempo en que nos avergoncemos de ellas, como hoy nos abochornan los rayados de paredes.
Por último, ¿qué me dice usted, caro lector, de las eternas reelecciones que han llevado a algunos orondos señores a estar 24 años en el congreso y siguen en campaña? ¿O de los candidatos con conflictos de interés (Sabag), con problemas judiciales (Velázquez) o apernados en virtud de maquinarias (Escalona), que le hacen un flaco favor a la Nueva Mayoría (y a cualquier conglomerado) y que no obstante perseveran en su sitio? Esperamos –soñar es gratis e inclusive saludable– que estos sólo sean los postreros estertores de unas prácticas malsanas que la Historia se haya en vías de superar.
Por ejemplo, es propio de un estadio social que debiera superarse el que los parlamentarios tengan sueldos millonarios, por lo cual algunos candidatos (como Giorgio Jackson y Gabriel Boric) han planteado rebajarlos en un 50%, lo que además permitiría reformar el sistema binominal de la única forma sensata, que es aumentando el número de senadores y diputados, sin que el erario público se vea resentido. Aún recuerdo cuando hace algunos años se planteó esta iniciativa y algunos congresistas adujeron que no tenía sentido, pues “usamos nuestros sueldos para ayudar a la gente que sufre”. Huelga decir que ello sólo propicia el paternalismo, la prebenda, el asadismo-leninismo y el tráfico de influencias. Y sobre esto último, es inaudito que quienes ocupan cargos puedan abrir a sus familias espacios de poder, so pretexto de que “el deseo de ayudar a los hambrientos lo llevamos en la sangre”, o algo así: es una práctica colonialista que debiera desecharse.
Asimismo, tenemos el caso de la propaganda política, cuyos gastos no se han transparentado, y que además se obstina en la pornografía visual. Las famosas palomas, por ejemplo, que desconcentran a los automovilistas y no se pueden reciclar, han hecho nata en estos días; llegará el tiempo en que nos avergoncemos de ellas, como hoy nos abochornan los rayados de paredes.
Por último, ¿qué me dice usted, caro lector, de las eternas reelecciones que han llevado a algunos orondos señores a estar 24 años en el congreso y siguen en campaña? ¿O de los candidatos con conflictos de interés (Sabag), con problemas judiciales (Velázquez) o apernados en virtud de maquinarias (Escalona), que le hacen un flaco favor a la Nueva Mayoría (y a cualquier conglomerado) y que no obstante perseveran en su sitio? Esperamos –soñar es gratis e inclusive saludable– que estos sólo sean los postreros estertores de unas prácticas malsanas que la Historia se haya en vías de superar.
EL AMENAZADO (Jorge Luis Borges. Buenos Aires, 1899-1986)

Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz.
La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única.
¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras,
la vaga erudición?...
Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente
ya el hombre se levanta a la voz del ave
ya se han oscurecido los que miran por las ventanas
pero la sombra no ha traído la paz.
Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz
la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos me cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto)
El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo.
jueves, septiembre 12, 2013
LA GALLINA MALDONADO
Pensaba escribir sobre el 11 de septiembre. Sobre esa éPica bastarda que celebra como el nacimiento de un hijo el hecho infortunado de que un ladrón ingresó a nuestra casa –en el supuesto de que Allende hubiera sido eso– y lo aniquilamos con ensañamiento; o sobre esa otra épica, que festina recalcando una verdad incuestionable –el museo de horrores del gobierno militar–, pero que algunos usan para santificarse.
Pero como del 11 se ha hablado ya bastante y el escritor Claudio Maldonado (Curicó, 1977), con quien alguna vez yo hiciera migas literarias, acaba de publicar su tercer libro y primera novela, prefiero referirme a tal. “Piel de gallina” (Ediciones Inubicalistas), es el delirio del profesor Lizardo Melgarejo, un cincuentón anodino que, tras quedar en estado de coma en un accidente escolar, recrea el monstruoso escenario del Colegio de Aplicación Avícola Abelardo Taladriz, donde los educandos son pollos a los que, mediante tácticas constructivistas, se prepara para el buen morir. Sostenedores corrompidos, militares sodomitas, profesores reducidos a la segunda infancia y una sensual y astuta manipuladora de alimentos, entre otros, coexisten con Lizardo, quien desde “el mundo de Allá” viene a hacer un reemplazo y conseguir la ansiada firma para jubilarse. La novela se articula en primera persona, ya hablando Lizardo (en el mundo soñado) o personajes que lo frecuentaron en su pasado terrenal, como sus padres, un compañero de carrera, sus alumnos (en un video chat) y su ex mujer, esta última en un dialecto popular que Maldonado transcribe sagazmente. Y son estos monólogos y diálogos, además de un espléndido relato que hace escarnio del protagonista, lo mejor logrado de esta hilarante sátira, cuyo avance es a veces balbuceante, y que peca de efectismo en su gusto por el esperpento y en su afán por desfondar los límites de la imaginación.
Pero, no obstante ser “Piel de gallina” una celebración del absurdo y una novela del género fantástico, pone en el tapete y de forma original un tema de honda coyuntura: los desaciertos de un modelo educativo que se impuso en un régimen de fuerza, con la connivencia de un dinero muchas veces mal habido y cierta estéril devoción al pragmatismo, y que está en tela de juicio en nuestro Chile actual. Novela de trazas políticas, entonces, esta “Piel de gallina”, que además tiene el mérito –tal vez replicable– de incluir ilustraciones que sin duda la refrescan, es un libro ineludible… como las conmemoraciones del 11 de septiembre.
martes, septiembre 10, 2013
TEILLIER RECORDANDO A DE ROKHA
En un día como hoy pero de 1968, murió Pablo de Rokha. En este mes, donde mañana se conmemoran los 40 años del tan mentado quiebre de la democracia, lo recuerdo a través de una experiencia lautarina relatada por otro poeta significativo: Jorge Teillier.
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Era el tiempo de las vacaciones y solíamos caminar con mi padre y mi hermano Iván hasta el puente Cautín y luego cumplir el rito de jugar brisca y tomar unas cervezas en el Club Conservador o donde el Pavo Arévalo.
Ahora bien, en medio del paseo siento un brusco rechinar de frenos e inesperadamente surge de un auto Pablo de Rokha, diciéndome: "Amigo Teillier, vengo desde Los Ángeles con unas ganas horribles de comerme unas patitas de vaca". Hechas las presentaciones del caso, mi padre me llamó aparte: "donde doña Margarita llegaron patitas, pero no creo que sea un lugar para llevar a un poeta”. “Para él no hay otro mejor –respondí–. Ya verás”. Y partimos.
Doña Margarita era dueña de una frutería en Cuyanquén, barrio de la bronca lautarina, al lado de la línea férrea y era famosa por su buena mano. Mientras sus hijos vendían frutas y verduras, ella atendía en la trastienda a los gourmands del pueblo, desde el gobernador al alcalde y al sargento de Carabineros encargado de controlar el expendio clandestino de comidas y bebidas.
Doña Margarita siempre nos acogía con una gentileza que se acrecentó cuando le informamos que estaba en presencia de una de las glorias de las letras chilenas y de su yerno, gran pintor argentino. No sólo nos ofreció patitas, sino también pancoras y –en secreto– un salmón recién pescado (estábamos en época de veda), y chicha fuerte de manzana de don Nicolás Van de Moler, la mejor de la región.
“Se ve en el horizonte”, exclamó con su mejor vozarrón don Pablo, y pidió, a modo de aperitivo, una damajuana de chicha junto a una pichanga “para preparar el ingreso a conversar”. La pichanga (a la cual llamaba también “causeo criaturero”) contó con su aprobación. Traía toda clase de cecinas de un cerdo “sureño y oceánico” preparado en casa, queso de cabra, aceitunas de Azapa, cebollas escabechadas en vinagre y ají cacho de cabra. La dueña de casa nos sirvió una fuente para seis personas, pero don Pablo, con su servilleta anudada al cuello a la manera de los viejos demócratas, se expropió para él solo la fuente. Doña Margarita, sin decir palabra, nos trajo la misma cantidad a cada uno. En la tácita competencia me di por vencido tras comer enormes cantidades de pancoras, sin poder llegar hasta el salmón al horno. Todo esto era acompañado por un pipeño que corría “más ligero que un alguacil”, al decir del Arcipreste. Recuerdo que el poeta lautarino Gabriel Barra recitó unos versos del tabernario Serguei Esenín con gran alegría de don Pablo que, asimismo, acompañó con tamboreo y huifa unas cuecas chilota cantadas por el profesor Mancilla, bailadas por doña Margarita con el notario del pueblo León Ocqueteaux, hasta que el paso del tren de las cuatro nos indicó que era hora de terminar la reunión…
En la mañana siguiente acompañé a don Pablo a vender su libro Idioma del mundo por la localidad. Lo vi practicar el trueque. Por un volumen autografiado recibía un quintal de harina, un saco de papas o enormes ristras de ajo que embarcaba a la capital, a su familia.
El poeta estaba invitado a almorzar a casa de mis padres. Ante el espanto de mi madre, decreté que debía haber un almuerzo de acuerdo a los cánones rokhianos. El aperitivo consistió en una chupilca con harina tostada recién hecha, la cual el vate acompañó –por cuenta propia– con dos cebollas crudas de nuestra huerta que devoró como pomelos. Vino después un plato de pancutras fiambres preparadas la noche anterior (“componedoras de cuerpo”) y un ganso con ajo y arvejitas nuevas. De postre, una tajada de sandía para cada comensal, y una entera para don Pablo. La comida había sido preparada en la cocina económica, y con fragante leña de ulmo, lo que contó con la entusiasta aprobación del poeta.
Luego, pidió permiso para dormir siesta, bajo la vieja parra de la casa, eso sí, en un sillón. Nos explicó que uno de los secretos de su buena salud era el de dormir sentado.
Y ahora escribo sobre una visita a De Rokha en su casa de calle Valladolid. Me entregó su poema “La hoja caída”, el último que apareció en su vida, para una revista universitaria. Mientras me incitaba a seguir comiendo prietas y a tomar vino áspero de Cauquenes, Maule, él tomaba agua mineral y probaba apenas un caldo de verduras. Estaba herido de muerte. Y recordé uno de sus versos: “retorne solo a la provincia despavorida y funeral / cómase un caldillo de papas, que es lo más triste que existe”. Poco tiempo después recurría, como Joaquín Edwards Bello, al último remedio: un tiro de Smith & Wesson, tras cumplir, entre otras grandes tareas, la de haberse comido y bebido a Chile entero.
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Era el tiempo de las vacaciones y solíamos caminar con mi padre y mi hermano Iván hasta el puente Cautín y luego cumplir el rito de jugar brisca y tomar unas cervezas en el Club Conservador o donde el Pavo Arévalo.
Ahora bien, en medio del paseo siento un brusco rechinar de frenos e inesperadamente surge de un auto Pablo de Rokha, diciéndome: "Amigo Teillier, vengo desde Los Ángeles con unas ganas horribles de comerme unas patitas de vaca". Hechas las presentaciones del caso, mi padre me llamó aparte: "donde doña Margarita llegaron patitas, pero no creo que sea un lugar para llevar a un poeta”. “Para él no hay otro mejor –respondí–. Ya verás”. Y partimos.
Doña Margarita era dueña de una frutería en Cuyanquén, barrio de la bronca lautarina, al lado de la línea férrea y era famosa por su buena mano. Mientras sus hijos vendían frutas y verduras, ella atendía en la trastienda a los gourmands del pueblo, desde el gobernador al alcalde y al sargento de Carabineros encargado de controlar el expendio clandestino de comidas y bebidas.
Doña Margarita siempre nos acogía con una gentileza que se acrecentó cuando le informamos que estaba en presencia de una de las glorias de las letras chilenas y de su yerno, gran pintor argentino. No sólo nos ofreció patitas, sino también pancoras y –en secreto– un salmón recién pescado (estábamos en época de veda), y chicha fuerte de manzana de don Nicolás Van de Moler, la mejor de la región.
“Se ve en el horizonte”, exclamó con su mejor vozarrón don Pablo, y pidió, a modo de aperitivo, una damajuana de chicha junto a una pichanga “para preparar el ingreso a conversar”. La pichanga (a la cual llamaba también “causeo criaturero”) contó con su aprobación. Traía toda clase de cecinas de un cerdo “sureño y oceánico” preparado en casa, queso de cabra, aceitunas de Azapa, cebollas escabechadas en vinagre y ají cacho de cabra. La dueña de casa nos sirvió una fuente para seis personas, pero don Pablo, con su servilleta anudada al cuello a la manera de los viejos demócratas, se expropió para él solo la fuente. Doña Margarita, sin decir palabra, nos trajo la misma cantidad a cada uno. En la tácita competencia me di por vencido tras comer enormes cantidades de pancoras, sin poder llegar hasta el salmón al horno. Todo esto era acompañado por un pipeño que corría “más ligero que un alguacil”, al decir del Arcipreste. Recuerdo que el poeta lautarino Gabriel Barra recitó unos versos del tabernario Serguei Esenín con gran alegría de don Pablo que, asimismo, acompañó con tamboreo y huifa unas cuecas chilota cantadas por el profesor Mancilla, bailadas por doña Margarita con el notario del pueblo León Ocqueteaux, hasta que el paso del tren de las cuatro nos indicó que era hora de terminar la reunión…
En la mañana siguiente acompañé a don Pablo a vender su libro Idioma del mundo por la localidad. Lo vi practicar el trueque. Por un volumen autografiado recibía un quintal de harina, un saco de papas o enormes ristras de ajo que embarcaba a la capital, a su familia.
El poeta estaba invitado a almorzar a casa de mis padres. Ante el espanto de mi madre, decreté que debía haber un almuerzo de acuerdo a los cánones rokhianos. El aperitivo consistió en una chupilca con harina tostada recién hecha, la cual el vate acompañó –por cuenta propia– con dos cebollas crudas de nuestra huerta que devoró como pomelos. Vino después un plato de pancutras fiambres preparadas la noche anterior (“componedoras de cuerpo”) y un ganso con ajo y arvejitas nuevas. De postre, una tajada de sandía para cada comensal, y una entera para don Pablo. La comida había sido preparada en la cocina económica, y con fragante leña de ulmo, lo que contó con la entusiasta aprobación del poeta.
Luego, pidió permiso para dormir siesta, bajo la vieja parra de la casa, eso sí, en un sillón. Nos explicó que uno de los secretos de su buena salud era el de dormir sentado.
Y ahora escribo sobre una visita a De Rokha en su casa de calle Valladolid. Me entregó su poema “La hoja caída”, el último que apareció en su vida, para una revista universitaria. Mientras me incitaba a seguir comiendo prietas y a tomar vino áspero de Cauquenes, Maule, él tomaba agua mineral y probaba apenas un caldo de verduras. Estaba herido de muerte. Y recordé uno de sus versos: “retorne solo a la provincia despavorida y funeral / cómase un caldillo de papas, que es lo más triste que existe”. Poco tiempo después recurría, como Joaquín Edwards Bello, al último remedio: un tiro de Smith & Wesson, tras cumplir, entre otras grandes tareas, la de haberse comido y bebido a Chile entero.
martes, abril 23, 2013
APUNTES EN EL DÍA DEL LIBRO
Publicado en el semanario "Tiempo 21"
Hoy martes 23 se celebra el Día Internacional del Libro y el Derecho de Autor y acá en Ciudad Sur, ha habido una serie de actividades, ante todo lecturas públicas. Pero también se retrucó en el día de ayer el bombardeo de poemas, en este caso de Teillier, lo que sin ser nefasto –a estas alturas del vértigo, no es dable satanizar así sin más la asociación entre cultura y espectáculo– constituye una aspirina que no apunta al mal de fondo: La escasa o nula existencia de audiencias lectoras, “de interés por la sangre ajena” (Nietzsche), lo que sumado al retroceso lector, producto de la mutación del paradigma del conocimiento desde lo escrito a lo audiovisual, nos ha casi convertido en una sociedad de neo-analfabetos. ¿Y será necesario repetir lo inconveniente que es aquello?
Y un dato de la causa es que, además de los académicos y críticos profesionales, la mayor parte de quienes aún son capaces de acometer un libro (me refiero a textos literarios), son casi todos escritores o aspirantes a escritores. Ello en sí no es malo, pero nos empobrece como sociedad, y deja la sensación de que el tema literario es –como la numismática o el bridge– un asunto para especialistas. Además, tiende a confundir el arte –una operación que en el fondo apela a lo sublime– con el derecho universal a la libre expresión.
Hace unos días, un amigo me decía que todo escritor de poesía era un poeta y que el ejercicio literario es en sí mismo un acto de humanización. Estoy de acuerdo con lo segundo, mas no con lo primero: no cualquier texto es poesía y un sentimiento profundo no asegura un buen poema o texto literario. No seré yo quien fustigue a los escritores con escasas aptitudes, pues no tengo el cinismo de tantos creadores de la élite “que se creen santos, profetas o poderosos” (Teillier), o el aristocrático y torpe desdén de quienes ven en la literatura a una cofradía de espaldas a la realidad; pero esa idea algo gratuita del poeta como ser alado, gentil y luminoso y casi víctima de un mundo deshumanizado, hay que mutarla a pasos de gigante. Es una idea etérea (o romántica en el mejor de los casos) y hasta victimizante, pues nos sitúa a tiro de cañón, tanto de quienes desearían privatizar el universo y dejarnos afuera, como de aquellos que, en el mejor de los casos, nos ven como actores de un guión preestablecido.
La idea platónica de que lo bueno, lo bello y lo verdadero, son una y la misma cosa, ha mucho tiempo que no se sustenta en el arte. Y reiterarla –sobre todo en la poesía, que es un arte en crisis, que al decir de Zurita en entrevista reciente, ha caído en el facilismo, el divorcio con los lectores y la proliferación de folletines– parece un acto de negligencia, de ignorancia o de cinismo calculado, tan propio del lenguaje vacío de la mala acción política. No se trata de apelar al utilitarismo, pero la poesía (y la literatura) debe tener un sentido más allá de sí misma. Quizá en la educación, quizá en la intuición de una belleza que, de manera paradójica y por su misma intimidad, está más allá del espectáculo perenne y las pantallas.
Hoy martes 23 se celebra el Día Internacional del Libro y el Derecho de Autor y acá en Ciudad Sur, ha habido una serie de actividades, ante todo lecturas públicas. Pero también se retrucó en el día de ayer el bombardeo de poemas, en este caso de Teillier, lo que sin ser nefasto –a estas alturas del vértigo, no es dable satanizar así sin más la asociación entre cultura y espectáculo– constituye una aspirina que no apunta al mal de fondo: La escasa o nula existencia de audiencias lectoras, “de interés por la sangre ajena” (Nietzsche), lo que sumado al retroceso lector, producto de la mutación del paradigma del conocimiento desde lo escrito a lo audiovisual, nos ha casi convertido en una sociedad de neo-analfabetos. ¿Y será necesario repetir lo inconveniente que es aquello? Y un dato de la causa es que, además de los académicos y críticos profesionales, la mayor parte de quienes aún son capaces de acometer un libro (me refiero a textos literarios), son casi todos escritores o aspirantes a escritores. Ello en sí no es malo, pero nos empobrece como sociedad, y deja la sensación de que el tema literario es –como la numismática o el bridge– un asunto para especialistas. Además, tiende a confundir el arte –una operación que en el fondo apela a lo sublime– con el derecho universal a la libre expresión.
Hace unos días, un amigo me decía que todo escritor de poesía era un poeta y que el ejercicio literario es en sí mismo un acto de humanización. Estoy de acuerdo con lo segundo, mas no con lo primero: no cualquier texto es poesía y un sentimiento profundo no asegura un buen poema o texto literario. No seré yo quien fustigue a los escritores con escasas aptitudes, pues no tengo el cinismo de tantos creadores de la élite “que se creen santos, profetas o poderosos” (Teillier), o el aristocrático y torpe desdén de quienes ven en la literatura a una cofradía de espaldas a la realidad; pero esa idea algo gratuita del poeta como ser alado, gentil y luminoso y casi víctima de un mundo deshumanizado, hay que mutarla a pasos de gigante. Es una idea etérea (o romántica en el mejor de los casos) y hasta victimizante, pues nos sitúa a tiro de cañón, tanto de quienes desearían privatizar el universo y dejarnos afuera, como de aquellos que, en el mejor de los casos, nos ven como actores de un guión preestablecido.
La idea platónica de que lo bueno, lo bello y lo verdadero, son una y la misma cosa, ha mucho tiempo que no se sustenta en el arte. Y reiterarla –sobre todo en la poesía, que es un arte en crisis, que al decir de Zurita en entrevista reciente, ha caído en el facilismo, el divorcio con los lectores y la proliferación de folletines– parece un acto de negligencia, de ignorancia o de cinismo calculado, tan propio del lenguaje vacío de la mala acción política. No se trata de apelar al utilitarismo, pero la poesía (y la literatura) debe tener un sentido más allá de sí misma. Quizá en la educación, quizá en la intuición de una belleza que, de manera paradójica y por su misma intimidad, está más allá del espectáculo perenne y las pantallas.
sábado, marzo 23, 2013
¿FUE NERUDA ASESINADO?

Publicado en el semanario “Tiempo 21”
Los restos de Pablo Neruda (1904-1973) –el más manipulado y celebrado de nuestros poetas, uno de los más altos, ante todo en “Canto general”, “Residencia en la tierra” y los “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”, y cuya boina y cuya pipa son parte indisociable de la iconografía del pasado siglo– serán exhumados el próximo ocho de abril. Esto después que se acogiera una querella presentada por el Partido Comunista de Chile, a raíz de una denuncia del ex chofer del vate, Manuel Araya, quien en el libro “La doble muerte de Neruda” de Francisco Marín y Mario Casasús, asegura que el Premio Nobel fue envenenado en la Clínica Santa María por sicarios de Augusto Pinochet.
En una larga investigación los autores del libro sostienen, en base a indagaciones médicas preñadas de detalles y contradicciones, que el poeta fue asesinado por querer instaurar desde México, donde había sido invitado a exiliarse, la revolución contra la dictadura militar. Pero es bien sabido que tras el golpe, Neruda, afectado además de un grave cáncer a la próstata, no tenía los bríos para tal. Por eso y por otras razones, la querella huele más a oportunismo que a anhelos justicieros: un oportunismo muy a tono con los actuales tiempos, donde una notica golpeadora y lucrativa como ésta, tiene más prominencia en la agenda noticiosa que el rigor exhaustivo de una denuncia seria.
El ensayista y poeta Bernardo Reyes (1951), sobrino nieto de Neruda y fuente sin duda cercana al entorno del Nobel, me sostiene que durante años ha sido consultado sobre el particular, tanto en Chile como en el extranjero, citado a declarar dos veces por la Policía de Investigaciones y por el mismo magistrado que sigue la causa. Asimismo, asegura que el New York Times, tras entrevistar a todos los involucrados en la telenovela, no publicó la nota por hallarla obesa de contrasentidos. Dice tener la certeza, además, que tras la exhumación no se hallará absolutamente nada y que el chofer Araya –a quien sorprendió en mendacidades admirables– no llevaba más de cinco meses trabajando para Pablo Neruda.
A estas alturas del vértigo, quizá uno de los rasgos más impresentables de nuestro carácter sea la suspicacia, que nos hace pretender ver realidades donde no hay más que fantasmas. Lo que se trasunta, por ejemplo, en el abuso del refrán, “si el río suena es porque piedras trae”… ¿De hacernos cargo del testimonio del chofer Araya, no podríamos perfectamente sospechar de alguien del círculo de hierro del Neruda agonizante, como su hermana Laura o su esposa Matilde Urrutia, por permitir que lo llevaran a una clínica insegura? Parece difícil. Pero a muchos les seduce –o les lucra– tanto la fantasía de un bigotudo Pablo, armado de dos pistolones y organizando la caída de Pinochet desde una cama mexicana, que prefieren falsear la realidad.
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